Días repletos de cine (Vol. 23): Thor: Ragnarok, La batalla de los sexos…

Ya son 23 las entregas de esta sección que bien se puede considerar veterana dentro de La Pantalla Invisible. Es que buah, 23, se dice pronto. El Michael Jordan de las entregas de Días repletos de cine. Por decir algo. Aunque también podría decir que en esta ocasión voy a hablar de varias películas que tienen bastante chicha: dos estrenos relativamente esperados, dos documentales (uno de ellos también reciente) y, para terminar, una de las mejores obras que he visto este año y en los últimos tiempos. Vamos, una selección variadita.

Quizá suene condescendiente decir que las películas de Marvel son poco más que agradables pasatiempos, pero realmente son ellos mismos los que parecen estar a gusto con esa consideración, siempre y cuando el dinero siga entrando en las arcas de la todopoderosa Disney. Algunas están más inspiradas que otras y sería hipócrita por mi parte negar que, en general, paso un buen rato con ellas, pero en las últimas entregas he podido sentir el refrito de una fórmula que está provocando que la mayoría de las películas que estrenan sepan a lo mismo. Siempre han sido infantiles, algo no necesariamente malo, pero parece que cada vez más están intentando parecerse, da igual el personaje y la mente responsable detrás, a los Guardianes de la Galaxia. Thor: Ragnarok (íd., 2017) me parece el ejemplo perfecto de eso mismo, hasta tal punto que bien podría ser una entrega más del disfuncional grupo. Que las dos entregas anteriores de Thor no funcionaron es un hecho, y por eso había que realizar un cambio de rumbo; poner a los mandos de una superproducción de este calibre a un director de comedia como Taika Waititi fue un movimiento interesante, aunque, desde mi punto de vista, en absoluto un seguro de cara a que el barco llegara a buen puerto. El resultado final ha sido una película diferente en algunos aspectos, sobre todo en una autoconsciencia que le viene bien a un personaje que, cuando se toma en serio, resulta bastante aburrido, pero que en general sabe a lo mismo de siempre. Un regusto continuo de Guardianes por ahí, más chistes por allá, una villana que, por mucha presencia que tenga Cate Blanchett en pantalla, sigue la tónica habitual de antagonista mala malísima sin interés alguno, y, en general, una realización pobre, más colorida que de costumbre pero transitando caminos habituales. Me parece una decisión simpática hacer que Thor, Loki, Hulk y compañía se tomen menos en serio a sí mismos, y bravo por un Chris Hemsworth que nunca ha estado mejor como el dios del trueno, pero eso no quita que Thor: Ragnarok sea una comedia del montón y una película de acción rutinaria. [★★]

Otra película de reciente estreno es La batalla de los sexos (Battle of the Sexes, 2017), la nueva película de Jonathan Dayton y Valerie Faris, directores de Pequeña Miss Sunshine y Ruby Sparks. Esas dos cintas me parecieron muy notables en sus respectivos campos, la primera en la comedia familiar con moraleja final y la segunda con ese caparazón de comedia romántica que, en su devenir, revelaba su condición de crítica a las relaciones tóxicas. En cualquier caso, vuelven a la gran pantalla con la historia real de la tenista Billie Jean King, que jugó un partido contra el veterano campeón Bobby Riggs ante los comentarios de éste diciendo que las mujeres eran inferiores a los hombres, tanto en el deporte como en lo demás. Lo que sale de aquí no es tanto una película centrada en el partido en sí, aunque obviamente tiene su importancia por su naturaleza de cierre, sino un biopic sobre ella, Billie, que resulta, también, el único personaje bien desarrollado del filme. Su vida personal es lo que le da algo de solidez a la propuesta, ya que la historia de amor funciona, pero todo lo relacionado con su faceta deportiva (apoyada por un grupo de tenistas que solo sirven para hacer bulto y soltar chistes) se queda bastante cojo; por no decir que su antagonista, el mencionado Bobby, resulta algo cargante a pesar del intento del guion por humanizarle en los primeros compases de la historia. Lo que se nos queda es una comedia mediocre que se sostiene, principalmente, por la muy buena interpretación de Emma Stone, que vuelve a ser, como ya ha ocurrido en otras ocasiones en su filmografía, lo mejor de la película. [★★½]

