El cuento de la princesa Kaguya | Un regalo caído del cielo

Hace aproximadamente un año y medio Ghibli anunciaba un cierre temporal de su departamento de animación. No sabemos todavía si volverán pronto o siquiera si de verdad volverán, lo que sí sabemos es que en el aparente ocaso de la compañía sus dos fundadores estrenaron los que puede que sean los últimos trabajos de sus largas carreras en el mundo de la animación. Hayao Miyazaki, por su parte, estrenó El viento se levanta (Kaze tachinu, 2013), e Isao Takahata, director entre otras de La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988), nos dejaba El cuento de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, 2013), catorce años después de su último largometraje.

Takahata es cinco años mayor que Miyazaki, actualmente tiene ochenta años. Sinceramente, no creo que vuelva a ponerse a dirigir un nuevo proyecto a estas alturas. Así pues podemos considerar El cuento de la princesa Kaguya como su despedida a toda una carrera dedicada a la animación. Y lo hace con una obra que es casi un regalo caído del cielo, como la propia Kaguya. El filme está basado en un cuento popular japonés del siglo X, El cuento del cortador de bambú, el cual se considera el texto nipón más antiguo del que se tiene constancia. Takahata, consciente de la popularidad de dicho cuento, recrea un guión más o menos fiel al relato original y le aporta lo justo de leyenda y fantasía que la historia se merece.

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Tal historia narra que un buen día un viejo campesino se encontró una niña diminuta dentro de una planta de bambú. Él y su mujer decidieron adoptarla como su propia hija. Mientras, todos los días el anciano cada vez que cortaba bambús brotaba oro de sus tallos. Hasta tal punto que pudo construir una mansión en la ciudad y dotarle a Kaguya el título de princesa. Todos los hombres importantes del país quisieron conocerla, pues se rumoreaba lo bella que era, y querían pedir su mano. Pero en ella solo quedaba tristeza…

Creo que estamos ante una de las historias más emotivas y delicadas que han pasado por el Studio Ghibli, es puro sentimiento. Y el personaje de Kaguya es uno de los más complejos y —paradójicamente— humanos que he tenido el placer de ver en cualquier película de animación. En las algo más de dos horas que dura, te sientes atrapado en esa tristeza que inunda a la mencionada princesa y te hace partícipe de todo lo que ella está sintiendo. En especial en esa casi media hora final que te hace erizar la piel, uno de los momentos más especiales que vais a vivir en una sala de cine este año en España. La primera parte del filme, todo lo rural, es espectacular. Sin embargo, su parte intermedia se hace algo cuesta arriba en según qué momentos, pero no molesta en absoluto al resultado general. Takahata sabe muy bien cómo llegar al corazón del espectador, y en esta ocasión lo vuelve a hacer, como nunca antes.

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Un factor importantísimo de El cuento de la princesa Kaguya es su peculiar e impresionante estilo de animación. Un estilo que da la sensación de estar delante de un precioso y delicado lienzo en movimiento, con segmentos en los que la animación se moldea a la propia historia y el estado anímico de la protagonista. Es puro arte, en definitiva, una delicia. Puede que sea de las obras más hermosas y cuidadas en lo visual que hayan visto mis ojos. Y casi las mismas palabras podría utilizar para describir lo que han sentido mis oídos con la magnifica banda sonora compuesta por Joe Hisaishi, compositor habitual de Miyazaki y de algunas películas de Yôji Yamada como La casa del tejado rojo o Una familia de Tokio.  En cuanto a lo narrativo, también está en lo más alto. Su argumento puede parecer más simple de lo que realmente es, ciertamente el mensaje final de la obra es el de que uno mismo tiene que intentar ser lo que quiera, no lo que el resto quiera que seas. En la cinta también existe un claro debate de la tradición, la cual abraza pero a su vez rehúsa de ella. También destaco una representación de la deidad como nunca antes había visto en una obra de ficción.

El cuento de la princesa Kaguya está, para el que escribe estas lineas, en el olimpo de las grandes maravillas que hecho Ghibli, y sin duda la mejor película no firmada por el propio Miyazaki. Es pura emoción para los sentidos. Una de las experiencias cinematográficas que no os podéis perder, y ahora en España va a llegar a los cines, así que no desperdiciéis la oportunidad de verla en pantalla grande, os lo recomiendo. El broche de oro para Takahata y una película que difícilmente se le va a olvidar a todo el que la vea. Esta supone el punto álgido de la ya de por sí impresionante recta final del estudio de animación nipón que tantas alegrías nos ha dado a lo largo de su historia.  [★★★★]

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