Días repletos de cine (Vol. 24): Coco, Detroit, IT…

El ocaso de este 2017 ya se empieza a dibujar en el horizonte y con él, las listas de lo mejor del año y sus variantes. Nosotros mismos organizamos unos premios anuales —los Premios Invisibles— que entregamos los últimos días de diciembre entre lo que supone el resultado de la mezcla de lo que cada uno de la redacción considera relevante de lo visto estos doce meses. Así, vuelvo a Días repletos de cine, una de nuestras secciones más longevas, para comentar un puñado de películas —bien relevantes, o  bien que quiero recomendar— que se han estrenado este año en nuestro país y que por unas cosas u otras no contaban hasta ahora con un texto por estos lares.

Cada estreno de Pixar es todo un evento y sé que mientras pueda jamás me perderé una de ellos en el cine, es casi una tradición para mí —excepto, claro, cuando se trata de otra secuela de Cars—. De hecho, la presente película de Pixar ahonda acertadamente en las tradiciones como pilar argumental sobre el que se sustenta toda la trama (incluso el infame corto de Olaf de Frozen que precede a la cinta indaga este tema, no con el mismo resultado he de decir). De esta forma, Coco (íd., 2017) explora una tradición fundamental de la cultura mexicana como es el Día de Muertos. Lee Unckrich y su equipo expande esta celebración que honra a los difuntos creando un universo consistente y lleno de magia en el que, de nuevo, niños y adultos pasarán casi dos horas de un agradable viaje que va ganando poco a poco hasta que, como ya es habitual en el cine de Pixar, culmina con un lacrimógeno y catártico clímax. Es cierto que ya empieza a cansar el formato estructural y narrativo del estudio que apenas ha abandonado desde casi sus comienzos, pero es que son muy buenos haciendo lo que saben hacer. Aún así agradecería algún cambio para futuras obras y que no se me hagan tan repetitivos y predecibles sus guiones con personajes y giros argumentales reciclados, porque en el resto de sus apartados los resultados son impecables.

Técnicamente vuelve a suponer de lo mejor que se ha hecho este año dentro del cine de animación y cuenta además con una dirección solvente en la que es la segunda película como director principal de Lee Unkrich (tras haber sido montador y co-director de algunas de las películas más importantes del estudio), junto a Adrian Molina, que como co-director aportó una visión necesaria al proyecto debido a su descendencia mexicana. No se puede olvidar, y menos en una película como Coco, su apartado musical, donde Michael Giacchino vuelve a hacer de las suyas y saca todo su talento trabajando con Pixar componiendo una deliciosa banda sonora (de sus mejores para mí) acompañado esta vez de los letristas de Frozen para las múltiples canciones originales que se cantan a lo largo de la película. No es extraño que una obra que trate con tanto respeto a la cultura mexicana y cuyo argumento cale tanto gracias a cómo refleja una tradición tan arraigada allí sea desde hace algunas semanas, y con mucha diferencia, la película más vista en la historia cinematográfica de México. Coco no es perfecta, ni mucho menos, pero funciona y no deja de ser para el que aquí escribe una de las películas más reconfortantes de la Pixar pos-Toy Story 3 junto a la brillante Del revés y la infravalorada Monstruos University. [★★★]

Este año me estoy llevando una sorpresa muy agradable con algunos documentales que he estado viendo, es por eso que voy a incluir dos de ellos en este artículo. El primero de ellos es Converso (2017). No solo uno de los documentales más interesantes que recuerdo de los últimos tiempos sino que supone también una de mis películas favoritas españolas que se hayan estrenado este año. En Converso, David Arratibel nos muestra de primera mano a través de entrevistas a sus familiares lo que él mismo ha estado sufriendo estos años con estupefacción y algo de rabia interna dentro de su propio círculo interno familiar. Converso, como segundo documental dirigido por Arratibel, se podría decir que trata sobre la familia pero ahonda sobre todo en un tema algo más abstracto y difícil de tocar (y rodar): la fe. Con estas entrevistas, David intenta acercarse aún más a sus seres queridos de los que se fue alejando poco a poco con los años por culpa de la repentina conversión al catolicismo de sus hermanas. De esta forma, intenta dejar de lado sus prejuicios y comprender qué se esconde detrás de esta peculiar transformación vital. Aunque en un primer vistazo pudiera parecer que el documental se presta al formato clásico de entrevistas, se trata (cada vez más, tal y como avanza su metraje) de conversaciones —pensad en el doble juego del título— en los que David, en su búsqueda personal por hallar algo de luz sobre todo este asunto, intenta expiar todos los males que tuviera con sus familiares y ayuda a modo de confesionario a hacer lo propio con los diferentes miembros de su familia. Un documental lleno de honestidad y conmoción que se eleva como cine terapéutico para sanar heridas y generar un necesario e interesante debate. [★★★]

