Green Room | Turbio frenesí

Green Room (íd., 2015) supone el regreso de Jeremy Saulnier como director tras el estreno hace ya tres años de Blue Ruin (íd., 2013). Y he de decir, antes de nada, que aquella no me entusiasmó en su momento. Esta, su tercera película, se estrenó en Cannes el año pasado en la sección de la Quincena de Realizadores, y posteriormente no ha parado de moverse de un festival a otro, habiendo mostrado el filme en más de una veintena a lo largo del globo. Ahora llega a las pantallas de cine españolas, tras su paso por Sitges, del que viene con una expectación tremenda. Y lo cierto, es que las cumple.

Lo mejor de Saulnier es su estilizada dirección, aquí mucho mejor en forma que en su anterior obra. Aún así ambas comparten ese ambiente opresivo y cargante, que no me hace extrañarme por tanto que fuera uno de los candidatos más posibles para encargarse de la secuela de Sicario (íd., 2015). Y hubiera sido un notición porque otro de los puntos fuertes de Saulnier es la habilidad para dirigir con presupuestos pequeños y que eso no se note en absoluto durante el metraje, ¿qué podría llegar a hacer con un presupuesto de un gran estudio? Habrá que esperar todavía. Sin embargo, pese al ejercicio de dirección que supone Green Room, contamos con una historia bastante normalita. Angustiosa, turbia y algo gore, pero no especialmente destacable. Una cosa que sí que tendría que destacar es su propuesta de no esconder apenas nada y mostrar las cartas casi desde el principio, lo que me tomo como un contrapunto a la propuesta de The Invitation (íd., 2015), con la que encuentro bastante similitudes.

En esta ocasión, Saulnier ha querido relegar la dirección de fotografía en Sean Porter —recordemos que en Blue Ruin hacía de director, guionista y director de fotografía, algo bastante inusual—. El trabajo más conocido de Porter hasta ahora había sido su labor en Kumiko, la cazadora de tesoros (Kumiko, the Treasure Hunter; 2014), y aquí mantiene cierta continuidad con el trabajo de Saulnier cambiando, por supuesto, los tonos azules por los verdes. La banda sonora (compuesta por los hermanos Brooke y Will Blair) no es nada memorable, puramente ambiental, pero consigue ser un buen acompañamiento para el tour de force por el que nos lleva Saulnier a través de las imágenes. Una buena sorpresa ha sido encontrarme con un reparto lleno de caras desconocidas entre los protagonistas y que llegan a estar a la altura. También hay un par de secundarios encarnados por actores más conocidos como Patrick Stewart o Imogen Poots.

La recomiendo, claro que sí. Es una experiencia intensa que si se disfruta en una pantalla de cine, pues mejor. No es la mejor película del año, tampoco lo pretende, y en cierta medida ha cumplido mis expectativas —me ha gustado bastante y me parece superior a su anterior película— pero por otra me he quedado con ganas de algo más —la propuesta no es ni mucho menos la más original del mundo—. Suma cine indie estadounidense, música punk, thriller, terror y neonazis y te sale Green Room. Ojalá el título de la próxima que haga Saulnier empiece por Red o Yellow, y así tener su propia trilogía del color. [★★★]

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