Foxtrot | El absurdo ciclo de la guerra

Samuel Maoz debutó en la gran pantalla por todo lo alto gracias a Líbano (Lebanon, 2009), un film inspirado en sus vivencias como soldado, ambientado completamente en el interior de un tanque durante la guerra del Líbano y que le hizo alzarse con el León de Oro del Festival de Venecia. Ocho años más tarde, el director israelí vuelve a inspirarse en su realidad con otra cinta que temáticamente pasea por también por territorio militar y que ha presentado, una vez más, en la ciudad italiana, logrando en esta ocasión el León de Plata o Gran Premio del Jurado. Hablamos de Foxtrot (íd., 2017), película que ha dado que hablar en Israel por su contenido crítico y que logró pasar el corte en la categoría de Mejor película de habla no inglesa de los Premios Oscar, aunque sin suerte en las nominaciones.

Foxtrot abre con la desesperación de Michael y Daphna Feldman, un matrimonio hundido tras recibir la notificación del fallecimiento de su hijo, un soldado del ejército israelí que ha sido destinado a un puesto fronterizo. La tristeza por semejante acontecimiento y el pésame de numerosos allegados —desde familiares a un infinito número de militares— va llenando el apartamento de los Feldman mientras Daphna se encuentra bajo el efecto de tranquilizantes y Michael se embarca en un viaje de aceptación y luto emocionalmente intenso. Un primer acto trágico pero que a la vez contiene un lado más satírico en cuanto a la burocracia que rodea el acto de morir, aún más extensa si nos encontramos en un ámbito militar, en contraposición a la rabia latente del patriarca. Durante treinta minutos asistimos a un baile entre Lior Ashkenazi y una cámara que lo captura con encuadres milimetrados en una atmosfera de tintes casi monocromáticos. A pesar del sufrimiento de los personajes, cinematograficamente todo parecía ir de perlas en Foxtrot.

Es entonces cuando Maoz da un giro de 180 grados a la situación para, dos minutos más tarde, romper el volante y llevarnos a ese puesto fronterizo, allí donde el tiempo se detiene a medida que nos adentramos en la monotonía que viven los cuatro jóvenes militares enviados allí. Llegamos a conocer un poco más sus inquetudes, con especial énfasis en Jonathan Feldman, para llegar a empatizar con ellos cada vez que hacen sus rutinarias guardias en la frontera para dejar circular dromedarios por la carretera y comen carne enlatada en un contenedor-dormitorio que cada día está más desnivelado. A base de vivir esta repetitiva rutina, junto a lo visto en el primer acto, el director nos pretende hacer testigos de la absurdez de aquello que rodea la guerra y el efecto a nivel individual en sus ciudadanos, ya sea por pérdida de un familiar o por talento juvenil desaprovechado. Un dardo a la ofensiva militar israelí que no ha pasado desapercibido desde el gobierno, por mucho que el director, con toda la razón del mundo, argumente que es un dardo lanzado por amor al país.

Pero eso no es todo, amigos, ya que cuando la película empieza a rozar los ochenta minutos y tras otro giro de guión, se cierra el circulo —en clara referencia al regreso al punto de partida cuando se baila Foxtrot— y volvemos al oscuro domicilio de la familia Feldman, pero esta vez seis meses después. Un salto espacio-temporal que a nivel narrativo te coge totalmente con el pie cambiado ante la información proporcionada durante los dos actos anteriores de este inusual triptico. Visualmente se pierde la vistosidad antes mostrada a la vez que el tono pasa a ser mucho más funesto, todo ello mientras Michael y Daphna conversan sobre las trágicas consecuencias de un suceso pasado. Esta mezcla de confusión y seriedad provocan un ligero letargo en el espectador, destruyendo poco a poco el interés en todo lo que se ha construido en los dos actos anteriores y cerrando Foxtrot con un sabor agridulce.

Hay veces que aprecias como una película dispone de todos los ingredientes necesarios para lograr que puedas disfrutarla muchísimo y, sin embargo, finaliza provocando una sensación extraña. Foxtrot es uno de esos casos ya que cuenta con un cuidado formal excepcional, una temática social provocativa —sobre todo en el país de origen— y unas interpretaciones francamente buenas. Es por eso que lamento que la forma en que todo es conjugado en la película, especialmente con los saltos extremadamente bruscos de tono, no haya conseguido ser la más efectiva en un servidor y, siendo una buena película, haya despertado una mezcla de desconcierto y ligera decepción ante lo que podría haber sido. Aún así, mi valoración es positiva y siento que puede haber un amplio margen de mejora en siguientes visionados, especialmente sabiendo a priori qué es lo que me voy a encontrar y cómo encajar las piezas que Maoz va disparando al espectador. [★★★]

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