Días repletos de cine (Vol. 22): El bazar de las sorpresas, Dersu Uzala…

Un verano en La Pantalla Invisible sin entrega de Días repletos de cine no es un verano oficial, o veranito, o como se diga. Esta sección, cada vez más esporádica pero siempre útil para hablar de películas de una forma breve y concisa, vuelve con su volumen 22 en el que me dispongo a hablar, sin destripar nada, sobre algunas de las cintas que he visto durante este último mes, cinco obras de las cuales tres me maravillan y las otras dos me gustan mucho. Nada mal.

Llevaba ya unas cuantas películas de Ernst Lubitsch vistas cuando decidí adrentarme en El bazar de las sorpresas (The Shop around the Corner, 1940), una de las obras más reconocidas y aclamadas de uno de los directores mejor considerados del cine clásico. Las anteriores me habían gustado mucho, especialmente Una hora contigo (One Hour with You, 1932), probablemente uno de los musicales que más haya disfrutado en mi aún corta vida como amante del séptimo arte, pero todas estas buenas vibraciones de un cine tan cuidado, desde el guion a lo formal, no me prepararon para la barbaridad que estaba a punto de ver. El bazar de las sorpresas no es solo la mejor película de Lubitsch que he visto hasta el momento, algo que podía incluso esperar, sino que se ha colado entre mis favoritas personales de todo lo que ha pasado por mis ojos hasta el momento. Adaptada de una obra de teatro, Lubitsch saca todo el provecho posible a un guion absolutamente magistral (todo es brillante: desde los diálogos hasta la estructura o la forma de manejar la información que tiene el espectador y que no tienen los personajes, y viceversa) y lo convierte en una obra cinematográfica que utiliza los elementos de la puesta en escena con una enorme sabiduría; véase, por ejemplo, el momento del disparo en fuera de campo o la capacidad de Lubitsch para situar la cámara en el lugar más indicado y moverla únicamente para crear la narración, no para subrayarla o buscar la emoción fácil. Porque esa es otra: El bazar de las sorpresas es una película de una gran emoción, narrando una historia de amor singular y repleta de sensibilidad, humor, tragedia y personajes que se sienten vivos. Los dos protagonistas, además, interpretados por una estupenda Margaret Sullavan y un jovencísimo y genial James Stewart. Una obra maestra que me aceleró el corazón en más de una escena. [★★★★½]

Otro cineasta con el que tenía muchas ganas de ponerme era Hong Sang-soo, sobre todo desde que en el pasado festival de San Sebastián viera la estupenda Lo tuyo y tú (Yourself and Yours, 2016). Antes de ponerme con su cine de forma cronológica, algo que tengo pensado hacer de inmediato, me vi una de sus últimas películas, estrenada también el año pasado y con el título de Ahora sí, antes no (Right Now, Wrong Then, 2016). Nos cuenta la historia de un encuentro entre un hombre y una mujer; él es cineasta y está en el lugar para presentar una de sus películas en un pequeño cine de la zona, y ella utiliza la pintura para expresar sus sentimientos y su interior. A partir del cruce entre estas dos personas seremos testigos de conversaciones en varios parajes del lugar, desde un cafetería a un bar o la casa de una amiga de ella. Ahora bien: la enorme peculiaridad de Ahora sí, antes no es que dicho encuentro no se nos narra solo una vez, sino que a la mitad (es decir, a la hora, pues dura dos) la película vuelve a comenzar. Observamos, entonces, que las situaciones vuelven a ser parecidas (van a los mismos lugares, muchas conversaciones versan sobre lo mismo), pero en absoluto iguales. La relación va cambiando por la elección de palabras de cada uno o por el estado de ánimo en el que se encuentran; tanto es así que la resolución es del todo diferente. Me fascina cómo Sang-soo saca tanto de tan poco: dos personas hablando de sus intereses, de quiénes son y de qué está significando ese día para ellos, y con eso se ahonda de una manera profunda en el alma de ambos, subrayando con la división narrativa la importancia de las acciones, las palabras y la sensibilidad con la que uno se acerca al otro. Una película pausada y bella; una maravilla. [★★★★]

