Jackie | En Camelot

La historia del cine ha estado plagada de retratos a personajes históricos casi desde sus comienzos, y a lo largo de ella hemos descubierto grandes historias que se han quedado en el imaginario colectivo. Juana de Arco, Napoleón, Mozart, Lawrence de Arabia o Lincoln, por decir unos cuantos, tienen su vida o parte de su vida inmortalizadas en el séptimo arte. E incluso la vida de personas que han cambiado nuestra sociedad actual tal y como la conocíamos (Steve Jobs, Mark Zuckerberg…) han conseguido en los últimos años más que notables acercamientos al cine. Se ha realizado tal número de obras respecto a la vida de personajes célebres que hasta le tenemos una etiqueta: los biopics. Un subgénero que en realidad puede pertenecer a cualquier género, depende del personaje del que se trate. En esta ocasión nos llega Jackie (íd., 2016), un biopic atípico y alejado de convencionalismos y dejes academicistas a los que se le suelen atribuir últimamente a la mayoría de estas películas biográficas.

Tras lucirse con otro biopic que en ningún momento parecía serlo como era Neruda (íd., 2016), Pablo Larraín estrena la que es su primera producción en inglés, Jackie. Y lo hace con la que es, para el que aquí escribe, su mejor obra hasta la fecha, lo cual es decir mucho. Jackie, ya no solo dentro de las últimas muestras del citado género sino dentro de todas las películas que están presentes en la temporada de premios de este año, es toda una rara avis. Para empezar, es una película valiente, no teme a nada. Gracias quizás al distanciamiento del director chileno con el material que trabaja realiza algo impensable para cualquier norteamericano que se hubiera puesto a cargo de este proyecto: dejar atrás la figura de JFK. El mencionado presidente siempre está en un segundo plano, ya sea en los flashbacks antes de su asesinato o después, su presencia siempre parece puramente fantasmal. Porque Jackie, como bien indica su título, va de ella, de Jacqueline Kennedy. La película por otro lado no nos muestra toda su vida, más bien se centra en esos días cruciales donde su vida cambió para siempre. Aquellos en los que de un segundo a otro pasó de ser la Primera Dama de Estados Unidos a ser la viuda de todo un país.

Si de alguien hay que hablar para entender la solidez de Jackie es precisamente de quien hace de ella, Natalie Portman. La actriz israelí es el corazón y alma del filme, a pesar de que son muy pocos los momentos en el que el espectador pueda personificar a la actriz per se, pues se mete de lleno en el personaje. No solo cambia lo más evidente a primera vista como es su voz, la forma de hablar o ese acento sino el lenguaje corporal es radicalmente opuesto al que nos tiene acostumbrados la oscarizada actriz. De hecho, llega justo al límite de lo que sería la línea imaginaria que separa una encarnación perfecta de un personaje histórico a hacer el ridículo con una caricatura más propia de un gag para Saturday Night Live. Nunca me llega a parecer lo segundo, pero roza esa línea. Y por eso probablemente sea el papel más atrevido y valiente de su carrera. Una carrera irregular en estos últimos años desde que decidió echar un poco el freno tras tener a su primer hijo y ganar el Oscar por Cisne Negro (Black Swan, 2010), su último gran papel. Pero de eso hace ya siete años, espero y deseo que Jackie sea el inicio de una revitalizada carrera de la que aún quede mucho que hablar.

No hay duda ya de que Pablo Larraín es uno de los directores internacionales más importantes del cine actual. Y que hace de Jackie una cita imprescindible para los amantes del séptimo arte. Su propuesta en esta ocasión es una opresiva, cerrada y provocativa mirada cinematográfica, tan angustiosa de ver como extraordinaria en su conjunto. El guión de Noah Oppenheim (que ganó el premio a mejor guión en el festival de Venecia), estuvo en 2010 entre lo más mencionado de The Black List, ese sitio web donde se guardan los guiones más llamativos de la industria que aún no se han producido. Es un libreto maravillosamente estructurado, donde revisitamos los días posteriores e inmediatamente previos al asesinato del presidente Kennedy a través de los ojos de la Primera Dama. Y el filme, pese a tratar temas tales como cual debe ser el legado de un presidente al morir o como debe afrontar una persona como Jackie la muerte de su marido teniendo que tomar decisiones importantes en cuestión de horas, realmente va del luto, de no olvidar a aquellos que se van para siempre, de cualquier persona que pierde a un ser querido y sufre ese duelo, va de todos y cada uno de nosotros. La fiereza y complejidad con la que se construye el personaje que da título a la obra me parece uno de los mayores hallazgos de este año. Así como las partituras de la compositora Mica Levi, que se dio a conocer por la extrasensorial banda sonora de Under the Skin (íd., 2013), y que aquí consigue engrandecer y terminar de amoldar la sofocante y dolorosa atmósfera que construye el director chileno a través de sus breves arranques musicales de tono sombrío y hasta cierto punto, turbios. Es una banda sonora muy especial y algo complicada de escuchar fuera de la película en sí (aunque personalmente la disfruto igual), pero cuando estas viendo la película la banda sonora resulta tan acertada que da la sensación de que se haya rodado alrededor de la música de Levi y no al revés.

A pesar de contar con una actriz que se luce como nunca haciendo la que sea probablemente la mejor interpretación femenina de todo 2016, el reparto que ha conseguido reunir Larraín no se queda atrás, a pesar de la clara diferencia que hay (tanto de tiempo en pantalla como de lucimiento) respecto a su protagonista. El más destacable de todos ellos es Peter Sarsgaard cuyo Bobby Kennedy me parece un personaje complejísimo y con el que Sarsgaard no solo consigue estar en muchos momentos a la altura de Portman, sino que se pone en un nivel superior a la de mayoría de nominados a mejor actor de reparto en esta edición de los Oscar. El resto de actores y actrices que acompañan a Portman en este festival interpretativo son la entrañable Greta Gerwig, un conciso y breve John Hurt en uno de sus últimos papeles antes de morir, Billy Crudup como el incisivo periodista que está presente a lo largo de la narración del filme y un desconocido Caspar Phillipson cuyo parecido físico con el presidente Kennedy es apabullante. Son más que destacables el diseño de producción (con nominación al Oscar), la fotografía, el vestuario, y su montaje —de este último se encarga Sebastián Sepúlveda que ya se encargó del turbio montaje de El Club (íd., 2015)—. Ya es una pena que una película tan excelsa como Jackie solo haya conseguido tres nominaciones al Oscar y ninguna a premios importantes como dirección o película, pero más lo va a ser cuando veamos que no consiga ninguno de los que opta. Pero así son los premios, al menos a muchos nos ha llegado muy adentro esta película, y eso no hay ninguna estatuilla que lo consiga, es nuestro Camelot. [★★★★]

Comentarios