La cura del bienestar | Pura enfermedad

El terror low-cost en la gran pantalla parece estar en constante expansión, con Blumhouse llevándose el mérito casi en su totalidad, de manera que cada vez es más difícil encontrar producciones con un presupuesto más o menos elevado dentro del género de terror. A no ser que seas un nombre importante en el género o en el mundo del cine como Martin Scorsese, Guillermo del Toro, James Wan o Gore Verbinski. Este director americano pero de origen polaco tiene uno de los pelotazos de terror que más se recuerdan en cuanto a taquilla en la pasada década, La señal (The Ring, 2002), aunque se le conoce principalmente por estar detrás de la trilogía de Piratas del Caribe y por estrellarse con El llanero solitario (The Lone Ranger, 2013). Ahora vuelve a las andadas con La cura del bienestar (A Cure for Wellness, 2016), una de las propuestas más estimulantes y curiosas de lo que llevamos de año.

El filme empieza con una crítica muy clara al estresante mundo empresarial en el que, literalmente, la gente trabaja hasta caer muerto. De ahí que sea totalmente normal que los altos cargos acaben en un spa de rehabilitación en los Alpes suizos para descansar y recuperar la salud que se han dejado entre reuniones e informes. En nuestro caso seguimos a Lockhart (Dane DeHaan), un joven ejecutivo que para ascender en la empresa debe recuperar al jefe, el cual se encuentra desde hace un tiempo en el mencionado spa. Una vez en Suiza se abandona la crítica social, lo que en principio iba a ser un viaje corto se acaba alargando y Lockhart empieza a descubrir los misterios detrás de la institución manejada por el Dr. Heinreich Volmer (Jason Isaacs) mientras conoce a Hannah (Mia Goth), una paciente que lleva allí toda su vida.

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No voy a negar que esta es una propuesta en la que cuesta entrar. El principal punto en contra que tiene la película antes de su visionado es su duración de 145 minutos. Otros filmes rellenan esa cantidad de minutos sin problema e incluso necesitarían más —o te encantaría que hubiera más—, pero en este caso semejante duración resulta un poco excesiva y se traduce en un ritmo pausado y algo monótono que impregna todo el metraje excepto el clímax, en el que Verbinski aprieta el pedal del acelerador y aumenta la acción. Tampoco ayuda demasiado al desarrollo que el guión de Justin Haythe no pare de dar vueltas como un pollo mareado en ciertas cuestiones, ni tampoco es positivo que el filme sea un poco previsible, pero aún así cuenta con algunos giros de guión que inyectan suficiente interés en ciertos puntos de la película. Esto que he mencionado sería con creces lo más flojo de este largometraje, pero a medida que he ido pensando en él estos puntos han acabado perdiendo peso en mi valoración final y todo el resto de elementos ha ido creciendo mucho en mi memoria.

Porque La cura del bienestar funciona mejor cuanto menos nos centramos en el desarrollo puro de la historia, es decir, cuando Verbinski deja rienda suelta a su imaginación para brindarnos un espléndido y retorcido festival del terror psicológico lleno de influencias del terror gótico y europeo de los ochenta. Parte del mérito es de la imaginaría que construye alrededor de la institución y que nos brinda momentos oníricos a la par que escenas viscerales y repulsivas que involucran animales alargados y producen más rechazo en un servidor que el gore más explícito que podáis imaginar. Pero todo esto no funcionaría si no fuera por una atmósfera tremendamente angustiosa y fantasmagórica que se sustenta en tres pilares principales. El primero de ellos es la banda sonora, la cual, por si sirve de indicativo, he escuchado bastante desde que salí del cine, algo poco habitual en mí. Las composiciones de Benjamin Wallfisch consiguen meterse bajo la piel del espectador en diversas ocasiones, especialmente con ese inquietante leitmotiv que se te engancha desde que es tarareado por una voz infantil en la abertura del filme. Otro pilar es la fotografía de Bojan Bazelli, quien mantiene la belleza de los exteriores alpinos mientras potencia los tonos verdosos de los interiores del centro sanitario para transmitir esa irónica sensación de enfermedad. Justamente los interiores son el tercer pilar de la atmósfera, ya que el diseño de producción de Eve Stewart consigue transformar el castillo de Hohenzoller y el abandonado hospital militar de Beelitz-Heilstätten en un centro de bienestar visualmente atractivo y con influencias visuales de todo tipo —desde la estética steampunk y gótica de la decoración y las máquinas a los motivos medievales del castillo—. Unos escenarios que además resultan tenebrosos y que difícilmente ayuden a eliminar el extendido miedo que existe entre la población hacia los hospitales.

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Por ultimo llegamos a las interpretaciones, que no son la mejor baza del filme pero sí merecen una merecida mención. Dane DeHaan y Jason Isaacs cumplen satisfactoriamente en sus papeles, uno antipático, atormentado y curioso, el otro confiado, educado y despiadado. Pero donde encontramos a la verdadera revelación es en Mia Goth, cuyo nombre encaja totalmente con la propuesta. Bromas aparte, su interpretación es hipnótica, misteriosa y etérea a la par que frágil y dulce, algo que viene acompañado por un aspecto físico con el que, dada la naturaleza del filme, no sabes si su personaje es una humana, una vampiresa, una fantasma o lo que sea que se le haya ocurrido a la dupla Verbinski-Haythe. Por un lado, en un futuro espero encontrar su presencia en más filmes de género ya que su apariencia puede dar juego, pero por otro tampoco me gustaría verla encasillada en este tipo de papeles por ello, ya que solo con lo visto en este filme creo que tiene talento.

La cura del bienestar es una pesadilla que será insufrible para algunos espectadores a quienes la historia les parezca tanto o más ridícula que su descomunal duración y acaben con ganas desesperadas de salir de la sala tras dos horas y media letárgicas. Pero también será una pesadilla y de las buenas para aquellos que consigan entrar de lleno en el fantástico y macabro divertimento que nos ha preparado Gore Verbinski a los fans del género. Un filme que pese a sus evidentes fallos proporciona una bizarra experiencia que te acompaña durante días, ya sea tarareando la perturbadora banda sonora o con flashes de las asquerosas imágenes que hayan quedado grabadas en la memoria. Ojalá hubiera más películas comerciales tan interesantes, atrevidas y creativamente libres como esta. [★★★½]

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