La isla mínima | Entre las marismas y el caos

Mucho se ha hablado del parecido entre La isla mínima (íd., 2014) y True Detective sin tener en cuenta que cuando se retrata un escenario geográfico en cualquier medio de expresión, este no solo construye imágenes vinculadas a símbolos, sino que también recurre a representaciones dentro del imaginario colectivo para poder generar estas imágenes. Aunque es cierto que la referencia visual entre estas dos obras parece venir del mismo lugar, ambos son productos radicalmente distintos uno del otro. True Detective es un thriller psicológico; La isla mínima es, ante todo, un thriller político.

La isla mínima nos sitúa en la Andalucía post dictatorial de inicio de los ochenta. En este ambiente, la pareja de detectives formada por Juan Robles (Javier Gutiérrez) y Pedro Suárez (Raúl Arévalo) deberá investigar la desaparición de dos jóvenes mujeres. Rápidamente conocemos el origen totalmente opuesto de los protagonistas: el primero proviene del régimen franquista, mientras que el segundo cree en ideales democráticos. Las contradicciones que existen entre estos dos personajes son el ingrediente que hará que la película se despegue lo suficiente de su argumento arquetípico de cine negro, para guiarnos a través de una historia fascinante sobre el aislamiento, la violencia y la corrupción.

Los protagonistas, en un conflicto tácito permanente, no parecen conocerse previamente a este caso. Es la primera vez que trabajan juntos, es la primera vez que están tan cerca de lo que ellos en algún momento han considerado el enemigo. Tanto Gutiérrez como Arévalo transmiten muy bien este aspecto de sus personajes y sus interpretaciones son lo más rico de la película.

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Pero en la cinta hay un tercer protagonista claro: el paisaje, que moldea perfectamente las secuencias más tensas de la película. Aquellas tomas cenitales de las marismas del Guadalquivir, que hacen de transiciones a lo largo de la película, nos ponen cara a cara frente a la lucha constante que existe entre la tendencia del hombre a organizarse en torno a un centro y la tendencia de la naturaleza a huir del centro, a distribuirse ramificada, sin un patrón visible a simple vista.

Este largometraje se construye sobre un guión impecable en el que cada silencio cuenta, dejando claro desde un inicio que lo importante en esta historia no es lo que los personajes nos digan, sino lo que quieren ocultar. Existe incluso, dentro de la trama policial de La isla mínima, un detalle bastante revelador (una serie de fotografías) que tiene que ver con la investigación, pero que hace referencia a la relación áspera y fría a la que los personajes parecen estar resignadamente condenados.

Pese a eso, La isla mínima no se hace pesada y no parece sentirse tentada a caer en ningún tipo de contemplación intimista que al espectador le resulte ñoña. En cambio, Alberto Rodríguez demuestra que conoce bien el cine negro y lo utiliza hábilmente para hablarnos, a través de la trama policial con una atmósfera hipnótica y visualmente atractiva, de un país que está política y socialmente fragmentado, enfrentado contra sí mismo. [8]