El graduado | Esta es para usted, señora Robinson

El paso de la adolescencia a la adultez, aquella transición tan natural como conflictiva, ha sido un tema extensamente explorado por el cine y la literatura. En ambas disciplinas artísticas, desde hace ya décadas, hemos visto consolidarse al género del “coming of age”, que retrata lo que significa para un joven enfrentarse a decisiones que marcarán su vida, asumiendo las responsabilidades de un adulto independiente. Y como en la vida nada es realmente fácil, las dudas y las preocupaciones que rodean todas estas importantes decisiones, llevan siempre al melancólico escenario en el que es necesario preguntarse: «¿Y ahora, qué?» Así, creo que la película que mejor ha planteado estos temas en la gran pantalla no es otra que El graduado (The Graduate, 1976), de Mike Nichols.

Este largometraje nos cuenta la historia de Benjamin Braddock (Dustin Hoffman), un joven burgués que se acaba de graduar y se encuentra desorientado porque no sabe qué hacer con su futuro. Esto es hasta que una amiga de sus padres, la señora Robinson (Anne Bancroft) lo distrae seduciéndolo y proponiéndole tener una aventura sexual en secreto, sin que nadie, ni los padres de él ni la familia de ella, se entere de nada. A pesar de esto, Benjamin continúa sumido cada vez más en una creciente sensación de alienación; la presión de sus padres es asfixiante, la liberación sexual no es liberación suficiente y, sí, meses han pasado, pero él aún no sabe qué hacer con su vida. Es aquí donde entra en juego la figura de Elaine Robinson, hija de la seductora y experimentada señora Robinson (Katherine Ross), de quien Benjamin creerá estar enamorado y que lo meterá en más de un problema con su secreta compañera íntima. Del juego de todos estos factores, nuestro protagonista se verá forzado a sacar algo en claro, tomar decisiones y hacer lo que, en el fondo, él siente que es correcto (incluso si descubre que puede haberse equivocado en el camino).

La historia de El graduado es, entonces, una de la lucha por la independencia y la libertad de decisión. Benjamin es un tipo a la deriva, que se deja llevar por lo que dicen los demás (normalmente personas mayores, como sus padres o como la propia señora Robinson) y se siente encarcelado (es normal, por ejemplo, que veamos a Benjamin a través de una reja, detrás de una pecera o enmarcado en las piernas extendidas de la señora Robinson); precisamente por esto, las situaciones más problemáticas las que van despertando en sus acciones un carácter más rebelde y contestatario. Pero el guión de esta película no se olvida nunca de que estos escenarios angustiosos son una oportunidad tremenda para introducir situaciones humorísticas, no solamente para aprovechar los momentos incómodos por los que vemos pasar a Benjamin, sino también porque uno de los propósitos que se lee en la cinta de Nichols es satirizar aquello que en los sesenta se percibía como lo correcto y lo que debía de ser.

Para el papel del joven graduado Benjamin Braddock se barajaron muchas opciones, entre las que estaban nombres tan importantes como Robert Redford o Warren Beatty, pero Nichols, desde el sillón de director, se mantuvo firme con la elección de Dustin Hoffman para el papel protagonista y uno solo puede pensar que fue un gran acierto. Hoffman fue capaz capaz de canalizar de manera excelente el aislamiento y la incertidumbre que definen un personaje como Benjamin. Cada manerismo, cada mirada incómoda e incluso cada arranque de locura se exhiben como elementos riquísimos dentro de la interpretación de Hoffman. Pero lo que mejor juega a favor de esta película es el papel de la señora Robinson -aquella mujer descontenta con su pasado, ansiosa por encontrar, también, una vía de escape de la forma más subversiva posible, el adulterio-, que en manos de la hermosa Anne Bancroft ha pasado a ser uno de los mayores íconos en la historia del cine, ya sea por aquella pierna en primer plano que se coloca lentamente las medias o por ese rostro desmaquillado que sufre en una esquina al verse desprotegida mientras la cámara se aleja y, de alguna manera, la abandona.

Y si hablamos de elementos icónicos de esta película o de decisiones que sonaban a desafío, también tendríamos que hablar de la inolvidable banda sonora de la película, a cargo de la música de los jóvenes Simon & Garfunkel, que, por ese entonces, eran parte de la llamada contracultura. Con la mezcla de temas como The Sound of SilenceMrs. Robinson (compuesta especialmente para la película), me queda clara una cosa: El graduado, en forma y en fondo, es una película que trata también sobre el cambio generacional, a pesar de que lo que esté por venir no lo sepa nadie y todo quede aún en la incertidumbre.

Ya sea con decisiones trágicas o subversivas, El graduado es una película “coming of age” que sin apelar a lo melodramático, lo raro o lo extremo, se toma con sobriedad y realismo las inquietudes que plantea. Pero, sobre todo, se preocupa por trasladar la duda más importante de todas al espectador, sin importar si el final es visto como un final feliz o un final trágico, ya que lo realmente importante es preguntarse, una vez que los créditos inunden la pantalla y las luces de la sala de cine vuelvan a encenderse: «¿Y ahora, qué?» [9]