La cumbre escarlata | Oro parece, plata no es

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Hace poco Guillermo del Toro se abrió una cuenta de twitter. Este dato no demasiado relevante se convirtió en conversación al darnos cuenta el rollo que se traía el señor Guillermo: alejándose de la gente de la industria que solo utiliza dicha red social para enlazar movidas relacionadas de una forma u otra con ellos, él apuesta por la cercanía y por la transparencia. Habla de muchas cosas como si fuera una persona cualquiera, discutiendo públicamente los que van a ser sus posibles próximos proyectos. Parece un tipo majo, de esos con los que te irías a tomar unas cañas y hablar de cine, videojuegos y de si cree que seguirá la senda de sus amigos Alejandro G. Iñárritu y Alfonso Cuarón y ganará un Oscar en los próximos años. Cosas importantes, en definitiva.

En cualquier caso, he decidido poner el tweet que veis al inicio de la crítica para concienciar de un dato que hay que saber desde el primer momento: La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015) no es una película de terror, aunque, y ahí está una de los fallos que comentaré a continuación, en ocasiones parezca serlo más de la cuenta. Es, como aclara su propio director, un romance gótico, un drama de época aliñado con los tan característicos rasgos de su cine. Un mix de pura vitamina G, de Guillermo.

Es difícil en este caso no empezar hablando de su apartado visual, y es que si en algo destaca la película es en su cuidada puesta en escena: desde preciosos vestidos hasta un uso de la iluminación y de los colores muy concreto, pasando por la tan comentada casa en la que transcurre la mayoría del metraje y que cuenta como un personaje más. Del Toro es un director con mucha fuerza visual y con una imaginación enorme, y es innegable que La cumbre escarlata resulta todo un viaje en lo que concierne a lo estético. Me gusta especialmente la luz de esa casa de los horrores, cómo el tono verde se apodera de algunas estancias y pasillos provocando una extraña sensación, que ronda lo onírico y, curiosamente, lo videojueguil.

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Como he mencionado antes, aunque no sea una película de terror sí que cuenta con varios factores que la hacen rozar el género de una forma quizá algo desconcertante. Hay un par de sustos -bastante leves- apoyados no tanto en la sorpresa visual como en la sonora, con las típicas subidas de volumen, y algunas criaturas que vemos en la cinta nos llevan a pensar en el susodicho género. Incluso la casa y un momento en concreto -que concierne a una pelota y a un perro- me han recordado a ese Overlook Hotel que llevó Stanley Kubrick a la pantalla en su magnífica El resplandor (The Shining, 1980): un lugar lleno de secretos y con un pasado al que no puedes darle la espalda. Estos elementos, aunque introducidos con la habilidad necesaria, me sacan de la historia que se nos está contando, que, por otra parte, va disminuyendo en calidad a medida que avanza el metraje. La última media hora está llena de sorpresas y revelaciones, pero no controla de una manera efectiva los picos de intensidad, creando una especie de burbujas anti-climáticas que van ahogándonos escena sí escena también.

Eso sí, miras a la pantalla y todo es muy bonito, extraordinariamente decorado y con un cuidado por el detalle brutal, pero no es suficiente cuando la historia, punto clave en una película que no quiere ser solo una carcasa atractiva, se va diluyendo en una consecución de escenas demasiado vertiginosas. Por que esa es otra: el montaje de la película me ha agobiado por momentos, era tan rápido y con tantos cortes que no me permitía reposar apenas ninguna escena. Bajo mi punto de vista la cinta habría ganado en interés si se hubiera tomado las cosas con algo más de calma -tanto en el guión, dándole más tiempo a los personajes, como en la propia duración de los planos-, y no hubiera caído en el “y ahora más” que ocupa un desquiciado tramo final.

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La campaña de promoción me había llevado a pensar que Mia Wasikowska ocupaba un rol secundario en la película, sorprendiéndome al inicio de la misma al darme cuenta de que es la total protagonista, y posiblemente la que mejor está de todo el elenco. No sé por qué tiendo a compararla con Paul Dano, pero eso -a nivel de carrera y de carisma- solo puede ser bueno. Por el otro lado nos encontramos con un Tom Hiddleston -un actor con bastantes inquietudes artísticas- correcto y muy metido en su papel, y a una Jessica Chastain que ni aportando su carisma habitual consigue levantar un personaje que vive únicamente por el misterio que guarda -un misterio esencial, claro, pero que se descubre en los últimos veinte minutos y ya-. El que ni siquiera tiene el menor atisbo de desarrollo es el interpretado por Charlie Hunnam, mera herramienta para cerrar el chiringuito.

El personaje de Wasikowska dice al inicio de la película que la obra que está escribiendo no trata sobre fantasmas, sino que es una historia que contiene un fantasma. No sé si La cumbre escarlata es lo primero o lo segundo: en todo momento es un romance gótico, pero los elementos sobrenaturales no dejan de llamar a la puerta y terminan diluyendo el resultado final. He salido algo desconcertado de la sala, sin saber si esta era la mejor manera de que Guillermo del Toro y compañía contaran lo que querían contar; visualmente sin duda, pero al guión le daría dos o tres vueltas más. Ni las más memorables estampas ocultan un desarrollo errante con un tramo final que te deja con todo menos buen sabor de boca. [★★½]

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