El capitán | La culpa es del uniforme

Es curioso, hasta atrevido, pero, sobre todo, absolutamente comprensible, el camino que ha tomado el director alemán Robert Schwentke -responsable de cintas como Red (íd., 2010) y R.I.P.D Departamento de Policía Mortal (R.I.P.D., 2013)- al volver a su Alemania natal, después de una experiencia hollywoodense acompañada de fracasos de crítica y taquilla, para rodar una película ambientada en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, fotografiada por Florian Ballhaus, además, en un serio y elegantísimo blanco y negro. Este salto tan radical, esta vuelta a casa, si cabe la expresión, es algo más que un cambio de localización; Schwentke vuelve también a una historia tan problemática e históricamente relevante como la de un país totalmente roto y hundido por culpa de la guerra y el nazismo.

El tema que trata este filme, que llega a nosotros bajo el nombre de El capitán (Der Hauptmann, 2017), está basado en la historia real de Willi Herold, un soldado alemán que desertó unos meses antes del final de la guerra. Huyendo de la persecución a la que eran sometidos los desertores, Herold encuentra un uniforme de capitán de le Luftwaffe y a partir de ese momento cambia de identidad, haciéndose pasar por un alto rango que tiene órdenes directas “del mismísimo Führer”. Esta mentira lleva a Herold a vivir situaciones cada vez más extremas en la piel de alguien que él no es, pero que no pararán, hasta llegar a cometer actos de violencia y crímenes de guerra inimaginables.

Schwentke construye esta historia a través de la empatía, solamente para, pasada la media hora, tirar por la borda cualquier reflexión que pueda hacer sentir compasión al espectador, para abarcar el verdadero tema de su película, uno sobre el peso que tienen los símbolos en nuestra toma de decisiones, de cuán responsables nos consideramos de nuestros propios actos, incluso cuando nos podemos sentir seguros detrás de una bandera, de una insignia, de un uniforme. Así, la primera imagen de Herold es la de un hombre que huye y desea sobrevivir,  pero esto cambia en cuanto encuentra el uniforme, momento en el que empieza a ensayar las frases que un capitán diría, como un actor que se pone en la piel del otro para interpretarlo, sin matices, sin imitaciones, y perderse en él. El inconveniente, claro, es que, llegados a este punto, no sabemos dónde está la línea, qué es llegar demasiado lejos, y cuánto se puede hacer para asegurar nuestra supervivencia si eso también involucra el daño para otros. Para Herold, por ejemplo, la línea no está desdibujada, simplemente no está ahí.

Un detalle más importante que dónde está el punto de vista en esta película es quizás el que es uno de sus mayores logros: mostrarnos que el ejército nazi, en esos últimos días de la guerra, en los que ya se esperaba la derrota a manos de los aliados, estaba repleto de gente que no quería estar en ese lugar ni en ese momento, que constantemente preferiría estar en algún otro sitio. Schwentke captura esto en miradas, gestos, silencios incómodos, en risas para acabar con esos silencios, en una complicidad que solamente tiene sentido si el uniforme tiene sentido; si el poder, la responsabilidad y la solemnidad que proyectamos en ese objeto, que por sí solo no es más que un trozo de tela, son cosas que sólo podemos aceptar a través de ese artificio.

Y quizás esa sea, en esencia, el elemento más complejo y efectivo de la película que ha firmado Schwentke (autor también del guion). Lo que rodea estas cuestiones es, desgraciadamente para el director y guionista, menos cautivador y quizá sea adecuado decir que menos habilidoso. Schwentke abandona la sutileza y abraza la violencia gráfica (estilizada por la fotografía de Ballhaus), asimismo, el cineasta juega con el realismo tan serio de su historia y coquetea con la comedia negra, pero nunca entregándose al absurdo de la guerra, como si de vez en cuando se aferrara a la precisión histórica, pero nunca llegando a tirar el gatillo por ninguna de las dos opciones. Después de todo, la película no llega a ser una sátira pero tampoco se atiene al más estricto drama; por poner un ejemplo, durante el tramo final de la película vemos a Herold escapar de prisión de la manera más caricaturesca posible, atando sábanas para huir por la ventana del edificio donde está recluido.

Lo que queda claro es que El capitán es una película más difícil de descifrar de lo que parece y quizás eso sea porque Schwentke pone todo el peso moral sobre nosotros. Nuestra observación no es muy distinta, después de todo, a la de quienes observan ese mismo uniforme con miedo, leyendo en él un significado que es solo posible en nuestros tiempos de aparente paz y en la que los nazis -los de uniforme, los de carnet del partido nacionalsocialista- son cosas del pasado. Hombre que desea sobrevivir a toda costa, un mentiroso compulsivo, y el principal responsable de la muerte de más de un centenar de presos políticos recluidos en un campo de trabajos forzados; Willi Herold es todas esas personas, y también es un vehículo a través el cual Schwentke nos advierte, tal vez, de no seguir a quienes portan uniformes y banderas, de no someternos ante la voluntad de los otros. O, a lo mejor, no solo nos habla a nosotros, sino también de nosotros, y se preguntara, viéndonos, de qué habríamos sido capaces de hacer si hubiésemos hecho algo malo.

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