Eddie el Águila | La inspiración vuela bajo

En 1988, Matti Nykönen, esquiador finlandés, ocupaba el número 1 del mundo en salto de esquí. 1988 fue probablemente el mejor año de su carrera deportiva. Nykönen lo ganó todo desde la Copa del Mundo hasta una histórica triple medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Invierno, celebrados en la ciudad canadiense de Calgary. Sin embargo, algo que sucedió también durante esos Juegos y tomó a todos por sorpresa fue que Matti tuvo que compartir la atención de la prensa deportiva con un inesperado héroe: Michael ‘Eddie’ Edwards, también conocido como El Águila. Con experiencia en el esquí, en la disciplina de descenso, y con tan solo unos meses de entrenamiento en el salto de esquí, Edwards participó en dicho certamen deportivo tras haber financiado él mismo esta incursión en tan arriesgado ejercicio. 

Inspirada en la historia de este competidor con poca experiencia, Eddie el Águila (Eddie the Eagle, 2016), la película más reciente de Dexter Fletcher, se sumerge en el género del biopic para trasladar la increíble e inspiradora experiencia de Edwards, encarnado por Taron Egerton, a la gran pantalla. No obstante, es oportuno señalar que mientras la historia real de Eddie es uno de los episodios más emblemáticos y emocionantes del deporte internacional, la cinta de Dexter tropieza con torpeza ante componentes que la hacen parecer, en momentos precisos, un intento de parodia del género de películas de deportes. Así, pues, toca preguntarse: ¿logra ser realmente inspiradora una cinta que sacrifica con estas acciones su sentido del drama? Mi respuesta es que no. 

No es de extrañar que un referente para esta película se encuentre en Elegidos para el triunfo (Cool Runnings, 1993), una comedia ligera y despreocupada (e igualmente irregular) sobre el equipo jamaiquino de bobsleigh que participó en los Juegos de Calgary, y a la que se hace un sutil guiño en la cinta de Fletcher. Esta película, pues, no entra (ni se acerca siquiera, para ser honestos) en el mismo conjunto que el relato épico que enfrenta a un hombre ordinario a una situación extraordinaria hallado en Rocky (íd., 1976) o a la historia de superación y madurez presente en  Karate Kid (The Karate Kid, 1984). Su mayor desacierto, sin duda, es el desequilibrio en el tono de la historia; desequilibrio que provoca que cualquier acercamiento al humor roce peligrosamente con el ridículo. De hecho, son los (breves y casi inexistentes) momentos que abandonan esa (no sé si voluntaria) auto-parodia los que podrían sostener con más solidez un biopic que (se nota) podría dar mucho más juego.

La película se sostiene, además, en un grupo de interpretaciones poco llamativas, en donde destaca el ejercicio de un carismático Taron Egerton post Kingsman: Servicio Secreto (Kingsman: The Secret Service, 2015) para demostrar un mayor rango interpretativo, y demostrar, asimismo, que a base de simpatía el joven actor puede levantar los restos de un relato más o menos endeble, cuyo fuerte emocional mejor concebido es la mezcla musical de escenas de salto de esquí rodadas con un respeto y admiración increíbles hacia el deporte, pero que siguen sin aportar al filme como conjunto, y que no evitan que se reproduzcan determinados pasajes ridículos (¿alguien ha visto peores padres en una película?). Si de ridículos hablamos, el personaje interpretado por Hugh Jackman, especialmente creado para la película (en la vida real, Eddie tuvo una larga lista de entrenadores de poca duración), protagoniza dos de los momentos más desatinados y vergonzosos (si después de cierta secuencia con CGI me decían que el personaje de Jackman era, en realidad, Wolverine, me lo creía).

Sus pretensiones de componer un relato inspirador en la línea de Forrest Gump (íd., 1994) que tiene como centro a un protagonista que nunca se rinde y cumple todo lo que se propone, aterrizan más cerca al resultado de historias como la de La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty, 2013), igual de simple tanto en fondo como en forma, pero con intenciones más claras. Quizá lo más adecuado sería decir, aunque parezca muy atrevido, que Eddie el Águila se queda a medio camino entre un intento de Karate Kid y una comedia de Adam Sandler (una de las “buenas”). Lejos del rigor histórico, pero sin decidirse totalmente en abrazar su lado más cómico, Eddie el Águila es una feel good movie que sigue paso a paso la receta. Ridícula, pero inofensiva, la película es sobre todo irregular, poco memorable y anticuada, y sin duda es una pena que no se arriesgue por hacer más. Eddie se atrevió en el inverno del 88 y voló como un águila, pero el mensaje de esta película lamentablemente vuela muy bajo. [★★½]

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