Días repletos de cine (Vol. 25): Star Wars: Los últimos Jedi, A Ghost Story…

El 25 de diciembre es Navidad y 25 son ya las entregas de Días repletos de cine que hemos escrito en La Pantalla Invisible. Después de la que hizo mi buen amigo Daniel Pérez-Michán repasando algunos estrenos de este año que, por lo que fuese, se habían quedado sin crítica en la web, recojo el testigo para el sprint final en el que, cómo no, me dispongo a hablaros de películas que aterrizaron en nuestros cines en 2017. Va a ser el último volumen del año, que no artículo, pues todavía nos quedan cosas por publicar y, sobre todo, entregar los Premios Invisibles en los últimos días de este año que se nos va. Sin más dilación, he aquí las cinco películas escogidas que bien merecen pararse a hablar sobre ellas.

Después de la agitación (en la fuerza) provocada por el estreno de Star Wars: Los últimos Jedi (Star Wars: The Last Jedi, 2017), es difícil agregar otra voz a un panorama que todavía anda revuelto. Ha pasado poco más de una semana desde que la vi y, habiéndola reposado bastante, he de decir que sigo decepcionado por la cinta de Rian Johnson, aunque seguramente no por los motivos que comparten la gran mayoría de fans de la saga galáctica. Viniendo del anterior episodio dirigido por J.J. Abrams, que me sigue pareciendo un blockbuster modélico que disfruto de principio a fin pero que es verdad que jugaba en casa en su planteamiento de aprovechar la nostalgia, aplaudo que Johnson y compañía hayan decidido girar el timón y llevar al espectador por caminos inesperados que las cansinas teorías vertidas a lo largo de dos años no podrían haber empezado ni a adivinar. Es la octava entrega de esta franquicia (novena si contamos Rogue One) y hacer algo nuevo, ya solo sea a nivel de giros de guion y de arco de personajes, me parece estimulante y una buena decisión. Ahora bien, tengo un problema enorme con la forma en la que se llega a esos momentos impactantes, que se pueden contar con los dedos de una mano y que se ven rodeados, durante dos horas y media, por largas escenas que parecen narrarnos, sobre todo en la primera mitad, una misión que bien podría haberse resumido mucho menos. El espíritu de película puente lo siento en gran parte del metraje, sobre todo cuando hay tramas como la de Finn y Rose que se sienten como un derroche innecesario de minutos.

Es cierto que cuando llegan ciertas escenas no puedo evitar emocionarme y vibrar con un universo que significa tanto para mí desde hace mucho, mucho tiempo, pero una vez terminada la película, repasando el conjunto, se me queda muy coja. Aplaudo la evolución de Luke y me interesa su relación con Rey, pero qué forma más torpe de narrarla; y no me refiero solo en cuanto al guion, sino que la dirección de Rian Johnson deja muchísimo que desear. Es incapaz de crear una geografía concreta en las escenas, todo resulta confuso debido al exceso de cortes y a su forma de organizar la información; por no hablar de esos horribles primeros planos que buscan la conexión emocional y, por lo menos a mí, solo impactan por la excesiva cercanía. Tiene varias apuestas estéticas muy estimulantes, por nuevas, pero veo un claro paso atrás respecto a la mano firme de J.J. Abrams, que no es ningún autor pero al menos es capaz de narrar con claridad y con mayor emoción. Al final me quedo con tres cosas de Los últimos Jedi: que quiero volver a verla, que Adam Driver y su Kylo Ren es lo mejor que le ha pasado a la saga desde sus inicios, y que, en realidad, tengo muchas ganas de ver cómo cierran esta trilogía, sobre todo porque ahora, viendo los tremendos giros que han dado aquí, el episodio IX puede salir por cualquier lado. [★★½]

Es curioso que lleve todo el año hablando de Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016) y sin embargo nunca me haya parado a comentarla en esta santa casa. La nueva película de James Gray, que abandona el ambiente urbano de sus anteriores obras para embarcarse en una aventura al Amazonas, me parece una de las más grandes obras maestras que han llegado a nuestros cines a lo largo de este año. Alejada de las modas del género, Gray nos presenta la vida de un explorador y sus viajes en busca de los secretos que esconde un lugar tan inhóspito, aunque si algo hace especial a esta maravilla es cómo utiliza el papel de la familia para darle un sentimiento más personal e íntimo a una empresa tan ambiciosa. En todo el cine de este director se ha tratado la familia de una forma u otra, y en Z no iba a ser menos: la mirada del personaje de Sienna Miller, secundaria de lujo, sobrevuela toda la historia y le da un peso muy especial a las vivencias del protagonista, magistralmente encarnado por Charlie Hunnam. Esto provoca que no estemos ante una película de aventuras convencional (en cuanto a lo visto en los últimos tiempos, me refiero) en la que lo más importante, o mejor dicho, lo único relevante sea el objetivo final, es decir, descubrir lo que se ha ido a buscar, sino que la narración nos sitúa en los ojos del protagonista y en cómo esas decisiones le afectan tanto a él como a su entorno. Si a esta increíble construcción dramática le añades una dirección espléndida de un Gray que se mueve como pez en el agua en espacios abiertos, acompañado por una fotografía preciosa, te sale una obra mastodóntica y una pieza de puro cine. [★★★★]