Soy un grandísimo admirador de Bob Dylan. No sé cuántos años llevo sumergiéndome en sus canciones, pero son bastantes ya, y cada vez que vuelvo a ellas me parecen más profundas, emocionantes y únicas. Por eso ver el documental Don’t Look Back, de D.A. Pennebaker, era una gran cuenta pendiente que por fin pude saldar hace poco. A través de la cámara de este conocido documentalista somos testigos de la gira británica que dio el de Minnesota en la primavera de 1965, con solo 23 años y ya con un puñado de discos memorables. Si el maravilloso documental de Martin Scorsese, No Direction Home, nos aportaba una vista de águila sobre todo el recorrido de Dylan, desde sus inicios hacia adelante, en Don’t Look Back nos encontramos ante lo contrario: la filmación de un momento muy concreto, escenas cotidianas en las que Dylan y compañía hablaban, cantaban o vacilaban a un periodista, por ejemplo; además, cómo no, de algunos momentos en los conciertos que dio en Inglaterra. El resultado final es memorable no solo por el privilegio que supone colarse en esos momentos que nos dan a conocer a una persona tan peculiar, a veces por cargante y otras veces por talentosa, o ambas al mismo tiempo; sino también por la manera en la que está filmado y montado, con gran elegancia y de un blanco y negro precioso. Ya digo: para los amantes de Dylan es una obra imprescindible, y para los curiosos con ganas de ver un buen documental es una opción más que recomendable. [★★★½]

Lo que no es ni de lejos tan recomendable es el documental sobre Steven Spielberg que ha dirigido Susan Lacy y estrenado HBO hace poco, titulado, cómo no, Spielberg (íd., 2017). A través de varias entrevistas, tanto al propio Spielberg como a colaboradores (desde actores hasta productores) o críticos, se va repasando, con una estructura algo confusa y dedicando más tiempo a unas cosas que a otras, la filmografía del conocido director. Como documental en sí es bastante básico, algo que de por sí no tendría por qué jugar en su contra; ahí está el dedicado a De Palma, aún más elemental y, sin embargo, mucho más apasionante. ¿Por qué el de Spielberg resulta más plano? Porque mientras Brian De Palma comentaba su filmografía desde una perspectiva más profunda y apoyándose en la cronología para subrayar su evolución, sus libertades y sus compromisos, el ejercicio que se realiza sobre la obra de Spielberg resulta vacío y cansino ante un análisis que no lo es tanto, convirtiéndose a cada paso en un descarado homenaje. Juntarse para celebrar la carrera de un director me parece legítimo, pero también me lo parece poder decir que el resultado que deriva de ahí es el de un documental que se centra tantísimo en alabar su figura que, al menos a mí, me acaba pareciendo antipático (el documental, claro). Luego está el tema de que sus películas me gustan muchísimo menos que las de De Palma, por seguir con la comparación, pero aún así creo que se podría haber realizado un acercamiento más profundo, y por ende interesante, a la filmografía de un director que, con sus más y sus muchos menos, jugó un papel importante en las tendencias comerciales del cine americano. [★½]

Para concluir me gustaría recomendar una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos, que no es otra que Ángeles sin brillo (The Tarnished Angels, 1957), de Douglas Sirk. Estoy explorando, sin prisa pero sin pausa, el cine de Sirk, que me está pareciendo maravilloso, y de momento la cumbre se encuentra en este filme, que adapta una novela de William Faulkner y resulta su obra más perfecta y bella. Todo en ella es prodigioso: la realización de Sirk es de una elegancia y precisión asombrosas, la fotografía es bellísima, el guion es absolutamente redondo y los actores están en estado de gracia. Todo lo que me había encandilado en otras de sus películas, como las maravillosas Siempre hay un mañana y Sólo el cielo lo sabe, se encuentra en Ángeles sin brillo aún más refinado. Incluso el final, que en algunos de sus melodramas se intentaban camuflar como conclusiones felices cuando, si te parabas a pensar, contenían cierto sabor amargo, en este caso se hace más evidente; por mucho que la música suba y la tragedia se intente esconder detrás de alguna sonrisa, el cierre es triste y descorazonador. Con él se concluye una absoluta obra maestra que no da puntada sin hilo y que suma otra película enorme más a la, por lo visto hasta ahora, apasionante filmografía de Douglas Sirk. [★★★★½]

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