La fábrica de nada | Épica obrera

Una película portuguesa de 177 minutos.

Así de primeras, esta frase asusta un poquito, o al menos produce un poco de pereza a parte del público dado al tipo de cine al que solemos estar acostumbrados. Calidad aparte, agradezco las películas concisas en las que, después de hora y media —o menos— de contar lo que tienen que contar y tratar lo que tienen que tratar, aparecen los créditos finales y, a continuación, se enciende la luz de la sala. De ahí que acercarse a La fábrica de nada (A fabrica de nada, 2017) no haya sido nada fácil para quien escribe estas líneas ni lo vaya a ser para muchos espectadores. Sin embargo, es algo que merece bastante la pena, ya que detrás de la barrera de la duración encontramos un ejercicio cinematográfico que, gustará más o gustará menos, pero es muy interesante en cuanto a lo que plantea.

Inspirada por una historia real —y dedicada a sus protagonistas—, la película dirigida por Pedro Pinho pone el foco en un grupo de trabajadores de una fábrica, quienes se dan cuenta de que la administración de la compañía ha tomado la decisión, sin previo aviso, de retirar su propia maquinaria y materia prima. Ante la amenaza de que la empresa cierre la fábrica, estos se movilizan con la intención de defender el lugar donde se desplazan cada día a ganarse el pan, desencadenando una serie de eventos que acaban con ellos tomando el control de las instalaciones y adentrándose en el incierto mundo de la autogestión industrial.

Pero la historia de estos obreros es solo el esqueleto de La fábrica de nada, la base sobre la que fundamentar este monumental relato que reflexiona sobre la población obrera —en este caso la portuguesa, aunque sea extrapolable a prácticamente cualquier país industrializado— y los efectos que la crisis del capitalismo tiene en ella a través un mosaico de situaciones, recursos audiovisuales —como el uso que hace de la música— e ideas políticas y cinematográficas que la convierten una obra tan ambiciosa como irregular, un daño colateral de todos los palos que toca.

A través del uso de celuloide de 16 mm, algo que le aporta una textura llena de encanto, Pinho filma con un rigor casi documental esta gran aventura —mayormente desdichada y llena de dilemas— en que se convierte el camino que va de ser empleado para una compañía a ejercer la autogestión de una fábrica. Esta linea argumental, con la que se da voz a los niveles bajos de la pirámide empresarial, se combina con sus propias ramificaciones en forma de extractos de la —poca— vida personal de alguno de los trabajadores, narraciones que aportan un toque de crítica política mordaz y secuencias donde, desde el exterior de la acción principal, se discuten cuestiones ideologicas entorno a la economía mundial. Toda una serie de capas entorno a un discurso abrumador sobre el mundo obrero, el cual se ve acompañado por una libertad cinematográfica que convierten este largometraje en una obra realmente camaleónica, pasando del drama más reivindicativo a la comedia absurda o al musical neorrealista. Toda una experiencia que puede llegar a desesperar por su duración o la reducción de interés en ciertos tramos pero que resulta toda una bocanada de aire fresco en la cartelera. [★★★½] 

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