Sumergirme en el cine de Hong Sang-soo ha sido uno de los más grandes placeres cinematográficos de mi año personal. He descubierto a uno de los directores que más me apasionan actualmente, con una filmografía repleta de obras maestras de un estilo inconfundible y una sensibilidad enorme. Una de sus últimas películas es En la playa sola de noche (Bamui Haebyunaeseo Honja, 2017), que podría calificar como mi favorita del cineasta surcoreano, aún cuando ese puesto está bastante solicitado por otras maravillas. En esta película nos encontramos muchas de las señas de identidad que a menudo aparecen en su cine: la estructura dual, esas largas conversaciones con cámara estática, el trabajo con el fuera de campo… Si algo noto con Sang-soo es que tiene una forma de rodar muy específica y que, a lo largo de su carrera, ha sido perfeccionando sus intenciones y su capacidad para crear lo máximo (en dramatismo, en humor) con lo mínimo. Me sigue pareciendo un cine que desde fuera se puede percibir como humilde, incluso repetitivo, pero que cuando lo observas de cerca y ves la evolución descubres unas intenciones del todo precisas y muy profundas. Es encomiable cómo trata a sus personajes, siendo En la playa sola de noche otro buen ejemplo de ello, de esa sensibilidad tan especial que provoca que las películas de Sang-soo sean estudios psicológicos sin que por ello tengan que tener un halo de grandiosidad o de inaccesibilidad. Esta es otra de sus grandes obras maestras, una más en una filmografía que, si sigue a este ritmo, se va a convertir en imprescindible a niveles extremos. [★★★★]

Una de las películas que más esperaba este año era A Ghost Story (íd., 2017), la nueva obra de David Lowery que había recibido buenos comentarios en los festivales por los que había pasado. Su peculiar propuesta, en la que seguimos a un hombre fallecido que vuelve como fantasma (de la vieja escuela, es decir, sábana incluida), nos regala una de las películas más únicas de 2017, pero también una de las más irregulares. Me gusta mucho cómo empieza retratando la vida en pareja de esos personajes interpretados por Rooney Mara y Casey Affleck, al igual que me parece muy estimulante su forma de tratar el tiempo tanto dentro del concurrir cinematográfico como desde el ritmo: hay momentos de pausa en los que la tristeza emana de acciones cotidianas (Mara comiéndose un pastel, por ejemplo), al igual que se siente una melancolía proveniente de la naturaleza del fantasma, es decir, presente en los espacios que habitaba en vida pero que ahora, incorpóreo, solo puede observarlos como un espectador más. Esa sensación fría y casi frustrante se plasma muy bien en la primera mitad del filme. Sin embargo, la trama avanza y ese universo se va expandiendo más allá de la pareja ante los ojos del espíritu, dando paso a escenas, monólogos y decisiones que me distancian tremendamente del intimismo construido hasta entonces. Es cierto que se sigue trabajando sobre ese discurso sobre el tiempo y la pérdida, pero de una forma más diluida y, por lo tanto, menos impactante. La fuerza del inicio se recupera al final, justo a tiempo para salvar del debacle a una película pequeña a la que sin embargo le sobran algunos alardes. [★★★]

Una de mis más grandes deudas con el cine español de este año era Verónica (íd., 2017), la aclamada película de terror dirigida por Paco Plaza, que por fin he podido ver para mi alegría. No soy un espectador habitual de este tipo de cine, principalmente porque lo paso tan mal que no me invita a repetir, y sin embargo he encontrado en Verónica un montón de ideas que han hecho que el terrible rato que he pasado viéndola valiera la pena. Terrible por el miedo, quiero decir, y es que en la primera hora incluso he llegado a pausarla del agobio que sentía. Supongo que a un amante del terror no le producirá tanta impresión, sobre todo porque ya se conocerá todos los trucos, pero aún así me parece innegable la capacidad que tiene este filme para crear una atmósfera inquietante a través de la puesta en escena. El guion no es demasiado brillante, que tampoco torpe, y el motivo por el que Verónica es una película imprescindible reside en la dirección de Plaza, que exprime los ajustados recursos económicos en pos de construir un terror basado en lo inconcreto, en lo desconocido y a la vez en lo reconocible. Hay espíritus y sucesos inexplicables, pero al situarse en un barrio vallecano se provoca que, como espectador, puedas llegar a reconocer esos ambientes, te sean cercanos y por lo tanto más inquietantes. El tramo final es una maravilla que cierra por todo lo alto la que probablemente sea mi película española favorita del año. [★★★½]

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