Días repletos de cine (Vol. 19): Mi amigo el gigante, Sing Street…

Siempre me ha dado la sensación de que esta sección se encuentra intermitentemente abandonada. Y aunque es cierto de que puede que pasen varios meses entre un artículo u otro, a lo tonto ya llevamos diecinueve, que se dice pronto. Días repletos de cine, como ya sabréis, es una sección donde escribimos sobre cinco películas que queramos destacar entre las que hayamos visto recientemente., con la intención —la mayoría de veces— de traer películas de las que no hayamos escrito en el blog para tener más variedad de contenido. En esta ocasión, el DRDC de hoy lo voy a emplear para hablaros exclusivamente de estrenos de este año (refiriéndome en concreto al calendario de estrenos en España) que por una razón u otra no han llegado a La Pantalla Invisible. He intentado hacer una selección contando dos factores: películas de las que tuviera ganas de escribir y la relevancia que puedan tener de cara a los tops de final de año y más específicamente mirando de cara a los ilusionantes Premios Invisibles 2016.

Bien, pues todo lo que acabo de decir olvidadlo por unos segundos, porque voy a hablaros de Mi amigo el gigante (The BFG, 2016), el último largometraje —de momento— de Steven Spielberg. Y es que no creo que esté en los tops de nadie de la redacción a final de año (de hecho, puede que sea el único que la haya visto) y por lo tanto mucho menos creo que se acabe colando en alguna categoría en los Invisibles. Pero es que no habíamos hablado de ella, y es una película del Señor Spielberg. Le tenemos dedicado nuestro primer ciclo de cine, y para que no se pierda en el recuerdo, al menos la traigo ahora de esta forma. Mi amigo el gigante nos trae al Spielberg más infantiloide, quizás, de toda su carrera. Con ello, intenta evocar esa sense of wonder inocente que caracterizaron sus películas que más conectaron con el público joven como fueron E.T., el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982) o Hook (íd., 1991), e incluso la más reciente Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (The Adventures of Tintin: Secret of the Unicorn, 2011), con la que comparte ese regusto por la brillantez en lo técnico. No obstante, Melissa Mathison, la que fuera guionista de E.T., firma aquí su último libreto (desgraciadamente, falleció en 2015), por lo que las comparaciones no son tan extrañas. Pero el efecto se diluye, no llega a cuajar como en dichas obras y puede que sea porque Spielberg se adentra de lleno en el tono y el estilo propio de Roald Dahl (el filme es una adaptación de la novela homónima del autor británico), y se aleja de lo que venía haciendo en sus últimas producciones. Resultando, ya digo, en la película más orientada al público infantil de toda su filmografía. No voy a decir que sea una cinta fallida, porque no creo que lo sea, de hecho ni me atrevería a catalogarla de decepcionante. Supongo que no se podría haber hecho mejor una historia como esta, siendo tan fiel al material original; pero sí es cierto que no he conectado con ella, a excepción de un par de momentos mágicos que —como siempre en el cine del rey midas de Hollywood— se te quedan grabados. También considero oportuno destacar que es la primera incursión de Spielberg en los chistes de pedos —en una de las secuencias más bochornosas de todo el filme—, como prueba, efectivamente, de que se le empiezan a notar las consecuencias de la senectud. [★★½]

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John Carney es un director irlandés que lleva haciendo cine desde mediados de los noventa para sorpresa de muchos, pues es uno de esos casos en los que parece que se asume que la ópera prima de un director es la primera película reconocida que dirige. En su caso, esta sería Once (íd., 2007), con la que empezó a coquetear con el cine músical y con el que continuaría en Begin Again (íd., 2013). Y ahora, en 2016, ha estrenado su nueva película, Sing Street (íd., 2016), y sí, también es un musical. Lo tengo que admitir, tengo un flechazo por esta obra. Esta coming-of-age se ambienta a mediados de los ochenta en las calles de Dublín, y Carney utiliza ese momento histórico para fijarse en los grupos del momento como Duran Duran, a-ha o The Cure. La banda sonora es una delicia, ya no tanto por las canciones de grupos como los mencionados (que me encantan, sobre todo el grupo de Robert Smith) sino por las canciones originales compuestas por el propio Carney como ya hiciera en sus dos películas anteriores. No tiene ni un mal tema, y cada uno recoge la esencia de cada uno de los estilos dentro del panorama de la época, tal y como le sucede al protagonista con su crisis de identidad. Uno de los puntos fuertes del filme es su reparto, tanto por la dirección de casting como por las interpretaciones. En especial creo que habría que estar pendientes a lo que harán en los próximos años gente como Lucy Boynton, Jack Reynor Ferdia Walsh-Peelo, que debuta y protagoniza. Lo que siento con Sing Street sucede con muy pocas películas: parece que está hecha para mí. Música y estética ochentera, historia de adolescentes encontrándose a sí mismos, el primer amor, sobrevivir en un entorno hostil y precario, montar un grupo… Si hay algo que no me termina de convencer es que el mensaje final de la obra se atañe a la relación fraternal entre el protagonista y su hermano, cuando no creo que sea ni de lejos lo más relevante ni a lo que más minutos le hayan dedicado, pero eso es lo de menos. La obra más autobiográfica de John Carney, es a su vez, la mejor dentro de esta trilogía de cine y música que se ha montado. Para todos los tristefelices, esta es vuestra película. [★★★★]

