La llegada | O la historia de tu vida

Denis Villeneuve es uno de los directores de encargo más potentes del momento. No diré que está a la altura de David Fincher, pues no lo creo, pero a la velocidad que entrega trabajos memorables es más que probable que dentro de no mucho tiempo se miren cara a cara. El canadiense parece querer probar con diferentes géneros, aunque siempre teniendo al thriller como un componente esencial, y en esta ocasión se ha atrevido con la ciencia-ficción adaptando La historia de tu vida, de Ted Chiang, en la que, por otra parte, sirve como campo de pruebas de cara a realizar la secuela, ya en marcha, de una de las mejores obras del género, Blade Runner. Pero calificar a La llegada (Arrival, 2016) como un simulacro es faltarla al respeto hasta un punto inadmisible, ya no solo por ser una película con una identidad propia muy marcada, sino porque podemos estar hablando del mejor trabajo del director hasta la fecha.

Resulta curioso que en principio la adapación cinematográfica se iba a llamar como el libro, La historia de tu vida, hasta que decidieron (seguramente las altas esferas) que La llegada sería un nombre más estimulante. Que no más apropiado, porque, y a esto voy, no nos encontramos ante una película de extraterrestres, o al menos no pertenece a la inmesa mayoría del subgénero que acaba desembocando en enormes conflictos y cosas explotando. La llegada nos cuenta la historia de una lingüista que es contactada por los militares para que les ayude a descifrar el lenguaje que utilizan los aliens que acaban de aterrizar en ocho puntos diferentes del planeta. Y sí: se ven a las criaturas, la gravedad funciona diferente dentro de las naves y la ficción siempre está presente, pero la historia no deja de lado la parte científica, especialmente en la primera hora, y sobre todo nunca se despega de la vida personal de ella, que se convertirá en el principal (y prácticamente único) conducto de comunicación entre los visitantes y la humanidad en su conjunto. Es curioso, además, con la reciente victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, que se estrene una película así, basada en la necesidad de entendimiento entre países, la frustración proveniente de las personas que solo encuentran solución en el conflicto armado y, en definitiva, en los beneficios de crear puentes entre culturas y no, ejem, muros.

Tenemos el objetivo de contar una historia íntima haciendo uso de un acontecimiento mundial, ahora bien: ¿cómo contar eso con las herramientas cinematográficas? Si algo ha demostrado Villeneuve a lo largo de estos años, desde Prisioneros (Prisoners, 2013) hasta Sicario (íd., 2015), pasando por Enemy (íd., 2013), es su capacidad para construir atmósferas a partir de la utilización de la posición de cámara, duración de planos, montaje en general y la música como componente remarcador. En un momento en el que la mayoría de películas provenientes de Hollywood hacen uso de un montaje frenético con planos a menudo más breves de lo necesario, es un placer ver cómo este director (algo que también hace Fincher) es capaz de darle tiempo a cada escena, prolongar algunas secuencias lo justo y necesario para lograr transmitirte lo que quiere y meterte, a veces con planos subjetivos, en la cabeza de la protagonista. El soberbio montaje de esta cinta, a manos de Joe Walker, se resume en una escena, de la que evidentemente no voy a dar detalles, con una cuenta atrás de por medio; es como el tan comentado momento de la entrada en Ciudad Juárez de Sicario, en el que podías parar cada fotograma y analizar la duración de cada plano y te dabas cuenta de la maestría y la planificación que había detrás. Aquí ocurre lo mismo, aunque en general La llegada es una película mucho menos adrenalítica, sin perder por ello su componente de tensión.

Cuando la vi por primera vez, en el festival de San Sebastián, consideré que los últimos diez minutos eran lo mejor de la película, un torrente de emociones que me hizo salir de la sala con las manos en la cabeza; ahora, tras tener la suerte de volver a verla de cara a esta crítica, he sido más consciente de los malabares que hace el guión en su tramo final y, si bien es cierto que me ha convencido menos que antes, lo sigo viendo como un momento tremendamente emocionante. Y es que si bien la película desarrolla el proceso de descifrado del lenguaje de una forma bastante científica, en su conclusión se entrega en cuerpo y alma a la ficción más absoluta, en un peaje que imagino no todo el mundo aceptará y que levantará alguna que otra ampolla, pero en mi caso, sabiendo que Villeneuve quiere centrarse más en lo que te hace sentir que en el hecho de que todas las piezas encajen a la perfección (que encajan, pero, repito, haciendo malabares), lo acepto y lo disfruto. Aunque ya no lo considero la mejor parte de la película, por otro lado: prefiero el prólogo (con reminiscencias de Terrence Malick) o los momentos que tiene ella en la pradera verde que rodea a la nave (que, por otro lado, recuerda en algunos planos al monolito que mostraba Stanley Kubrick en su 2001: Odisea del espacio).

Y bueno, hablemos de ella, Amy Adams, cuyo trabajo es otro de los factores que convierten a La llegada en una película imprescindible. No voy a intentar esconder mi devoción por esta actriz, pero más allá de ella creo que no me equivoco si califico su interpretación como una de las mejores del año: un trabajo de contención mayúsculo y posiblemente uno de los picos más altos de su carrera. No está mal acompañada por un Jeremy Renner correcto que sirve de secundario, a veces cómico, a veces emocional, y un Forest Whitaker que simplemente está, también porque su personaje no da para más. La fotografía anda a cargo de Bradford Young (conocido por su trabajo en películas como El año más violento o Selma) y el resultado es muy positivo, con un conseguido contraste entre la oscuridad del presente y la belleza de otros instantes. Jóhann Jóhannsson toma la batuta de la banda sonora, completando un trabajo que funciona a la perfección dentro de la película, sirviendo a esa atmósfera enrarecida y a los momentos de tensión. Aunque si hay algo que destacar en el apartado musical es el tema que suena tanto en el prólogo como en el epílogo, una pieza de Max Richter que se convierte en uno de los principales elementos para que dichas secuencias sean tan emocionantes.

Hay un plano, con Amy Adams andando por la enorme extensión verde alrededor de la nave, con la cámara en mano y con una lente que difumina bastante el fondo, que me parece el mejor ejemplo de por qué esta película está llamada a ser uno de los referentes dentro del género para los años venideros. Ves ese plano, y sabes que estás ante algo diferente, eres consciente de que detrás hay un director que sabe lo que hace, que controla todos los elementos cinematográficos y que, como se suele decir, en sus manos todo va a ir bien. Porque ves el póster o te cuentan la premisa y crees estar ante la enésima historia de llegada de extraterrestres y de personas intentando descifrar qué ocurre; y tiene mucho de eso, claro, pero al final se trata de la historia de una mujer en concreto, lo que te hace empatizar y emocionarte mucho más a pesar de que el conflicto afecte a no sé cuántos países y a millones de personas. Era fácil perder la perspectiva de lo que intentaban contar, y Villeneuve (apoyado en el guión, claro) no lo ha hecho. Sé que el final va a cabrear a bastante gente, pero qué le voy a hacer si no soy uno de ellos; de hecho me parece el cierre necesario para la que es, en mi consideración, una de las más grandes películas de este año. [★★★★]

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