Una pequeña sorpresa de estas últimas semanas ha sido mi primera incursión en el cine de Kathryn Bigelow, con nada más y nada menos que su película más reciente: Detroit (íd., 2017). El estilo formal del filme se me hacía tentador ya que hacía algún tiempo que en el cine reciente no me cruzaba con algo así. Detroit está rodada casi enteramente en cámara en mano (mezclada a veces con vídeos reales que se realizaron durante los hechos en los que se sitúa la historia) dando la sensación de estar ante un imposible documental en el que unos cámaras se colaron en la ciudad más grande de Míchigan en el 67 a rodar todo lo que pasó allí. La destreza y habilidad de Bigelow y su equipo recuerda a la de Paul Greengrass en United 93, dotando de realismo a lo filmado con su cámara temblorosa y angustioso montaje sin que parezca una excusa artística o una pseudo-found footage. No en vano, la fotografía de Detroit corre a cargo de Barry Ackroyd, quien hizo lo propio en la mencionada película del director de El ultimátum de Bourne. La trama del filme sigue los disturbios raciales que convirtieron a la ciudad de Detroit en el verano de 1967 en una ciudad en estado de guerra dando lugar a una de las revueltas civiles más mortales y destructivas de la historia de Estados Unidos. La estructura del filme es peculiar e inteligente, con una historia tremendamente coral y diferentes puntos de vistas. Donde la película demuestra todo su sentido es en su trepidante segundo acto, cargado de una palpable tensión y una rabia acumulada que absorben al espectador. De hecho, creo que todo lo que sucede en ese motel es el corazón de la película y su razón de ser, diría que incluso todo lo que lo envuelve (ese algo caótico primer acto introductorio y ese más calmado tercer acto dividido entre las consecuencias de las acciones del motel y la revelación de estar ante un biopic musical en encubierto) es una mera excusa de Bigelow para tener los medios y la capacidad de rodarlo. Cuenta, además, con un reparto bastante en forma del que destaco a un Will Poulter que interpreta a uno de los villanos del año. Si estas dos horas y veinte se me han pasado en un suspiro y con un resultado en general más positivo que otra cosa creo que más pronto que tarde tocará verse una buena parte de la filmografía de Bigelow. [★★★]

Como decía en el párrafo dedicado a Converso, aquí está el segundo documental del que hablaré en el artículo: Jim y Andy (Jim & Andy: The Great Beyond, 2017). En estos últimos años, Jim Carrey se ha vuelto un fantasma de la estrella que algún tiempo fue, no solo porque poco a poco se haya ido aislando del foco público sino por los titulares que da cada vez que aparece en algún festival o da alguna entrevista. Hay varios motivos para pensar cómo ha podido llegar a este punto, como el hecho de estar diagnosticado seriamente con depresión y que su novia se suicidara hace tan solo un par de años. Con todo esto a sus espaldas, en Jim y Andy, Jim Carrey se vuelve a sentar delante de una cámara para reflexionar, dieciocho años después del rodaje de Man on the Moon, de la experiencia transformadora que fue meterse radicalmente en la piel y personalidad del famoso cómico Andy Kaufman (y Tony Clifton) y, en general, del viaje espiritual de su carrera. Todo acompañado por lo que realmente da valor propio al documental en sí: la mirada del inédito y espeluznante material grabado en el set del rodaje de la película de Milos Forman, donde somos conscientes que detrás de las cámaras se daban lugar momentos casi más kaufmanianos que en la propia cinta que se estaba rodando. Una de las interpretaciones del método más viscerales y extremas que se hayan visto jamás en el medio, fundamental para todo aquel que o bien quiera dedicarse al mundo de la actuación o le interese el tema. [★★★]

Para terminar este extenso Días repletos de cine, comentaré la sensación taquillera del año en el generó de terror: IT (íd., 2017). Para ponernos en contexto decir que me apasionó la novela original de King y que no he tenido el ¿placer? de ver la miniserie que se realizó en 1990. El filme actual lo disfruté más por su propia entidad como tal que como adaptación, porque a decir verdad como adaptación pierde bastante fuelle sobre todo por cómo desde el guion transforman algunos de los pasajes más icónicos de la novela y se desdibujan a los personajes principales. Esto se hace más soportable a su pesar con un casting a la altura que consigue establecer un reparto que da gusto tener junto en pantalla y que recuerda inevitablemente a las trepidantes películas de aventuras protagonizadas por grupos de amigos que tanto se estrenaban hace algunas décadas. De hecho, es esta parte lo que destaca de la película (y la que sin duda más disfruto) y no cuando se orienta hacia el tema principal de la novela: el miedo; en todas sus formas. El modo que tiene Andy Muschietti de exponerlo deja bastante que desear. Su primer tramo creo que consigue asustar y establece las bases del terror con soltura pero conforme el metraje avanza, el miedo se recicla en sustos y más sustos sin aportar nada nuevo que no hayamos visto ya. Por otro lado, la fotografía se coloca por encima de lo estándar en el género gracias al trabajo de Chung-hoon Chung (colaborador habitual de Park Chan-wook). Pero el mayor problema que tengo con esta It es que lo que hace tan especial a la obra original —ese juego que le da a la doble narración en dos tiempos diferentes—se pierde aquí por su concepción de obra dividida ya desde el principio en dos partes. Aún así, estoy deseando ver la secuela y volver a Derry ahora con el Club de los Perdedores de adultos. Esperemos que el terror se manifieste de otras formas. [★★★]

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