Cada año no son pocos los directores que se abren camino en el mundo del cine con su ópera prima. Muchos fracasan, otros empiezan tímidamente, y a otros desde el principio la suerte les sonríe. Tarde para la ira (íd., 2016) es el debut en la dirección de Raul Arévalo, y vaya debut. Al margen de dejar a la crítica encandilada en Venecia, Tarde para la ira es una de las películas de las que espero que más se hable de la cosecha cinematográfica de 2016 en nuestro país, apuntando ya a varias nominaciones a los Goya con el más que posible premio a Mejor dirección novel. Arévalo construye un thriller duro y con mucha fuerza, más cercano al cine surcoreano que al estadounidense y que lidera —al menos para mí— ese renacimiento del thriller español que estamos teniendo actualmente con películas como La isla mínima (íd., 2014), en la que de hecho él era uno de los protagonistas, o la próxima Que dios nos perdone (íd., 2016), con la que comparte actor principal: Antonio de la Torre. El actor malagueño viene dando en los últimos años una clase de interpretación en cada papel que elige, con el que se mimetiza y lo da todo. Y aquí no iba a ser menos, dando gala de ser de los mejores actores en activo que han pisado nuestra piel de toro. Comparte reparto con Luis Callejo, Ruth Díaz (premiada en Venecia) y Manolo Solo, entre otros. Este último metiéndose en la piel de uno de los personajes del año, El triana, y que es una de las sorpresas interpretativas del filme. Tarde para ira es una película visceral, a la que, y gracias al grano y la textura que le aporta el haber rodado en super 16mm, casi se puede tocar y palpitar el sudor, la tensión y el control de Arévalo detrás de las cámaras. [★★★½]

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Para terminar, que esto está quedando muy largo, voy a hablaros sin excederme de dos documentales que he visto recientemente. Y como es un género del que no solemos publicar mucho pues qué menos que no sólo traeros uno, si no dos, ambos estrenados este año. El primero de ellos es Amanda Knox (íd., 2016), una producción de Netflix sobre uno de los casos más llamativos de la justicia actual, envuelto en el que fuera el llamado “juicio del siglo”. Me siento un declarado fan del súbgenero true crime dentro de los documentales, me enganchan. Y este es uno de las que más he disfrutado, quizás no llega a la altura de Making a Murderer (íd., 2015), pero se le acerca. Como en todos las producciones de este tipo es mucho mejor no saber nada del caso en sí, aunque puede que haya alguien que lo siguiera por las noticias en su momento (sucedió en 2007). En cuanto a lo técnico, varía entre entrevistas grabadas para el documental a los protagonistas de todo aquel embrollo, imágenes de archivo y grabaciones in situ, tanto de cuando pasó todo, como del después, nueve años más tarde. Un documental interesantísimo, que dura nada y menos (noventa minutos), y que seguro que te arregla una tarde aburrida. [★★★]

La quinta y última película del artículo la dejo para hablar de mis querido Beatles. No es que haya pocos documentales de los de Liverpool, pero este año ha tomado especial relevancia el llamado The Beatles: Eight Days a Week – The Touring Years (íd., 2016), por varias razones. La primera, y yo creo que la fundamental, es que apetecía mucho. The Beatles es un grupo al que se le tiene mucho cariño y ya tocaba ver historias suyas en la gran pantalla. La segunda probablemente sea por la curiosidad del tramo que abarca, el documental se centra en los primeros años del grupo, sus andaduras por EEUU y todo el fenómeno de la Beatlemania. Y también creo que cuenta lo bien que se lo han organizado para hacer de este documental todo un evento, llenando salas en todo el mundo (en un principio solo se podía ver la película durante ocho días, aunque luego tuvo tal éxito que ampliaron una semana más). Y quizás el último reclamo importante es que detrás de todo esto está Ron Howard, director de películas como Una mente maravillosa, Rush o Apolo 13. En definitiva, un documental notorio, que cumple lo esperado sin ser nada del otro mundo.  Compuesto por videos de las giras, los conciertos, las entrevistas del momento (eso sí, restauradas a 4K), junto a unas cuantas entrevistas grabadas ahora para la ocasión.  Entre los fans del grupo gustará sin ninguna duda, y como documental que estudia un fenómeno social tan actual como la fiebre loca por cuatro tipos bien vestidos que tocan en un grupo, pues también. [★★★]

A los que os habéis quedado tras estos enormes párrafos: gracias por todo. Hasta el próximo artículo y que tengáis muchos días repletos de buen cine.

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