La luz entre los océanos | Melodrama superficial

Está resultando algo desconcertante observar el desarrollo de la carrera de Derek Cianfrance. Debutó con una completa maravilla, esa Blue Valentine (íd., 2010) con contaba con muchísima fuerza en su desarrollo, con escenas memorables y con unas interpretaciones que se encuentran, seguramente, entre lo mejor de la década. Ya en su segunda película, Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2012), empezaron a aparecer las dudas: dividida en tres partes, la primera nos mostraba de nuevo a ese director capaz de narrar con pulso y elegancia, pero las otras dos se hundían (a mayor o menor profundidad) ante la incapacidad de mantener el interés de la historia y una composición formal estimulante, ya que caía en convencionalismos y terrenos visitados que conducían al desgaste y al cansancio. Por ello tenía ciertas dudas respecto a su tercer largometraje, La luz entre los océanos (The Light Between Oceans, 2016), que adapta la novela de M.L. Stedman y que parecía, o cruzaba los dedos por ello, volver a la esencia de Blue Valentine.

Por desgracia no ha sido así. La luz entre los océanos nos cuenta la vida de un farero que conoce a una chica en el pueblo cercano a la costa y que se la lleva a vivir con él, intentando formar una familia sin conseguirlo, y un día se encuentran un bote con un hombre muerto y un bebé que ha conseguido sobrevivir. Ante la difícil situación que están viviendo, y con el pensamiento de que sus padres han muerto en el océano, deciden quedarse al bebé, sin saber que la madre sigue viva y buscando a su hija. Uno de los aspectos interesantes de la película es que la aparición del bebé, con motivos casi propios del destino y de la compensación, no ocurre hasta bien avanzado el metraje, lo que permite crear una relación entre los dos protagonistas para luego introducir este elemento que desencadenará el conflicto de la obra. El problema está en la introducción del bebé y la terrible forma en la que se tambalea la coherencia y la verosimilitud cuando se empieza a tocar el tema principal: entendemos que se quieran quedar con ella, pero la forma de contarlo te hace arquear la ceja ante un desarrollo tan melodramático, que te lanza los conflictos a la cara y que, por si fuera poco, cuenta con un par de momentos bastante ridículos en su tramo final.

Cianfrance aprovecha los espectaculares paisajes de la isla en la que se desarrolla la mayor parte del filme, pero se olvida de crear con más detalle y sensibilidad las relaciones entre personajes. Me extraña, sobre todo, viniendo del director que firmó Blue Valentine, que teniendo también elementos de melodrama, los llevaba con mucha mayor naturalidad y los utiliza para llegar a algo, tenía un objetivo, todo se notaba natural y sentías mucha empatía. En La luz entre los océanos todo resulta más frío, más distante, quizá porque la decisión que toman resulta muy fuerte (y la película en ocasiones le resta importancia de una forma inexplicable), o quizá porque los personajes simplemente no resultan tan interesantes. Y sí, existe química entre Michael Fassbender y Alicia Vikander, los dos demuestran ser muy buenos actores defendiendo y casi salvando a sus personajes, pero no es suficiente para mantener la película en pie durante dos horas y diez minutos.

Sin embargo, si por algo cada vez que pienso en La luz entre los océanos me parece una película cercana a ser totalmente fallida y que podría haber volado mucho más alto, es por su última media hora. Vale que tiene muchos problemas durante prácticamente todo el metraje, vale que los paisajes parecen importarte más que los personajes, vale que las decisiones moralmente cuestionables se traten con demasiada ligeraza, pero es que en el tramo final todo se desmadra. La aparición del personaje de Rachel Weisz empieza a desencadenar la que parecía la resolución lógica de la historia, pero cuanto más nos acercamos a la conclusión mayores son las incoherencias y las decisiones que, por construcción, no se pueden entender. No me molesta el melodrama necesariamente, pero sí cuando está utilizado para tratar temas tan potentes de una manera tan obvia y superficial. El filme se acaba salvando por las interpretaciones y por algún destello de un director que, espero, vuelva cuanto antes a la fuerza de su primera obra. [★★½]

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