El puente de los espías | La Guerra Fría de Spielberg

La cuarta colaboración entre Tom Hanks y Steven Spielberg tiene lugar en la ficción durante la Guerra Fría, un período que apenas ha tocado El Rey Midas de Hollywood en su filmografía, en la cual prácticamente ha repasado casi toda la historia moderna de Estados Unidos. El puente de los espías (Bridge of Spies, 2015) llega tres años después de que Lincoln (íd., 2012) arrasara en taquilla y crítica, e incluso fue una gran presente en la temporada de premios. En este tiempo se ha dedicado a poner dinero a series de televisión y apuntarse futuros proyectos para dirigir como si no hubiera un mañana, teniendo a día de hoy cinco películas que tiene pensado hacer, dos de ellas ya en marcha.

En esta ocasión el personaje de Hanks es un hombre que se guía principalmente por la justicia, como ya hiciera su Carl Hanratty en Atrápame si puedes (Catch Me If You Can, 2002), pero sin ser tan recto. Mejor dicho, se guía por una justicia más humana, no tan estrictamente apegada a la ley. Y de leyes debe saber un rato James Donovan, el abogado neoyorkino al que interpreta ahora Hanks. Un letrado con cierto prestigio que se adentra en una trama crucial entre el gobierno de su país y la URSS al decidir tomar el caso para defender a un presunto espía soviético que ha sido descubierto en suelo norteamericano. Aunque en un principio pueda parecer que la película va a girar en torno a un —o unos— juicios, como en Amistad (íd., 1997), esto solo es una pequeña porción del metraje que nos da pie a lo que han decido que era lo interesante en esta historia: el juego y la astucia de Donovan para intentar llevar a cabo un intercambio de prisioneros que a primera vista parece bastante difícil de lograr.

puente espías

El puente de los espías es una obra que tanto sobre el papel como una vez vista noto que necesitaba una visión clásica del séptimo arte para llevarla a cabo, alguien con cierta madurez visual. Y aunque Spielberg en teoría parece que cumpla con creces este requisito, percibo demasiados destellos de “cine actual” en ella. Quizás soy yo el equivocado y es justo lo que se buscaba, porque el Spielberg de Lincoln sí que lo recuerdo más clásico y maduro. Me refiero en especial a algunos movimientos de cámara totalmente innecesarios en ciertas conversaciones que me sacan bastante de la película, como si no se tomara en serio o no viera el interés a lo que está contando y lo supliera con eso. A pesar de esta queja bastante personal, creo que el trabajo que hace Spielberg tras las cámaras no es en absoluto malo, de hecho vuelve a ser una de las grandes bazas de la cinta. Extraña ver a los hermanos Coen (junto a Matt Charman) firmando un guión para el citado director. Ese humor de los hermanos se puede ver en pequeñas dosis pero demasiado a menudo para una historia que necesitaba algo más de seriedad, y la hace menos memorable de lo que podría haber sido. Mencionar que en pleno 2015 se sigue tratando a los que no son estadounidenses como los malos malosos. En los sesenta solo los soviéticos torturaban a espías enemigos y los hacían vivir en pésimas condiciones, ya. Que esto no es Indiana Jones, señor Spielberg. 

Si alguien brilla con luz propia de todo el reparto ese es Mark Rylance, interpretando a Rudolf Abel. Un personaje interesante y poco hablador al que Rylance dota —en parte gracias al lenguaje corporal— de una personalidad y carisma lo suficientemente llamativa como para ser el centro de atención interpretativo del filme. De hecho no me extrañaría que la Academia lo tuviera bastante en cuenta de cara a los Oscar. Tom Hanks por su parte cumple en el rol protagonista de una forma bastante solvente aunque se limita a ser buena persona, es decir, a hacer de sí mismo. Entre el reparto también podemos encontrar a dos actores que estuvieron de secundarios en dos películas oscarizadas del año pasado como Birdman (íd., 2014) y Whiplash (íd, 2014): Amy RyanAustin Stowell. Y a otros dos que podemos encontrar actualmente en dos series del momento como Fargo y HomelandJesse Plemons y el alemán Sebastian Koch.

puentespias

En la banda sonora, sorprendentemente ya no está John Williams al mando, algo que no pasaba en la filmografía de Spielberg desde El color púrpura (The Color Purple, 1985), y ya hace treinta años de aquello. Ya está muy mayor y no se puede permitir componer para tres o cuatro películas al año como hacía antes. Aunque en unas semanas lo escucharemos en la esperadísima Star Wars: El despertar de la Fuerza (Star Wars. Episode VII: The Force Awakens, 2015), y regresará para la próxima cinta de Spielberg. Pero volvamos al asunto, que hablando de Williams me puedo tirar horas. La elección para suplir esta baja del equipo de trabajo habitual del director me parece la más acertada y lógica. Thomas Newman no se arriesga demasiado y sin salirse de su estilo habitual, constantemente se perciben reminiscencias de Williams. Tanto el montaje de Michael Kahn como la fotografía de Janusz Kaminski, los otros dos habituales de Steven, son más que correctas. Destaco a nivel técnico cierta escena con un avión espía estadounidense.

Se podría decir que es una obra menor de Spielberg; pero es Spielberg. El público en general se toma cada nueva película de él como el gran evento cinematográfico del año, siempre se le es fiel. Para mí, aún gustándome bastante, sí es cierto que no juega al mismo nivel que una amplía galería de sus películas. Un filme sin duda muy disfrutable, para ir al cine y pasar dos horas y media presenciando una historia emotiva, con sus peros, pero entretenida. Eso sí, que no falte el innecesario final Spielberiano de turno. [★★★]

Comentarios