Ghost in the Shell | Lost in Translation

Para servidor es difícil pensar en Ghost in the Shell: El alma de la máquina (Ghost in the Shell, 2017) sin que venga a la mente la polémica que ha rodeado a la película durante hace meses y que ha ido creciendo a medida que se iba acercando la fecha de estreno y han ido apareciendo críticas similares a productos como la serie Iron Fist o la nueva película de Death Note (íd., 2017) que estrenará Netflix este verano. Esta polémica no es otra que el whitewashing, o dicho en de otro modo, la contratación de un intérprete de raza blanca para interpretar a un personaje que originalmente es de otra raza. Hollywood es experta en hacer esto, dado el racismo interiorizado de la industria, y si bien en algunos casos estos cambios de raza en adaptaciones tenían algo de sentido, aquí nos encontramos con que la versión estadounidense del manga de Masamune Shirow está ambientado en el mismo país que el material en el que se basa mientras una gran cantidad de los personajes con peso son de raza blanca. Aquí se podría justificar que un cyborg como Motoko Kusanagi, la protagonista de Ghost in the Shell, no tiene raza, de manera que la raza de la actriz que la interprete es indiferente, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que los actores asiáticos que protagonizan blockbusters brillan por su ausencia y que sistemáticamente al adaptar algo se cambia la raza en favor de los blancos.

Algunos os preguntaréis qué tiene que ver todo esto que he dicho en el anterior párrafo con mi valoración de la película, una reacción completamente normal y comprensible. Yo os respondo con que me encantó la adaptación animada que dirigió Mamoru Oshii y que el material de partida que hay en ese universo da para crear una gran obra cinematográfica, por lo que me hubiese dolido bastante no poder adorar la película en cuestión en el caso de que el filme de Rupert Sanders hubiese sido verdaderamente excepcional. Por suerte no lo ha sido, pero de todos modos quería dejar clara mi postura a modo de reflexión sobre uno de los múltiples fallos de la industria estadounidense del cine y de la sociedad occidental en general.

Para quienes no conozcan de qué va esto de Ghost in the Shell decirles la acción está situada en una época futura en que los humanos mejoran sus habilidades a partir de partes robóticas. En este caso seguimos a la Major Mira Killian, la única humana cuyo cerebro —el cual define su identidad/alma AKA Ghost— está implantado en un cuerpo cibernético —AKA Shell—, algo que le plantea dilemas sobre su propia identidad. Además, ella forma parte de un cuerpo de élite llamado Sección 9, el cual realiza operaciones especiales con tal de detener a delincuentes tecnológicos y hackers, entre ellos un misterioso criminal —cuyo nombre no revelaré por si puede considerarse spoiler— que está atacando a los empleados de la empresa tecnológica Hanka Robotics, la cual curiosamente es responsable del cuerpo de la Major.

Ver la nueva Ghost in the Shell sin pensar en la Ghost in the Shell (íd., 1995) de Oshii es prácticamente imposible. En esta nueva aproximación nos olvidamos del terrorista cibernético con motivaciones políticas conocido como Puppet Master y damos la bienvenida a este villano que ataca a la empresa robótica por motivos desconocidos. Este cambio viene acompañado por una ausencia absoluta de toques políticos que hacían del mundo original algo bastante complejo a simple vista, lo que significa que el trasfondo se simplifica en favor de pirotécnia y puro espectáculo. Esto hace que esta versión sea más atractiva a simple vista al gran público y que pueda gustar —y mucho— a aquellos que tengan aquí una primera toma de contacto con las bases del universo creado por Shirow. Entonces, ¿por qué digo que es imposible separarlas en la mente? Pues porque aunque era bastante previsible que el núcleo del conflicto interno de la Major se fuera a mantener bastante intacto, no es tan normal que teniendo ambas pelis un desarrollo argumental dispar haya numerosas escenas que sean iguales. Cambia el contexto en que estas suceden, pero son ejecutadas de manera muy similar, lo que plantea la duda de si nos encontramos ante un homenaje o ante unos guionistas perezosos.

Si dejamos cuestiones de whitewashing a un lado al hablar de las almas que hay delante de las cámaras de la película, Scarlett Johansson era sin duda alguna de las mejores elecciones posibles para interpretar a la Major tras lo visto en Under the Skin (íd., 2013) y Lucy (íd., 2014). Johansson consigue mantener la inexpresividad propia de su cuerpo robótico mientras transmite el caos interior derivado de su batalla existencial. Pilou Asbæk —otro caucásico— también consigue asemejarse al imponente y contundente Batou del material original, mientras que Takeshi Kitano le da un toque mucho más violento a su Daisuke Aramaki, algo que se le da bien teniendo en cuenta el gran número de proyectos ambientados en el mundo de la yakuza. El resto del Sector 9, entre ellos Togusa, tienen un papel testimonial para dejar paso casi exclusivamente a las dos trama principales. Si nos alejamos del cuerpo de élite tenemos a un Michael Carmen Pitt que muestra suficente tormento como el misterioso villano y un par de nuevos personajes de Hanka Robotics interpretados por Juliette Binoche y Peter Ferdinando que tienen bastante peso en la historia pero son muy prototípicos y pasan sin pena ni gloria por la pantalla.

Y llegamos ahora sí a lo mejor de la película, que son, sin lugar a dudas, los aspectos puramente visuales. Los efectos especiales funcionan muy bien en sus diferentes usos, desde la recreación de partes robóticas a la acción más explosiva pasando por la integración de elementos virtuales en los escenarios donde suceden los eventos del filme. Aquí Sanders sí consigue sacarle mucho jugo a las posibilidades del material en el que se basa gracias al gran trabajo de diseño de producción de Jan Roelfs y la dirección de fotografía de Jess Hall. Por un lado se mantiene fielmente la apariencia de muchos decorados pese a las gran diferencias estilísticas entre algunos de ellos —tan futuristas como postapocalípticos—, mientras que por otro a través de la megaciudad asíatica se explota al máximo una colorida y deslumbrante estética cyberpunk muy cuidada que se inspira fuertemente en Blade Runner (íd., 1982), tanto en este filme como en el propio material original.

Pienso en el visionado y no lo pasé mal ni caí en las garras de Morfeo mientras proyectaban Ghost in the Shell: El alma de la máquina, un blockbuster que a fin de cuentas resulta entretenido, cumple medianamente como adaptación del célebre manga homónimo y deslumbra visualmente entre los efectos expeciales y el cuidado diseño de producción cyberpunk. Sin embargo, el fantasma del potencial perdido sobrevuela constantemente por encima de la cabeza de Scarlett durante los 106 minutos que dura, ya que por culpa de simplificar las complejidades presentadas en el universo original la película acaba siendo menos estimulante de lo esperado a nivel argumental y de mensaje. Aún así, sospecho que la propuesta acabará resultando interesante para muchos al proponer algo distinto a lo que está acostumbrado el público consumidor de cine comercial americano. Si os encanta la primera adaptación que hizo Oshii, esta probablemente no os guste tanto, mientras que si os ha gustado la versión de Sanders os recomiendo encarecidamente que os acerquéis a la de 1995. [★★★]

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