No abandono el territorio oriental para hablar de una de las películas más conocidas de Akira Kurosawa, un director del cual he visto muy poco (esta es la tercera suya que veo) y que, de momento, me está entusiasmando bastante. Dersu Uzala (íd., 1975), al parecer, fue una experiencia dura de rodar por las condiciones geográficas, pero también curativa para un Kurosawa que había visto cómo tenía problemas para financiar su siguiente obra en Japón y tuvo que acudir a un proyecto de la mayor productora soviética con tal de seguir dirigiendo. Así surgió esta película, que nos narra la historia de Dersu Uzala, ermitaño que vive solo en el bosque y que ayuda a un general soviético con su misión de cartografiar el terreno, antes pisado por el hombre pero nunca recogido en un mapa. Es ante todo una trama sobre la amistad y el respeto que uno siente por el otro, y la conexión singular de cada uno con la naturaleza. Para dejar clara la importancia del entorno que les rodea, Kurosawa decide narrar buena parte de la cinta mediante planos generales, incluso haciendo que uno preceda a otro; un ejemplo es la famosa escena de la tormenta y la construcción del refugio, enteramente rodada con planos lejanos que nos ayudan a entender la fuerza de la naturaleza y la imposibilidad de ganarla a campo abierto. Además, me llama la atención que para contar la historia de un hombre bueno y decente como es Dersu, el guion decida rodearle de personajes llenos también de bondad e intenciones nobles; habría sido más sencillo contrastar la pureza de uno con la bajeza de los otros, pero el libreto no sigue el camino fácil y el resultado, en su conclusión, es aún más efectivo, especialmente en el fragmento en la ciudad. No es la película de Kurosawa que más me ha gustado, pues prefiero Rashomon (Rashômon, 1950) y Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), pero eso no quita que sea una obra ejemplar sobre cómo abordar, primero, una historia ajena, y segundo, narrarla con sensibilidad y decisiones formales coherentes. [★★★½]

Algún día tengo que hablar por aquí, en forma de artículo sobre su cine en general o sobre alguna película en particular, al respecto de Brian De Palma. No me equivoco si digo que, personalmente, ha sido uno de los grandes descubrimientos cinéfilos de este año; no porque no conociera de su existencia, pues quién no sabe los nombres de los miembros de ese grupo que revolucionó Hollywood en los 70, sino porque no esperaba que fuera, de lejos, el mejor de todos. Sé que esto da para debate extenso y este no es el lugar, pero de verdad lo creo: De Palma es el director más brillante que salió de ese grupo. Spielberg, Scorsese o incluso Lucas (vaya tela) se han llevado el reconocimiento, pero es De Palma el responsable de un cine mágico, inmortal y brillante en el virtuoso pero nunca gratuito uso del movimiento de cámara. Nos ha dejado increíbles obras maestras como Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980), Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993) o la denostada y para mí fascinante Passion (íd., 2012), pero quiero comentar una de las cintas que dirigió en aquellos años 70, con guion de Paul Schrader: Fascinación (Obsession, 1976). Se ha hablado mucho de que De Palma es el verdadero heredero de Hitchcock, y aquí no solo cuenta con Bernard Herrmann como compositor, sino que se hace cargo de una historia que tiene mucho de Vértigo (Vertigo, 1958); y no quiero decir más, porque es una trama con sorpresa final incluida. Sin embargo, y como suele ocurrir en su cine, lo importante no es lo que cuenta, sino el cómo: De Palma vuelve a tirar de su talento para realizar esos travellings tan elegantes, para encuadrar utilizando los elementos del escenario y para construir una atmósfera opresiva e incluso enfermiza en esas calles italianas. Es un narrador portentoso, de una habilidad que, de verdad, me deja sin palabras. Quizá se necesiten más años para reconocer su genio cinematográfico, pero lo que tengo claro es que tiene un puesto asegurado en la historia del cine. [★★★½]

Y para terminar, un clásico absoluto dirigido por uno de los más grandes directores de la historia del cine: ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941), de John Ford. Parece que en este Días repletos de cine solo estoy hablando de realizadores de los que estoy actualmente haciendo ciclos, y en verdad es así: llevo mucho tiempo con ganas de ponerme con el cine de Ford y en ello estoy, sin prisa pero sin pausa. De lo poco que he visto hasta el momento, todo de un nivel espectacular, una de las que más me han maravillado ha sido esta ¡Qué verde era mi valle!, por varias razones. Primero, por la belleza de sus imágenes: esos planos del campo de flores, la distribución de los personajes dentro de la casa o esas grandes masas de gente que se juntan en las calles del pueblo. Y segundo, por la sensibilidad con la que está narrada: es de una delicadeza que me es difícil no emocionarme. Y ya no hablo de grandes momentos dramáticos, sino de pequeños detalles, como ese doctor dándole un libro al niño enfermo o esa madre que lucha por mantener junta a su familia y, sin embargo, ve cómo se va deshaciendo en la distancia. Es una película compleja, que trata desde la educación al sindicalismo, y nunca se entrega al giro fácil; todos los personajes, incluso el mayor secundario, tienen una personalidad, un motivo y una razón. Es un cine que cada vez me gusta más, la verdad; que se preocupa por una narración sincera, coherente y sin golpes baratos. Y lo que más me ilusiona es que estoy convencido que van a haber otras de Ford que me gusten incluso más. [★★★★]

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