Hasta el último hombre | No todos los héroes llevan capa

El cine de Mel Gibson y un servidor no estamos en sintonía. Como preparación para su nueva obra me adentré en sus películas para encontrarme, en última instancia, con ejercicios de supuesta épica que no me transmitían absolutamente nada, quizá por los personajes que (no) desarrollaban, quizá por su formalismo empeñado en abusar de la cámara lenta y la violencia como fin y no como herramienta para llegar a algo más interesante que el espectáculo. Pequeños destellos y momentos concretos salvan a Braveheart (íd., 1995) y Apocalypto (íd., 2006) de no parecer directamente malas películas, pero poco más. Diez años después Gibson regresa con su nuevo filme, Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016), al que me acercaba con precaución y preguntándome si por fin me convencería, ahora que se adentraba en el género bélico.

Hasta el último hombre está basada en hechos reales y nos cuenta la historia de Desmond Doss, un joven creyente que, llegado el momento, decide que debe alistarse en el ejército para servir a su país. Lo extraordinario reside en el hecho de ser un objetor de conciencia que fue a la guerra no para quitar vidas, sino para salvarlas, ganándose en principio la burla y el desprecio de los compañeros que le rodeaban, y luego la admiración y una Medalla de Honor. Resulta interesante la intención de no presentar al clásico héroe de acción de este tipo de cine, sino más bien a un hombre que, guiado por la fe y el deber, quiere servir a su país de su propia manera. Sin embargo, y como parece inevitable teniendo a Mel Gibson y su ideología al timón, el tramo final deja claro, subrayados mediante, que estamos ante un héroe absoluto; tanto es así que hay incluso un plano en el que el agua cae sobre el cuerpo de Doss, limpiándole la sangre a cámara lenta, en el que parece poco menos que Jesucristo. Además, claro, del reconocimiento que sus compañeros irán haciendo de él a medida que se demuestre su valía.

Aunque, a pesar de convertir al personaje en un héroe de los de siempre (y subrayándolo en uno de los peores finales del año), las partes en las que mejor funciona la película son cuando abraza la acción, con set pieces en las que las balas vuelan por doquier y el protagonista hace lo posible por sobrevivir en medio de la barbarie. Digna de aplauso es la secuencia en la que suben por primera vez a Hacksaw Ridge, que es el único momento en el que vemos al Gibson con garra y fuerza que tenían algunas partes de las mediocres Braveheart y Apocalypto. Se entrega en cuerpo y alma al espectáculo, a las vísceras y a la adrenalina, y alcanza el punto más alto de la película. El problema es que para llegar ahí hemos tenido que pasar por una primera hora de un romance típico, bien apoyado por las notables interpretaciones de Andrew Garfield y Teresa Palmer pero sintiéndose manido y con un tono que no encaja del todo con lo que nos estaban contando antes (una infancia dura; que salpica la narración con recuerdos puntuales) y lo que viene justamente después (la propia guerra); además de un extenso tramo en el centro de entrenamiento, contado con soltura y con ecos constantes a películas como La chaqueta metálica, pero sin la suficiente fuerza como para que esta nueva aproximación a algo tan manido no se acabe convirtiendo en un suplicio.

Lo que finalmente me queda en Hasta el último hombre es una brillante secuencia de acción, la interpretación de Andrew Garfield y la sensación de estar, en su mayor parte, ante una película correcta que contentará a los seguidores del cine de Mel Gibson. Ya he dicho que no soy uno de ellos, y me he vuelto a encontrar con muchos de los problemas que arrastraban sus anteriores obras. Donde él muchas veces ve epicidad, yo veo subrayado. Aún así, y por mucho que me parezca en su conjunto un filme mediocre, la podría considerar la mejor película de su director; sé que hay mucha gente que tiene a Braveheart en alta estima, no es mi caso, y Hasta el último hombre me resulta, en general, una obra más redonda y con momentos más brillantes, dentro de que, como digo, sigue sin ser mi tipo de cine. [★★½]

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