Joy | El lado malo de las cosas

Nunca he sentido una particular animadversión hacia el cine de David O. Russell. A pesar de necesitar un revisionado, recuerdo disfrutar notablemente con The Fighter (íd., 2010) y El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012), y hasta esa película mediocre y terriblemente irregular llamada La gran estafa americana (American Hustle, 2013) contaba con algunos momentos de buen cine, o al menos de un cine potable y entretenido. De Joy (íd., 2015) no esperaba más, ni tampoco menos: un filme que mezclara el drama personal con situaciones cargadas de humor y con una gran actuación de su estrella principal, Jennifer Lawrence. Lamentablemente me he encontrado con algo muy distinto.

Joy nos intenta hablar de dos cosas: el encontrarse en medio de una familia desestructurada, y, más adelante, intentar triunfar en el difícil mundo de los negocios mediante una idea propia que se presenta como revolucionaria dentro del ámbito doméstico (la mopa mágica). La película empieza con diferentes componentes que descolocan y te hacen preguntarte hacia dónde se dirige esto: que si una escena de telenovela (que se convertirá en uno de los signos identificatorios de la madre de la protagonista), que si una voz en off que viene y va, que si un flashback que nos vuelve a contar algo que ya nos habían dicho… Joy empieza mal, y lo que es más bochornoso: sigue peor.

No sé si el factor de que la historia no me parezca particularmente emocionante me condiciona a la hora de disfrutarla, pero lo que tengo claro es que está contada de una forma tan torpe que resulta imposible conectar con ella. Nunca he visto a David O. Russell mover la cámara con tan poco criterio, con movimientos hacia los actores que buscan el subrayado y un ritmo de apariencia enérgica que solo consigue, por su inconsistencia, que la película avance a trompicones y el aburrimiento se vuelva insostenible. Por no hablar del terrible montaje y unos fallos de racord que sonrojan hasta al menos atento.

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Se suele decir que David O. Russell es un buen director de actores, y aunque viendo sus tres películas anteriores podría estar relativamente de acuerdo, Joy me hace dudar de sus capacidades. Unos intérpretes están contenidos, otros están sobreactuados, y nadie parece creerse un guión con unos diálogos mal construidos que, con la nefasta colaboración de O. Russell, provocan que las escenas suenen falsas, poco naturales. Jennifer Lawrence quizá sea lo mejor de la película, pero está lejos de brillar como en otras ocasiones (en las que incluyo las dos películas anteriores con este director), y secundarios como el padre de Joy, interpretado por Robert De Niro, o ese hombre de negocios que encarna Bradley Cooper me transmiten hastío, en el primer caso, o indiferencia, en el segundo, a pesar de que ambos actores están correctos. La sensación que se te queda es la de que no han ensayado los diálogos lo suficiente como para hacerlos creíbles, y el resultado ha sido un circo en el que cada uno está en un tono.

La puntilla de este desastre se la pone un pequeño flashforward situado al final de la película, que transmite un mensaje que me sonroja de lo falso que es. Y es que Joy es, en su conjunto, un completo despropósito, y las dos horas que dura se convierten en una colección de momentos que o resultan vergonzosos o, en el mejor de los casos, son totalmente olvidables. No daba crédito a que un director como David O. Russell, al que calificaba como capacitado para por lo menos realizar películas entretenidas con un mínimo de calidad, haya completado (por decir algo, porque la película parece necesitar un mes más en cada apartado) un trabajo tan nefasto como este. [★½]

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