La número uno | It’s a Man’s, Man’s, Man’s World

La sociedad a lo largo de la historia se ha visto arrebatada de voces y figuras femeninas en prácticamente todos los sectores excepto aquellos que ya todos sabemos. Esto es todavía más flagrante si ponemos el foco en ciertas posiciones de poder que siempre han estado en manos de los hombres —sobre todo si son blancos, cisgénero y heteros—, ya sea estar al frente de una compañía o detrás de las cámaras de un film. Poco a poco se van rompiendo estos techos de cristal que evitan que mujeres lleguen a la cima de la montaña, pero aún queda mucho por hacer, como bien presenta Tonie Marshall en La número uno (Numéro Une, 2017).

La nueva cinta de la directora gala —la única en levantar el Cesar a Mejor Dirección— está construida como una necesaria denuncia a la ausencia de mujeres en puestos de responsabilidad. En ella seguimos la historia ficticia de Emmanuelle Bleachey, una brillante ingeniera que con el apoyo estratégico de un poderoso colectivo feminista intentará tomar las riendas de una empresa energética y, de esta manera, convertirse en la primera presidenta de una compañía del CAC40 —AKA el IBEX 35 francés—. Sin embargo, la oposición masculina y el uso de mezquinos trucos hará que la situación se transforme en una guerra —de sexos—.

El primer acto es muy prometedor, al ser testigos de cómo la protagonista, quien tiene una postura escéptica sobre la sororidad, abre los ojos ante la misoginia que la rodea en su puesto de trabajo —menosprecio ante nuevas ideas, sobrecualificación con respecto a sus compañeros…— antes de dar el paso al frente para embarcarse en ese viaje hacia la presidencia. A partir de ahí nos encontramos con un thriller corporativo bastante entretenido, en que la faceta profesional y batalla empresarial del personaje interpretado por Emmanuelle Devos se entrecruza con su vida personal con cada vez más intensidad, hasta el punto de dejar su matrimonio y algunas amistades pendiendo de un hilo por culpa de las triquiñuelas de su rival. El resultado es un desarrollo un poco irregular por la por la mayor o menor relevancia de las numerosas subtramas que se abren, pero a la vez interesante por los matices que algunasde ellas aportan sobre la protagonista. Todo ello rodado con solvencia pero con una estética estéril y demasiado funcional que ya se ha convertido en algo inherente al subgénero.

El mayor problema se encuentra en el desenlace, el cual empaña lo que habría podido ser una obra más que notable. Por un lado, las elipsis del tercer acto hacen que todo se sienta demasiado acelerado en comparación con la cadencia de los acontecimientos que se suceden durante el resto del metraje, llegando a dejar algún que otro hilo sin resolución. Por su parte, el excesivo apoyo en figuras masculinas durante momentos clave, más allá de dejar a estos como a unos aprovechados, puede interpretarse como un mensaje a favor de la idea de necesitar a los hombres para que las mujeres lleguen al poder. De esta forma, la película deja un poso demasiado conservador en comparación con las consignas más reinvindicativas que parecían estar en el núcleo del proyecto.

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