La gran apuesta | Aquí huele a dinero

«¿Por qué están confesando?», pregunta atónito el personaje de Steve Carell tras haber hablado con un par de trabajadores de uno de los bancos de inversión más grandes del mundo al escuchar a uno de ellos decirle, con una enorme sonrisa en la cara, que le ha estado vendiendo bonos basura a la gente (jóvenes, desempleados, personas sin ingresos, inmigrantes, estudiantes, etc). «No están confesando», le responde uno de sus compañeros, «están alardeando».

Este es tan solo uno de los momentos más reveladores de la última cinta de Adam McKay, director mejor conocido hasta hace tan solo unos años por sus colaboraciones con Will Ferrell en películas como El reportero: La leyenda de Ron Burgundy (Anchorman: The Legend of Ron Burgundy, 2004) o Pasado de vueltas (Talladega Nights: The Ballad of Ricky Bobby, 2006), que en esta ocasión asume la tarea de abordar la compleja historia de la crisis económica global más grande de la historia. En La gran apuesta (The Big Short, 2015), un grupo de ‘outsiders’ de Wall Street ─cada uno más excéntrico que el anterior─ descubre antes que nadie que el mercado inmobiliario colapsará en el segundo trimestre de 2007. Cada uno con una motivación diferente y desde un lugar distinto, aprovecha esta situación para apostar contra el mercado y ganar millones de dólares mientras la gente pierde sus casas, empleos, pensiones y seguros; apostar y ganar todo cuando al mismo tiempo todos los demás se quedan sin nada.

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Con un reparto ideal conformado por actores de la talla de Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling y Brad Pitt ─aunque este último esté en un rol bastante más discreto─, Adam McKay demuestra de manera significativa que sabe dirigir perfectamente a un elenco lleno de destacadas estrellas a la vez que dibuja un relato magistral y auténtico basado en una de las mayores farsas de la historia. Esto, acompañado a un tono de comedia que parece heredar de El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), este filme no solo explora sin ningún tipo de restricción los rincones más oscuros de la escena financiera previa a la crisis, sino que dota a sus personajes de una personalidad cautivadora, alejándose así del sendero marcado por el Jordan Belfort yonki que nos apresaba con su historia y nos obligaba a mirar, y se acerca, en cambio, a un enfoque más complejo ─y completo─ de la situación, cercano a la esencia de su verdadera predecesora: Margin Call (íd., 2011).

La gran apuesta es una historia llena de personajes interesados y egoístas, de personas que otros relatos nos han hecho ver, en numerosas ocasiones, como “los malos de la película”, pero que en esta oportunidad son personas atrapadas en una corrupción inconmensurable, en un sistema destinado al fracaso, envueltos en una red de ladrones en la que solo el que compra o vende con más rapidez puede salir ileso. Son personajes sorprendidos por la propia iniquidad del ambiente que los rodea, que desean salir de ese agujero en el que nunca esperaron estar metidos y que quieren, sobre todo, sacarle el dedo medio a la banca, a toda costa. No son tipos malos ─al menos, no todos─, son, más bien, tipos cabreados.

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La historia a la que le ha dado forma McKay, apoyándose, por supuesto, en el libro de Michael Lewis (y con un primer guión de Charles Randolph), encuentra el humor de forma natural y lo utiliza como fórmula humanizadora y, en determinados momentos, como anestesia. Incluso en los pasajes más peculiares de esta película, en los que la narración convencional es reemplazada por ingeniosos recursos humorísticos que solo pueden haber sido fruto de la locura de McKay, La gran apuesta no pierde el rumbo en ningún momento, sabiendo exactamente lo que quiere contar, a dónde quiere llegar, y cómo se quiere posicionar.

Michael Douglas como Gordon Gekko en Wall Street (íd., 1987) deletreando que la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena es un momento icónico de la historia reciente del cine, y en algún momento esa representación de la figura de financiero-sicario pudo haber sido atrevida y parecer desafiante. Pero si hay que demostrar las fisuras de este sistema económico y social al que las personas le importan menos que nada, McKay acierta de manera espléndida con el que podría ser el largometraje más importante y necesario de este año, porque no solo impresiona, conmueve y divierte con lo que está contando, sino porque también conoce bastante bien cuán significativo es ese episodio en nuestro presente y futuro. El hombre que dirigió Hermanos por pelotas (Step Brothers, 2008) lo ha puesto todo en el asador con esta extraordinaria película y la maniobra ha resultado ser soberbia. Quizás esa es la verdadera gran apuesta. Quizás. [★★★★]

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