El renacido | La inesperada virtud de la venganza

El renacido (The Revenant, 2015) está inspirada en un personaje real, Hugh Glass, cuya hazaña inspiró a Michael Punke para escribir la novela en la que se basa el guión firmado por Mark L. Smith y el propio Alejandro G. Iñárritu. Dicha hazaña ha sido revelada en el infame trailer en el que prácticamente te cuenta toda la película —si estáis a tiempo, evitadlo—. Me limitaré a decir, para que os hagáis cierta idea de lo que os podéis encontrar en ella, que el primer tercio del siglo XIX no era una buena época para ser explorador en Norteamérica, y mucho menos en invierno. Ese es su contexto pero realmente es una historia más de supervivencia y venganza. Poneros el abrigo y no hagáis mucho ruido, que los arikaras pueden estar cerca.

Desde que conozco el proyecto y más aún viendo la película, El renacido me recuerda bastante a aquella película de Sidney Pollack protagonizada por un Robert Redford en estado de gracia, Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson, 1972). Ya no sólo por la sed de venganza que comparten los dos protagonistas y que ambos estén basados en personajes reales que fueron prácticamente coetáneos; es la esencia de ambas, ese tratamiento de la soledad en un territorio hostil por su naturaleza, cuya vendetta personal es lo único que les da fuerzas para seguir en pie. Claro que, aquella, no fue filmada por Emmanuel Lubezki, uno de los mejores directores de fotografía actuales.

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Los paisajes que presenciamos en El renacido —e incluso los escenarios más sucios— se palpan como si estuvieran ahí, al lado tuya, se sienten reales. Esta es una de las claves de la impactante fotografía del filme, que se ve beneficiada gracias al empeño de Iñárritu por rodar exclusivamente con luz natural. Esto provocaba que solo pudieran aprovechar unas pocas y específicas horas al día. Ha sido una producción bastante dificultosa, ya lo sabemos todos. Se ha ido retrasando a lo largo de los meses por culpa de las condiciones climatológicas de algunos sets de rodaje; han llegado a rodar en parajes donde sufrir de hipotermia era igual de factible que un resfriado; y han acabado filmando en una veintena de localizaciones diferentes entre Canadá, Estados Unidos y Argentina. Todo esto, incluido el hecho de que para todo el equipo involucrado en la cinta haya sido la experiencia más difícil de su carrera, no tiene que ser ningún pretexto para valorarla mejor o peor —como quien valora a Boyhood (íd., 2014) por su curiosa producción en vez de por lo que aporta como obra per se—.

Antes de seguir con la crítica tengo que quitármelo de encima ya. Muchos, por no decir casi todos los que estáis leyendo esto, vais a ver El renacido ─o ya la habéis visto─ por la sola presencia de Leonardo DiCaprio en ella. Es ese tipo de actor-estrella que arrastra a las multitudes a los cines sin importar el género que toque o el director que esté detrás, consiguiendo incluso que personas que van al cine tres o cuatro veces al año acudan a ver “la nueva de DiCaprio”. Este año toca El renacido, que para más inri, está nominado al Oscar, del que es —cómo no— el favorito a llevárselo. Y todos lo damos por ganado a estas alturas de la carrera. Porque Leo nos ofrece aquí una de las actuaciones más viscerales y entregadas de toda su filmografía, que se sustenta sobre todo en una interpretación física. Diálogos ya os digo que no abundan, y tampoco es que los necesite.

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Mucho se ha hablado de DiCaprio, sí, pero tanto Tom Hardy como Domhnall Gleeson —los dos actores más importantes del proyecto tras él— no están nada mal, de hecho me parecen de los mejores papeles que han interpretado en sus respectivas carreras. Ambos nombres también están presentes en los Oscar este año, el primero por Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, 2015) y estar nominado —por primera vez— por su trabajo en esta; el segundo, Gleeson, tiene mucho que agradecer a su agente este año —o a su padre, Brendan Gleeson— ya que las cuatro películas que hizo en 2015 se han colado en los premios de la Academia.

Otra “interpretación” que se ha estado comentado bastante estos meses ha sido la de cierto animal… sí, estoy hablando de la famosa osa. Todos los animales que aparecen —diré casi todos, por no pillarme las manos—  están recreados digitalmente. Pero es en la escena de la osa donde se aprecia el verdadero esfuerzo de los efectos visuales. No me extraña que esté nominada en dicha categoría en los Oscar, a pesar de que en ella suelan darse cita títulos blockbusteriles que sobreexplotan estos efectos. El uso de los mismos aquí está implementado con tanta veracidad que apenas se notan, y eso lo habrá sabido valorar el gremio.

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Pero no todo podía ser perfecto. El relato, a pesar de contar una historia épica de supervivencia propia de una leyenda, carece de suficiente sustancia. Quizás veo a Iñárritu más centrado en la forma que en el fondo, y me cabreo, porque considero que es un aspecto con el que en su oscarizada Birdman (íd., 2015) conseguía el equilibrio perfecto, a pesar de que aún quede gente que opine lo mismo que yo critico ahora de El renacido. No digo con esto que la cinta no toque temas interesantes, en absoluto, pero la forma supera al fondo, de eso no tengo ninguna duda. Por otro lado, no negaré el enorme trabajo que ha realizado el director mexicano en esta ocasión pero mentiría si dijera que El renacido no me parece más una película de Lubezki que de él. Y es que, de nuevo, la fotografía de ‘el Chivo’ es toda una exquisitez visual. Dota a la cinta de una belleza poética a la que muchos han querido comparar con sus trabajos con Malick. Da gusto ver la planificación visual con la que ha sido filmada. Estamos ante otro trabajo de fotografía titánico.

No, no es el filme más redondo de Iñárritu, y aunque se vuelve a centrar en dramas extremos relacionados con la muerte —tema recurrente en toda su filmografía a excepción de la ya citada ganadora al Oscar del año pasado—, puede que sea uno de los guiones más pobres de las seis películas que ha dirigido hasta ahora. Sin embargo, gracias al reparto, la certeza con la que dirige y la fotografía de Lubezki, entre muchas otras cosas (como esa BSO de Ryuichi Sakamoto y Alva Noto), la película habla por sí sola, siendo no solo una de las mejores películas del director y una de las grandes contendientes en los premios de la Academia sino una de las experiencias del año. [★★★½]

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