El justiciero | NRA patrocina esta película

Eran los años 70 cuando el cine de machos justicieros se puso de moda, con El justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974) como uno de los títulos más célebres del subgénero y el que convirtió a Charles Bronson en una apuesta segura en taquilla. El discurso de la película apoya los actos de vigilantismo, lo opuesto a la novela homónima de Brian Garfield en la que se basa, y en su época ya abrió el debate sobre tomarse la justicia por su mano sin autoridad legal ante el aumento de la criminalidad o en aquellos crímenes en los que el sistema falla. La cuestión es que hace cuarenta años el discurso ya era controvertido y teniendo en cuenta cómo —aparentemente— ha cambiado la sociedad en todo este tiempo, que el remake escrito por Joe Carnahan y dirigido por Eli Roth mantenga buena parte de estas ideas retrógradas convierte a El justiciero en un film tan innecesario como tóxico con el que redefinir la noción de placer culpable.

La película gira alrededor de Paul Kersey, un cirujano que, ante la poca efectividad de la policía, decide enfundarse el traje de Liam Neeson con tal de vengarse de los hombres que mataron a su mujer y dejaron a su hija en coma tras entrar a robar en su casa. Este film supone el regreso de Bruce Willis a la gran pantalla en un papel protagonista tras haber acabado relegado a papeles en el pozo del mercado doméstico. Dejando a un lado la suspensión de la incredulidad que hay que hacer para verle interpretando a un cirujano pacifista, a priori este film es un vehículo perfecto para él y sus habilidades obtenidas durante décadas en el cine de acción. Y con vehículo perfecto también me refiero a la narrativa de macho alfa —o machirula— de la que hace gala esta cinta, cuya tragedia, más allá del esperable impacto emocional, también afecta de forma personal a su misión interna de proteger a su familia, eso que tiene que hacer todo buen hombre que se precie. Pero vayamos a lo realmente importante.

Empezar con planos aereos de Chicago complementados por noticias sobre el aumento constante de violencia y muertos por armas de fuego en la ciudad es empezar con una fuerte incursión en cuestiones políticas, algo que alimenta el subtexto de cada acción del protagonista y hace que este thriller de venganza deje de ser ideológicamente estéril y se pueda entrar a criticar su discurso. La identificación que se hace del problema en los primeros compases es inequívoca, hay un problema con el crimen causado por armas de fuego, pero los sucesos que se encadenan hablan por si solos y en vez de culpar la posesión de armas, el film se posiciona a favor de defender a la gente corriente dándoles una pistola. Incluso puedes tomar la película como un videotutorial, ya que hay una escena en particular que se encarga no solo de detallarte cómo puedes obtener una pistola, sino también deja caer lo fácil que es pasar los controles para obtenerla, prácticamente animando al espectador a comprar un rifle a la salida del cine, no vaya a ser que le quieran robar las palomitas y no pueda defenderse. Ante este tipo de contenido es totalmente normal que se haya hablado de mal “timing” en el lanzamiento de la película pocas semanas después del suceso en un instituto de Parkland, pero hay que recordar que se iba a estrenar a finales del año pasado y se aplazó tras un tiroteo que dejó 58 muertos en Las Vegas. Quizás nunca va a haber un buen momento para estrenar películas así porque el contenido es problemático y hasta que no se tomen medidas los tiroteos mortales no van a cesar.

Uno de los aspectos más nocivos es que la historia, al estar centrada en un ciudadano de a pie, puede ser considerada como un ejemplo a seguir para otros ciudadanos en su misma situación. Porque Willis es un mastodonte capaz cualquier esfuerzo físico en escenas de acción, pero su personaje no es más que un cirujano de Chicago que podría estar interpretado por alguien de complexión mucho menos atlética. En este caso nos encontramos con un cirujano pacifista que huye de enfrentamientos físicos y que es capaz de dar el pésame a un policía ante la pérdida de su compañero justo antes de darse media vuelta para ir a salvar a su verdugo. Un cirujano que pasa de salvar vidas a parar —de forma chapucera— el robo de un coche, llevándose la vida de los dos atracadores. Y de ahí, casi sin pestañear, se convierte en un asesino capaz de disparar a sangre fría al jefe de una banda callejera en su propio barrio. Entrando en cuestiones narrativas, que el único desarrollo de personaje entre ambas escenas sea que su acto de vigilantismo se vuelve viral y encienda el debate sobre si lo que ha hecho es bueno o malo es un salto de fe bastante elevado, pero ni de lejos el mayor error que comente el guion de Carnahan. A partir de ahí la venganza sigue y, por mucha discusión que haya sobre el principal conflicto moral a través de la inclusión de comentaristas radiofónicos, no hay consecuencias negativas reales para nuestro protagonista. De esta forma se deja entrever que el camino de venganza y justicia tomado por este triste cirujano es correcto, elevando al personaje de Willis a la categoría de héroe cotidiano y convirtiendo la historia en terreno fértil para imitadores.

Al salir de la sala me pregunté por qué todo lo que aquí se sucede me parece tan problemático mientras otras películas con extenso uso de armas de fuego y/o construidas alrededor de una venganza no me chirrían en absoluto. La conclusión final en todos esos casos es por el contexto y el tratamiento, ya que ninguna de estas propuestas ve de forma positiva la posesión de armas de fuego para tomarse la justicia por su mano y ejecutar una venganza  Por poner unos ejemplos antagónicos, la venganza de Blue Ruin (íd., 2013) nunca se ve de forma positiva, ya sea por la naturaleza del personaje principal, el entorno en que sucede o las consecuencias finales. En Venganza (Taken, 2008), Neeson es un ex-agente de la CIA, no un tipo cualquiera de la calle, por lo que está especialmente entrenado para ciertas situaciones. Por su parte, el mundo lleno de balas de John Wick (íd., 2014) simplemente es una fantasía de asesinos a sueldo sin mensaje político alguno. Incluso se podría llegar hablar del subgénero rape-and-revenge, pero hay muchos matices lo separan de la película en cuestión, entre ellos las dinámicas de género y la esterilidad moral presente en el cine de terror. El caso más  cercano que me viene a la cabeza podría ser el discurso incendiario y vengativo presente en el tercer acto de En la sombra (Aus dem Nichts, 2017), pero aun así hay ciertas connotaciones negativas contra la protagonista.

Y lo que hace todo lo expuesto anteriormente aún más grave es que la película es endiabladamente entretenida. Que sea un film que se vea con tanta facilidad hace que sea más peligroso de lo normal a la hora de dejar una huella ideológica en el espectador, aunque sea de manera inconsciente. Es un nuevo tipo de guilty pleasure con el que te sientes especialmente culpable de pasártelo tan bien por la toxicidad que hay detrás de las escenas empapadas con sangre de criminales. Con respecto a esto último, se nota que Roth viene del cine terror por la forma en que manufactura la tensión y el gore en secuencias como la incursión de los ladrones en la casa familiar o la tortura en el garaje. Con decir que en mi pase de prensa hubo aplausos durante la proyección como si estuviésemos en el Festival de Sitges creo que sobra dar más detalles de la satisfacción que provocan algunas de sus escenas si se obvia la carga ideológica del conjunto.

Entretenimiento [★★½] + Ideología [½] = Placer muy culpable [★½]

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