John Wick: Pacto de sangre | Tu perro no murió por esto, John

John Wick (íd., 2014), la primera, la buena ─vamos a ir dejando las cosas claras─, llegó hace ya tres años a la cartelera para dotar de aire fresco al género de acción. Convertida por los amantes del género en un éxito de taquilla, la película ha despertado un entusiasmo sólo comparable al que alguna vez provocó Redada asesina (The Raid, 2011). El filme protagonizado por Keanu Reeves acertaba al construir, con indudable habilidad, una historia sobre elementos reconocibles que, aún así, podía disfrutarse como algo novedoso y desenfadado.

A pesar del éxito en taquilla y el reconocimiento del público y la crítica, es probable que los autores de aquella particular historia, en la que un asesino profesional retirado vuelve a empuñar un arma para vengar la muerte de su perro, no hayan sido capaces de predecir una recepción tan positiva. Y, por supuesto, es todavía más probable que nunca tuvieran en mente que el Señor Wick volviese en una segunda entrega. Este segundo capítulo en la historia de John Wick arranca justo donde lo dejó el anterior. Y lo hace sosteniendo un tono autoconsciente que roza lo auto paródico, recordándonos a través de la voz de Peter Stormare que todo empezó por un perro y el robo de un coche. Esta secuencia, además, se da la licencia para abusar de aquellos rótulos de dimensiones increíblemente exageradas para contarnos, una vez más, por ejemplo, que el señor Wick también es conocido como El Hombre del Saco.

Esta es una introducción familiar, no hay duda, para recuperar al fan de la primera, para ofrecerle un pequeño ‘treat’ amigable, pero la secuencia se las arregla, a pesar de todo, para perder la magia de su predecesora, cogiendo forma alrededor de escenas de acción genéricas y sin ningún tipo de rasgo visual característico que hacen echar de menos a Jonathan Sela en la dirección de fotografía. John Wick es, de pronto, durante esos primeros minutos de metraje, uno más. Porque uno de los mayores errores de esta primera porción del filme es seguir la idea equivocada de que lo único que tienen que aportar las películas de esta serie (no olvidemos que ya está confirmada una tercera entrega) es a Keanu Reeves repartiendo hostias a diestro y siniestro. Y no. Si bien John Wick no es Ciudadano Kane ni tampoco el Ulises de Joyce, éste era un relato con personalidad y visión, además, claro, de no poseer un tono ni tan solemne ni tan satírico, sabiendo adaptarse, modularse, moviéndose en un terreno medio con mucha facilidad.

Pero si algo realmente singular nos dio John Wick ─la primera, la que os hizo volver a apreciar a Keanu después de tantos años, malditos ingratos incapaces de valorar a su legandario Johnny Utah─ fue aquel universo complejísimo y oscuro que se insinuaba con detalles como las monedas de oro, el hotel Continental y una especie de código de honor que regía las vidas de todos aquellos espías, mercenarios, mafiosos y asesinos profesionales que poblaban el pasado (y ahora el presente) de la vida de nuestro querido Baba Yaga. Y desgraciadamente esta secuela decide dejarse de insinuaciones y plantearlo todo mediante la exposición, el diálogo. Cuánto ganaría esta película si se atreviera a aplicarse restricciones a sí misma y narrar a través de las escenas de acción, de sus imágenes. Es cuando ejecuta su trama de esta manera cuando gana real fuerza.

John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter II, 2017) decide dejar a sus personajes hablar y decide hacerlo con los que no tienen ningún tipo de carisma. Cada vez que alguno abre la boca, me encuentro extrañando a Michael Nyqvist, e incluso, por qué no decirlo, a Alfie Allen. Y no es casualidad; es que uno de los aciertos de la primera parte era saber encontrar villanos carismáticos y saber reflejar en aquellos personajes la frustración y el miedo de tener que enfrentarse a John Wick, a quien nadie podía igualar como máquina de matar.

El rumbo que toma John Wick: Pacto de sangre es uno que no balancea bien el humor y la tensión dramática. O que no lo hace, al menos, con la soltura con la que sabía hacerlo la anterior. Y es que si bien creo que uno no puede culpar a este nuevo episodio de no ser tan original como su precursora, también creo que si esta decide ser más ambiciosa y apuntar más alto, uno debería ver esos resultados reflejados en una historia más relevante e interesante. De nada me sirve que se incorporen al reparto Franco Nero o Lawrence Fishburne si sus intervenciones van a ser anecdóticas y no van a tener peso sobre el desarrollo de la historia. Quizá el segundo esté más cerca de lograr algo así, ya que a puertas del tercer acto es gracias a su ayuda que John Wick puede acercarse a su meta. Y sin lugar a dudas, a pesar de lo corta e insulsa que es su interacción, el espectador agradecerá que quienes fuesen Neo y Morfeo en la trilogía de Matrix vuelvan a compartir pantalla. Pero esas ganas por dibujar ahora una historia de más calado hacen algo bien, y que si se mira sin prestarle mucha atención a los detalles narrativos que llevan de un punto a otro resulta fascinante; y es que en esta película de piezas tan irregulares se dibuja un arco argumental muy poderoso: al inicio nadie puede escapar a John Wick y para cuando vemos los créditos finales es él quien no tiene escapatoria. Con lo tranquilo que estabas en casa con tu perro, John, quién te manda hacer pactos de sangre. [★★½]

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