El novato | Momentos de una vida

Puede que parezca que Rudi Rosenberg, actor reconvertido a director, ha contado con El novato (Le nouveau, 2015) la historia de siempre. La historia de aquella coming-of age que nos suena, que creemos haber visto antes, y que va, como todas, de un chico tímido que tiene que hacer amigos en un entorno que le es totalmente nuevo. Sin embargo, Rosenberg, sin artificios ni trampas, sin escándalo ni tragedia, encuentra la forma de insuflarle un poco de aire fresco a un subgénero que a estas alturas, y como cualquier otro, está más que trillado.

El novato, primer largometraje de Rosenberg tras la cámara, sigue a Benoit (Réphaël Ghrenassia), un niño de 14 años que debe cambiar de colegio después de que su familia decide mudarse a París. Ahí, Benoit debe encontrar la forma de potenciar su vida social e integrarse con el resto de la clase, especialmente con Johanna (Johanna Lindstedt), una estudiante sueca de intercambio que llega al colegio después de él. A pesar de sus esfuerzos, los chicos más populares no hacen más que meterse con él y marginarlo, pero tras organizar una fiesta que no salió como él esperaba, Benoit encuentra por accidente a quienes le descubrirán que hay algo mejor que ser popular y eso es ser feliz con la gente que quieres.

Y sí, parece la historia de siempre, pero, repito, no lo es. Un factor que lo explica es que El novato se distancia del esquema típico que plantean las películas de estas características, optando por situarse en la pre-adolescencia de sus personajes, tomando una fotografía del período en el que uno aún está por experimentar sus más grandes historias y acaba de abrir la puerta a esta locura que llamamos vida. O para ponerlo en términos vargallosianos: esta película es una fotografía de aquella etapa en la que los chicos dejan los pantalones cortos para empezar a usar los largos.

Johanna mantiene una conversación con Benoit

Pero si El novato puede presumir de algo es por lo ligero de su tono y lo natural de sus interpretaciones. Todos los niños actores de esta película hacen un trabajo destacable. Ya sea en escenas de comedia, donde se les ve más cómodos y en las que parecen estar pasando un rato genial, o sea en escenas más maduras, los actores son capaces de evocar y presentar la frustración, el desparpajo y, especialmente, la inocencia de todos estos personajes.  Porque si hay algo que desprende un personaje como el interpretado por Joshua Raccah es  precisamente la inocencia más ingenua y bienintencionada, arruinada, eso sí, por la torpeza más desafortunada.

Con un guión más bien contenido, Rosenberg acierta casi siempre en las situaciones que retrata, de manera que parecen universales y familiares. Estamos viendo la historia de siempre y a la vez estamos viéndola de forma distinta. Hay algo en la familiaridad con la que recibimos una película como El novato que juega tanto a favor como en contra. Y es que mientras para unos produce espontaneidad y frescura, otros encuentran algo tan común que pasa totalmente desapercibido.  A pesar de su soltura, sin embargo, esto se acentúa en los momentos de comedia, donde si bien hay momentos entrañables, el resultado global es el de algo poco memorable.

Se agradece que en esta ocasión, director y guionistas no hayan alimentado de ninguna forma el mito tan habitual de la friendzone que tanto intoxica películas como esta y las relaciones que plantea. Lo que no se agradece es que el humor del guión no siempre atina y en momentos determinados, la inocencia y naturalidad son reemplazados por cierta incomodidad. Pero el humor es subjetivo y quizá yo no esté entre la gente que le encuentra gracia a ciertas cosas. Quizá es que ya he visto esas situaciones antes. Quizá es que de algo me suenan. Quizá es que esta es (y no) la misma historia de siempre. [★★★]

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