Isla de perros | Fantastic Mr. Wes

El cine de Wes Anderson nunca se ha caracterizado por estar estrictamente asentado en el realismo. Las intenciones del director de El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014) siempre se han inclinado más bien por apostar, incluso en los escenarios más reconocibles y cotidianos, por un juego de artificios cercano a la fábula -nunca excepta de acertada y abundante ironía- y a lo fantasioso. Puesto de otra manera: las películas de Wes Anderson son cuentos de hadas limitados por el corsé de nuestra realidad. Las viñetas a las que nos tiene acostumbrado son, pues, fabricadas a través de la mirada de alguien capaz de ver con ojos soñadores (no me atrevo a decir optimistas) los espacios más oscuros y terribles de aquello que nos rodea y nos reprime.

En su último largometraje, Isla de perros (Isle of Dogs, 2018) -el noveno de una filmografía casi ejemplar-, esto es algo que puede ser fácilmente notado, ya que Anderson lleva sus ideas recurrentes sobre la identidad, la amistad, la familia y el grupo, a unos niveles narrativos más complejos y de unas formas y un estilo, si posible, más potentes que en sus cintas previas. La película, construida minuciosamente, detalle a detalle, nos atrapa desde el primer momento con una historia de aventuras que, a medida que se va desarrollando frente a nuestros ojos, nos deja ansiando descubrir y saber más de aquel mundo que se alza en pantalla, de sus normas, sus convenciones, sus matices y contradicciones.

Esta vez, Wes nos lleva a la ficticia ciudad japonesa de Megasaki, donde todos los perros, sin hacer ningún tipo de diferenciación entre chuchos callejeros y perros domésticos (tanto los de clases altas como los de las más bajas), son desterrados de la ciudad y enviados a malvivir en una isla, la Isla de la Basura, debido a una epidemia de gripe canina. El hombre detrás de esta drástica decisión es el autoritario alcalde de la ciudad, Kobayashi (Konichi Nomura), quien no sólo hace oídos sordos a la idea de una cura, sino que pone en marcha un truculento plan para desprestigiar al líder del Partido Científico, su más odiado rival, el Profesor Watanabe. Uno de los primeros animales en ser exiliado por el gobierno de Megasaki para sentar un ejemplo es Spots (Liev Schreiber), perro guardián de Atari Kobayashi (Koyu Rankin), sobrino del malvado alcalde. Esta medida, en apariencia inofensiva, será el desencadenante meses después de la mayor crisis política del país y al mismo tiempo el inicio de una asombrosa aventura para un grupo de perros que habitan en la isla: Chief (Bryan Cranston), Duke (Jeff Goldblum), Boss (Bill Murray), King (Bob Balaban) y Rex (Edward Norton).

Todo este desfile de personajes, entre humanos y animales, japoneses y angloparlantes (solo los perros hablan en inglés, mientras que las personas siempre lo hacen en japonés), opresores y rebeldes, revelan que Wes Anderson no solo controla cada detalle, cada imagen, cada idea con minuciosidad, sino que al mismo tiempo elabora el relato con una armoniosidad totalmente depurada, de manera que nada falta, nada sobra y todo encaja bajo ese envoltorio tan único y estimulante que tanto caracteriza a las películas del director tejano. De hecho, son tan variadas y tan bien estudiadas las referencias del autor al cine japonés más clásico que, además, lo que se hace no es evocar secuencias o movimientos de quienes lo han inspirado, sino que lo que elige es rescatar sensaciones que otros autores comunicaban a través de sus puestas en escena, sus silencios y su estruendos. Parece brillante, pues, que tras nueve películas a Wes Anderson solo se le pueda comparar directamente con Wes Anderson.

Pero volvamos a esta historia que, cual relato clásico, no es otra cosa que una película de buenos contra malos, en la que los buenos son muy buenos, los malos son muy malos y hasta hay espacio y tiempo para redimir al lobo solitario, al antihéroe, y también, por qué no, rescatar a la estrella caída en desgracia. Así, pues, Atari Kobayashi, un niño en busca de su perro, su mejor amigo, es el héroe indiscutible de una película que, entre otras cosas, habla del deseo de libertad y de luchar por estar con aquellos a los que se quiere. Atari tendrá que enfrentarse a su familia, al gobierno y, por extensión, a un sistema de propaganda, censura y corrupción que busca hacer desaparecer al disidente, detalles que enriquecen y profundizan en las luchas de poder de la película, haciéndola, al mismo tiempo, la película más política de la filmografía de Wes Anderson.

Los percibidos como débiles, los excéntricos, los diferentes, siempre en el centro del cine de Anderson están en Isla de perros por todos lados, creando un microcosmos riquísimo de tics, vicios, manías, prejuicios que no hacen nada más que dotar de la verosimilitud más humana este universo fantástico en el que son los perros los más humanos de todos. Asimismo, es fascinante lo bien que encajan las voces de Bryan Cranston (Breaking Bad) y Leiv Schrieber (Ray Donovan) en el universo creado por Anderson, con unos tonos y cadencias bastante determinados, en los que la solemnidad siempre parece ser tomada con humor y candidez.

Parte de que esta sea una gran historia de fantasía, sin embargo, es el hecho de no querer representar Japón, sino más bien de representar una serie de conceptos que para occidente siempre se han identificado con el país del sol poniente, elementos comunes (el anime, la percusión del taiko, el sushi, el sumo, el kabuki, etc.) que son usados como herramientas muy básicas (pero efectivas) para insinuar, revivir, un Japón que evidentemente no es uno real, sino uno inventado por alguien que, desde fuera y desde muy lejos, ha estado siempre cautivado por las partes que siempre se han visto como exóticas, singulares, hermosas y ricas de la cultura de este país. No obstante, esta utilización de referentes culturales japoneses por alguien foráneo es también, en sí misma, una búsqueda de identidad  (siempre engranada al cine de Anderson) que se da sin afán predatorio, cosa que se suele olvidar cuando se levanta el dedo acusador para señalar a algo como producto de la apropiación cultural. Especialmente cuando homenajes como este, por más bien intencionados que sean, no se pueden desasociar nunca realmente de la apropiación, ya que no son mutuamente excluyentes y suelen estar relacionadas de manera bastante estrecha. En cualquier caso, si podemos coincidir en que esto es, principalmente, un homenaje, también quizás podamos coincidir en que en este depuración de estilo y carta de amor al cine asiático que encadiló a Wes Anderson se encuentra también una de las mejores películas que nos ha dado, si no la mejor. Al menos, ojo, hasta que llegue la próxima. [★★★★½] 

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