Jason Bourne | La jubilación de Bourne

Jason Bourne ha regresado. Por alguna razón, ha regresado. Mejor dicho, ha regresado por La Razón de Siempre (siempre es La Razón de Siempre). Después del breve paréntesis que supuso El legado de Bourne (The Bourne Legacy, 2012), aquella cinta cuya validez en el canon de Bourne incluso los seguidores más fieles de la saga  se niegan a reconocer, Paul Greengrass y Matt Damon se han reunido para decirnos y repetirnos hasta el hartazgo que Jason Bourne está de vuelta. Y la pregunta, por supuesto, es: ¿ha valido la pena? ¿Ha vuelto para quedarse o ha vuelto para despedirse? ¿Cuánto tenemos que esperar para que, después de tanto caso, mito y ultimátum (habrá que recordarle el significado de la palabra ultimátum al amigo Jason), a Bourne por fin le llegue la tan merecida (tanto para nosotros como para él) jubilación? Y es que quién me manda a mí meterme a hablar de quintas partes, claro.

Matt Damon ha vuelto a ponerse bajo la piel del espía más icónico del cine de acción reciente, con el fin de enfrentarse otra vez a fantasmas de su pasado, encarnados, cómo no, por hombres trajeados en importantes puestos de poder dentro de la agencia de inteligencia más importante del mundo. Por supuesto, la premisa no es nueva, aunque en esta ocasión hay, además, un gran enemigo global: la amenaza del espionaje cibernético de la era post-Snowden. Así, pues, elementos como filtraciones, hackeos, y titánicas compañías tecnológicas que prometen nunca vulnerar la privacidad de sus usuarios, son el frágil envoltorio que rodea a Bourne en su (ojalá última) misión por acabar con aquellos que lo convirtieron en la máquina de matar que todos conocemos.

Así, pues, una nueva red de mentiras descubierta por Nicky Parsons (personaje interpretado con total propiedad por la ya veterana de la saga Julia Stiles) lleva a Bourne a cruzarse en el camino de, primero, un imponente Tommy Lee Jones a la cabeza de la CIA, y, después, en el de Alicia Vikander, una experta en inteligencia digital que tiene más de un as bajo la manga. Si hay algo que no se le puede reprochar a esta película son las interpretaciones, que son tan efectivas como el guión permite que sean, y que en manos de hombres como Vincent Cassel, aunque, en concreto, su personaje sea casi anecdótico, pueden ser lo que más resuene de esta cinta. Pero con el mismo empuje que esta saga obligó a renovarse al mismísimo James Bond, esta película parece demostrar que quizá Greengrass y Damon ya han dado todo lo que podían darle a este personaje y es el momento ideal para abandonar el barco antes del hundimiento.

Porque Jason Bourne (íd., 2016), más allá de su ya mencionada trama endeble, se siente una película anticuada casi desde el minuto uno, a pesar de sus claros y desatinados intentos por presentársenos como un filme contemporáneo con preocupaciones y temas actuales. Incluso si hubiera vuelto a aparecer la red ECHELON, esto se sentiría más creíble. Y a esto se suma, desgraciadamente, un uso de la acción que no dice nada y que, salvo algunas secuencias tan intensas como brillantes (aquel mano a mano entre Cassel y Damon, por ejemplo, o esa persecución en Paddington Square, ustedes escojan), deja entrever a un Greengrass que no llega a acercarse a al director potente y frenético que nos dejó boquiabiertos con cada momento explosivo (que no “momento con explosiones”, ojo) de El ultimátum de Bourne (The Bourne Ultimatum, 2007).

Al final, el principal error de Jason Bourne es apostar por la acción más recargada en secuencias que duran demasiado, y aportar poco a una historia que, cuando termina, deja a sus personajes sintiéndose planos, unidimensionales, de manera que parece que no los conociéramos a pesar de haber estado dos horas viéndolos ir y venir, luchando por unos ideales y unos valores que se desdibujan hasta que son una mancha irreconocible. Con esta cinta, se está lejos de la puerta que abría El caso Bourne (The Bourne Identity, 2002), y se está, curiosamente, aún más lejos del sabor a épica que nos dejaban los puntos finales de las dos secuelas que le siguieron. Aunque aquí, en realidad, apartando cualquier concepto de épica, cualquier idea de un cine de acción consistente, cualquier rezago (por lo menos eso, un rezago) de la apuesta por el thriller de suspense y espías, lo que importa precisamente son las secuelas y el dinero. Así que mientras termino de teclear estas líneas leo que Jason Bourne ha tenido el segundo mejor estreno de la saga, justo por detrás de El ultimátum de Bourne. ¿Nos garantiza eso una secuela? ¿Nos garantiza eso un spin-off? Lo único que sé es que a un Bourne que está a punto de alcanzar los cincuenta ese dinero le puede venir bien para la jubilación. [★★½]

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