Dunkerque | Nolan toca fondo

No se puede negar que Christopher Nolan es uno de los directores más aclamados por crítica y público en la actualidad. Cualquiera de sus películas, al menos desde que se hiciera conocido entre las masas por realizar la trilogía de Batman, ha llevado a un montón de gente a las salas. Dunkerque (Dunkirk, 2017), que supone su primera incursión en el cine bélico contándonos la historia de varios implicados en la batalla en el territorio francés que da nombre a la película durante la Segunda Guerra Mundial, ha sido recibida por la crítica con un furor impresionante, con numerosas voces que clamaban a los cuatro vientos que estábamos ante la obra cumbre de su realizador. Una previsión que se ha tornado en antónima cuando he podido ver el filme: Dunkerque es, para el que escribe, la película más desastrosa de Nolan.

La intención del realizador británico de aportar algo al género bélico se ejemplifica en la estructura narrativa con la que se cuenta la historia o, mejor dicho, las diferentes historias: nos encontramos con tres hilos narrativos que se van alternando y que nos sitúan en distintas situaciones dentro de la batalla por la supervivencia que supuso esa playa para miles y miles de soldados británicos y franceses. Tierra, mar y aire son las propuestas con las que Nolan nos intenta contar las dificultades de un grupo de soldados, un barco que zarpa en pos de rescatar a los que hayan sobrevivido y un piloto que hará lo posible por ayudar derribando aviones enemigos, respectivamente. Lo interesante reside en que estas tramas, a pesar de irse intercalando, no comparten un mismo tiempo narrativo, pudiendo observar desde el cielo un acontecimiento para, más adelante, presenciarlo desde tierra acompañando a las personas que lo sufren. Es un planteamiento muy jugoso, y es algo que siempre ha estado en el cine de Nolan, pero aquí está peor llevado que nunca: primero, el montaje tan partido que cambia de escena constantemente provoca que la tensión o interés que pudiera surgir de conocer qué ha pasado antes ahí se evapora, pues da la sensación de que todo está ocurriendo al mismo tiempo y cuando descubres que no es así, apenas tiene un impacto emocional o en la narración, sino simplemente como un cabo a atar que nos ayuda a completar el puzzle; segundo, este montaje provoca que la intensidad de las situaciones esté cambiando constantemente, pudiendo ver un momento de gran tensión para que, de repente y haciendo más mal que bien al conjunto, un corte nos traslade a otra situación de calma que nos arranca totalmente de las emociones que estábamos viviendo; y tercero, conocer los eventos antes o después no importa, pues en el fondo nos dan igual.

¿Por qué nos dan igual? Porque Nolan, ocupado en componer planos tan perfectos como faltos de fuerza, se olvida completamente de desarrollar a los personajes. Podríamos pensar que ha sido una decisión consciente con el objetivo de meternos a nosotros dentro de esa guerra como uno más y que las personas que nos rodearan fueran extraños, pero todo esto se desmonta cuando te das cuenta de qué si está queriendo contar cosas a través de ellos: el tema de la lealtad o la supervivencia sobrevuelan constantemente el filme, y lo hacen a través de diálogos y acciones de los más ridículos y superficiales. Solo hay que obsevar al personaje de Mark Rylance para darse cuenta de la brocha gorda con la que están dibujados todos ellos, aunque algunos ni eso: el piloto que encarna Tom Hardy (y que bien podría haber interpretado cualquier otro, porque se pasa casi toda la película con una máscara) no tiene ningún transfondo y apenas nos preocupamos por él más allá de porque pertenece al bando británico. A Nolan le dan igual sus personajes, lo que provoca que a ti te den igual, lo que produce que las situaciones que sufren te sean indiferentes, lo que lleva finalmente a que la película se convierta en una sucesión de escenas, a veces conectadas, a veces no, que pasan sin pena ni gloria por delante de nuestros ojos. Eso sí, todos los planos están muy bien compuestos, fotografiados y pensados. Una pena que se le haya olvidado que un plano en sí mismo puede funcionar, pero eso no significa que si los conectas todos te salga una cinta consistente y coherente.

Se me hace muy difícil salvar algo de Dunkerque. Intento pensar en ella y solo me viene a la cabeza, con una fuerza atronadora en el peor sentido de la palabra, esa música de Hans Zimmer que te invade y te agota, pues no deja de sonar durante la hora y cuarenta que dura el espectáculo. Nos intentaban vender que estábamos ante la obra de un director maduro, capaz de prescindir de la palabra y narrar con la imagen y el sonido, y ha resultado todo lo contrario: ni hay tan poco diálogo (y el que hay es tan evidente que a veces sonroja) ni ha sido capaz de utilizar la imagen para conseguir sus objetivos. Todo se siente falto de emoción, como si la película estuviera compuesta por los mejores planos de otras películas bélicas y que, juntos, no significaran nada. Un absoluto desastre que ojalá le sirva a Nolan para replantearse algunas cosas; pero qué va, si todo el mundo la está alabando y él está contentísimo de haberse conocido. [★½] 

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