Kiki, el amor se hace | Y vaya cómo se hace…

A Paco León siempre se le ha conocido y reconocido por su faceta como actor a partir de su interpretación de El Luisma en Aída, llegando a ser más popular incluso que la propia protagonista. Pero esto parece estar a punto de cambiar gracias a la muy buena carrera que se está labrando detrás de las cámaras. Con sus dos primeras obras, el díptico que nos descubrió a su madre Carmina Barrios, el ahora director ya desafió los modelos convencionales de distribución de nuestro país, mientras que ahora con Kiki, el amor se hace (íd., 2016), Paco parece desafiar el correctismo político al tratar un tema más tabú aún que el sexo: las filias sexuales.

Kiki, el amor se hace está compuesta por cinco relatos ambientados en un caluroso verano madrileño y que versan sobre el amor y las filias sexuales, algunas de ellas tan curiosas como la harpaxofilia (placer obtenido durante un atraco) o la dacrifilia (excitación viendo a alguien llorar). En estas historias presenciamos como varias personas deben aprender a convivir con sus filias sexuales e integrarlas en su vida cotidiana para poder sentir el máximo placer sexual mientras intentan evitar que los conflictos que estas crean acaben afectando negativamente a su relación de pareja.

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Es posible que esta premisa os recuerde a la comedia australiana The Little Death (íd., 2013) (su enigmático título traduce la expresión francesa “le petite mort” y significa “orgasmo”), algo que es totalmente comprensible teniendo en cuenta que la nueva peli de Paco León es un remake patrio del filme de Josh Lawson. El punto de partida de ambas pelis es exactamente el mismo y la mayoría de las historias narradas son prácticamente iguales. Sin embargo, en el proceso de adaptación el director sevillano sustituye el relato más flojo de The Little Death por uno bastante superior y consigue transferir el resto de relatos al ecosistema de nuestro país de forma exitosa. Además, el trasfondo de clases sociales de los personajes de Kiki es algo más variado, mientras que el tono oscuro y soso de la australiana también se ve alterado dando paso a uno mucho más erótico-festivo y visualmente muy llamativo, distanciando bastante a la adaptación de la original.

Este cambio de tono, más fresco y alegre, permite a Kiki insertar algo más de humor en los diálogos y apostar por una visión optimista y tolerante de esas pequeñas peculiaridades sexuales que trata. Y es que de la misma forma que los personajes intentan normalizar las filias que “padecen”, Paco León rompe una lanza a favor de su aceptación, mostrando estas filias como algo de lo que no hay que huir y que se puede aprovechar de forma (muy) positiva para obtener placer y ser más felices. Así es como intenta que estas no sean vistas como algo extraño o repulsivo y es donde Kiki obtiene un gran valor extracinematográfico del cual hay que sentirse orgullosos.

Igual que hay que sentirse orgullosos del reparto con el que cuenta esta cinta, y aunque todos estén bien, las chicas son las que más destacan. Belén Cuesta, una de las actrices del momento, se aleja de los papeles “cuquis” y saca su acento andaluz para brillar con su interpretación de chica moderna rota por dentro. Alexandra Jiménez también brilla y cuenta con la mejor escena de toda la peli, la cual demuestra el carisma que puede llegar a tener. Natalia de Molina sigue confirmándose como una de las actrices españolas más versátiles encadenando papeles dramáticos y cómicos con igual efectividad, mientras que Mari Paz Sayago sorprende con un cambio de registro radical si lo comparamos con el alegre papel que tiene en  la serie Allí Abajo.

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Como último apunte quiero hablar sobre la estructura, algo que no afecta mucho mi valoración final del filme pero no me acabó de convencer mientras lo veía. La película va mostrando escenas de las diferentes historias y lo hace de una forma muy ordenada y secuencial. El problema que veo es que en algunas ocasiones las escenas pueden llegar a ser demasiado largas, con lo que pasa mucho tiempo entre escena y escena de la misma historia. Pensé que este hecho podría estar relacionado con la presencia de interacciones entre los personajes de los distintos relatos, pero solo hay uno de estos momentos y es poco importante, de manera que salí del cine con la sensación de que una estructura al estilo Relatos Salvajes (íd., 2014) creo que podría haber favorecido el ritmo de cada historia.

Si coges las bases de la cinta australiana The Little Death, las pasas por un exótico filtro y añades un gran reparto, lo que obtienes Kiki, el amor se hace. O lo que es lo mismo, una comedia divertida, estimulante, muy moderna y de carácter festivo en que se trata el sexo sin tapujos y donde las filias y prácticas sexuales alternativas se aceptan plenamente y se celebran como fuente de placer. En definitiva, un soplo de aire fresco para la comedia española que además confirma definitivamente a Paco León como uno de los cineastas más prometedores del panorama nacional. [★★★½]

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