El amante doble | Desastroso thriller erótico

Uno de los aspectos más interesantes de la posición que ocupa François Ozon dentro del panorama cinematográfico europeo es que, a pesar de ser un director bastante establecido y con un estilo reconocible, no deja de probar cosas nuevas y adentrarse en terrenos que, viendo otras de sus obras, nunca pensábamos que entraría. Pasó el año pasado con Frantz (íd., 2016), una película que supuso un punto y aparte en lo que había estado haciendo en años anteriores (obras como En la casa y Joven y bonita, mis dos predilectas), y que nos mostraba a un Ozon elegante y contenido, de una pausa y una belleza visual, con ese blanco y negro, que llamaban mucho la atención. Para un servidor no fue un proyecto redondo, pero sin duda uno muy estimulante en el que pudimos ver, una vez más, otra cara del realizador francés. Este año vuelve, como nos viene acostumbrando debido a que no para de rodar, con otra película, presentada a competición en el último festival de Cannes y que se enmarca en el subgénero del thriller erótico: El amante doble (L’Amant Double, 2017).

Si en Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014) tenía influencia del cine de Almodóvar, en El amante doble nos encontramos con una propuesta que recuerda a Brian De Palma. La protagonista es Chloé, una chica que sufre fuertes dolores de tripa y que, tras pasar por varios médicos sin éxito, acudirá a un psicólogo para descubrir el motivo de ese sufrimiento. Así conocerá a Paul, con el que empezará una relación para descubrir que quizá él no le está contando toda la verdad, ya que descubre que tiene un hermano gemelo, también psicoanalista, del que no quiere hablar y con el que empieza una enfermiza relación. Un planteamiento que nos conduce por los senderos de la dualidad, de la paranoia y la obsesión de una manera que me retrotrae a tramas de algunas de los filmes de De Palma, como pudieran ser dos de sus grandes obras maestras: Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980) y Passion (íd., 2012). Sin embargo, donde el director americano triunfa, Ozon tropieza de una manera estrepitosa, y por varios motivos.

Uno de los principales aspectos que me tiran abajo la película es la incapacidad del guion para dosificar la información de una manera eficiente. Algunos datos se nos revelan antes de tiempo, perdiendo la oportunidad para jugar más con la tensión y el desconcierto; otros se resuelven tarde, cuando ya nos habíamos hecho una idea de lo que estaba pasando y por lo tanto perdiendo la sorpresa; y luego hay giros, especialmente en el tramo final, que son absolutamente inconsistentes. La narración se intenta escudar en que se nos cuenta la historia a través de los ojos de ella, desde su punto de vista y su vivencia de los hechos, pero es que antes de que entre en esa espiral de locura y de agobio ya hay elementos que se le enseñan de forma objetiva al espectador y que, en la conclusión, nos damos cuenta de que eran falsos. Es decir, un burdo engaño que bien se podrían haber ahorrado, pues no hacía falta para crear una verosimilitud que, poco a poco, se va tambaleando con mayor y mayor fuerza.

Otro elemento que me saca de quicio y que ha hecho de la experiencia de ver esta película una de las más sufridas por un servidor este año, ha sido el hecho de no entender en absoluto las decisiones estilísticas que Ozon ha escogido para contar esta historia. Las lagunas del guion, co-escrito por el propio Ozon adaptando la novela de Joyce Carol Oates, podrían haber permitido la creación de un buen thriller, y sin embargo ocurre lo contrario: el pulso del director se nota vacilante e incoherente. Más allá de los recursos estilísticos que recuerdan a De Palma, como la pantalla partida, Ozon apuesta por momentos oníricos que resultan del todo delirantes. Dos niños peleándose en un lugar indeterminado para representar de forma visual la lucha de dos gemelos en el vientre de la madre no es la más sutil y elegante de las ideas, por no hablar de un plano final en el que ya la propia coherencia narrativa parece haberse dejado de lado en pos del efectismo barato y la búsqueda de imágenes artificialmente epatantes y bellas que no nos llevan a ningún lado. Porque el filme tiene momentos en los que se vislumbra al Ozon de otras películas, con encuadres notablemente compuestos que juegan bien con, por ejemplo, la alternancia del foco, pero más allá de esos destellos… no hay nada más. Solo comedia involuntaria a raíz de personajes planos interpretados no con demasiada brillantez: Jérémie Renier defiende bastante bien los dos papeles que le toca jugar, pero Marine Vacth, que debería llevar el peso dramático sobre sus hombros, no me transmite absolutamente nada.

Lo que nos queda con El amante doble es una película fallida, repleta de momentos que te desconciertan por su comedia involuntaria y la imposibilidad de creerte que Ozon, un director con ya un buen puñado de filmes a sus espaldas, haya firmado un desastre semejante. Quiere ser muy intenso, estar arriba todo el rato, encadenar giros y un estudio de la psicología de un personaje que se encuentra perdido y obsesionado, y al final todo se transforma en un thriller erótico con más escenas de sexo que interés. Ahí está ese primer plano (después de que aparezca el título) que tanto revuelo generó en Cannes y que dejo que descubran por sí mismos; una tontería más que, sin embargo, no es ni de lejos uno de los momentos más gratuitos de la obra. En definitiva, espero que Ozon se ponga en pie en su siguiente proyecto que, viendo al ritmo que va, imagino que no tardaremos excesivamente en ver. [★]

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