El gran showman | Que empiece la función

En los últimos tiempos el género musical está pasando por una época extraña basada en la irregularidad y en las apariciones esporádicas de títulos que, de diferentes formas, recuerdan o actualizan un tipo de cine que no parece terminar de encontrar su hueco en la actualidad. Triunfan especialmente los que echan la mirada atrás para rendir tributo, ya solo sea de forma visual, a los musicales clásicos, como podría ser la reciente La La Land (íd., 2016), de la que también se agradecía su banda sonora repleta de canciones originales. Los responsables de estos temas, Benj Pasek y Justin Paul, vuelven a la carga en un musical muy diferente, El gran showman (The Greatest Showman, 2017), biopic del empresario circense Phineas Taylor Barnum dirigido por el debutante Michael Gracey (que, ojo a la curiosidad, será el encargado de la adaptación live-action estadounidense de Naruto prevista para 2019).

El propio título de la película, El gran showman, no me hace pensar tanto en el personaje protagonista, que lucha por conseguir su sueño en una narrativa que aplaude la constancia y lo que hace diferente a la gente marginada, sino en el propio Hugh Jackman, cara total del filme y piedra angular sobre la que se construye todo lo demás. Sus dotes para los musicales se han demostrado varias veces, tanto dentro como fuera de la pantalla, siendo recordado principalmente su papel en la infame adaptación que Tom Hooper hizo de Los miserables (Les Misérables, 2012), que si por algo se hacía algo soportable era por la envergadura de sus intérpretes. Hugh Jackman nunca me ha parecido un actor extraordinario sino uno más bien cumplidor, pero es incuestionable su carisma y su capacidad para moverse como pez en el agua en grandes escenarios, ya sea dentro de la parafernalia de una película de superhéroes o en unos números musicales tan pomposos como los que encontramos en El gran showman.

Si hay algo interesante en esta película son sus números musicales, que se desmarcan de la forma plana y vacía del resto de la narración para plantear ideas visuales que resultan, al menos, estimulantes. El enorme problema de El gran showman y el principal motivo por el que no se mantiene en pie radica en este contraste, que acaba siendo del todo insoportable: por un lado están las escenas convencionales que nos cuentan la historia de la creación del circo y de las idas y venidas de sus integrantes, y por el otro nos encontramos con las escenas musicales, que cumplen de forma más eficiente la misión de empatizar con los personajes y plasmar su evolución. Cuando se ponen a cantar se siente una química gigante y cada aspecto formal de la cinta se multiplica por cien: las puestas en escena son más imaginativas, las interpretaciones mejoran y todo parece encajar a la perfección para hacer que las canciones, extraordinarias en su mayoría, brillen a más no poder. El problema es todo lo demás, cuando esos números acaban y hay que seguir contando la historia a través de secuencias interminables repletas de personajes que se deshinchan y de un humor casposo que la sitúa más cerca del cine regulero de los noventa que de lo que se podría esperar de un musical así en 2017.

Lo peor es eso, que lo ves: cuando empieza la música, sientes que estás ante un buen musical. Sin embargo, acaba la música y toca afrontar la cruda realidad, que no es otra que El gran showman es una película terrible en su conjunto con algunos momentos de luz. Se nota que Hugh Jackman se lo está pasando bien, el reparto es curioso (muchas caras conocidas como Michelle Williams, Zac Efron o Zendaya, la mayoría desaprovechados, especialmente Michelle en un papel anecdótico) y no me negaría a recomendarla a todo aquel que eche de menos musicales de este tipo, con numerazos a todo volumen y mil cambios de plano, pero qué difícil es tomársela en serio cuando, a la mínima que rascas, te das cuenta de que no tiene nada más que ofrecer.

Comentarios