La venganza de Jane | El desabrido lejano oeste

Así como Slow West (íd., 2015) recogía la ambientación propia de una película western para usarla como vehículo a la hora de contar una historia de amor no correspondido y el genocidio masivo de los indios americanos (esto último desde una perspectiva europea), parece ser que los directores que aún se aventuran a brindarle el aspecto propio de este género a sus películas son conscientes de que es un género con el que, a estas alturas, hay que jugar, remover, reconstruir. Es la época del western posmodernista, del neowestern, de reinterpretar y actualizar un género que ha pasado mucho tiempo en el pasado.

En La venganza de Jane (Jane Got a Gun, 2016) nos encontramos a Jane, interpretada por Natalie Portman, una mujer tranquila en una casa en las afueras de los pueblos, donde vive en cierta paz acompañada por su marido y su hija pequeña. Cuando su pareja vuelve un día casi moribundo tras el ataque de una peligrosa banda de forajidos, Jane tiene que tomar la decisión de defender a su familia ante la llegada de John Bishop, un poderoso hombre que se mueve al margen de la ley y con quien, para más inri, ya ha tenido importantes conflictos en el pasado. Además, en medio de la tortuosa espera en la que Jane tiene que poner a salvo a los más pequeños, proteger a su marido y decidir si es buena idea recibir la ayuda de Dan Frost, personaje al que da vida Joel Edgerton, con quien Jane parece haber tenido una relación amorosa.

Sin embargo, La venganza de Jane no reinterpreta realmente nada. Los cambios que presenta la película dirigida por Gavin O’Connor frente a los elementos totémicos del western de palo son, en cualquier caso,  principalmente dos: técnicas narrativas a las que el género, al menos en sus representaciones modernas, no nos tiene acostumbrados (dotándolo de cierta modernidad, pero generando una identidad problemática) y colocar a una mujer como el centro de esta historia del lejano oeste (que, en cualquier caso, tampoco responde a un giro totalmente innovador).

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Y es que la narración de La venganza de Jane no se decide muy bien sobre qué paso dar. Mientras en un primer momento ofrece el mínimo de información con la aparente intención de dejar que el espectador se pregunte —y sea capaz de contestar él mismo— cuáles han sido las razones por las cuales sucede lo que ve en la pantalla, la cinta termina por sucumbir a la tediosa necesidad de explicarlo todo, de mostrarlo todo. Esta decisión, ejecutada a punta de flashbacks, entorpece el camino que se ha trazado la trama y no aporta casi nada nuevo sobre los personajes o sus posibles motivaciones. Asimismo, tras esta elección en la forma de la película, las ideas del filme quedan de manera estrepitosa relegadas a un segundo o tercer plano, siendo en distintas ocasiones aparentemente olvidadas.

Ideas, por ejemplo, como las que plantea Jane en la primera escena, cuando le relata una breve y básica historia a su hija en la que las personas malas pueden encontrar redención, pero los hombres buenos nunca deben dejarse corromper y dejarse arrastrar a la oscuridad. Jane, la pieza en medio de este conflicto; ella no puede rendirse ante la maldad, ante resolver sus problemas con métodos dañinos y violentos. Y ojalá en la película esto se pudiera mantener y no terminara por desdibujarse de forma tan penosa y aburrida, limitando y reduciendo toda idea por más básica o mundana que sea. Aunque Jane es el centro, es una pena que en una película como esta, perteneciente a un género tan dominado por hombres, la protagonista femenina también termine en una segunda fila, ya que, una vez más, quienes zanjan el conflicto siguen siendo hombres y la manera de zanjarlo sigue siendo a tiros. Me pregunto qué habría sido de esta película si la hubiese dirigido, como iba a suceder en un principio, la directora Lynne Ramsay.

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¿Dónde acierta La venganza de Jane? Quizá en sus interpretaciones, que logran dotar de cierto sentido a las distintas piezas que conforman la cinta, aunque claramente sin mucho éxito. Así tenemos a una Portman que da la talla, un Joel Edgerton que se confirma como un gran robaescenas (y de mucho talento, además) y un Ewan McGregor que disfruta mucho de su papel como villano y explota incluso los elementos más caricaturizados de su personaje. Todo lo demás, sin embargo, es olvidable. Todo lo demás es más de lo mismo, rezagos de algo que ya hemos visto, piezas mal colocadas en un viejo tablero al que no se le ha sabido quitar el polvo. Todo lo demás, desgraciadamente, pierde intensidad a cada minuto que pasa. Todo lo demás no se corresponde con ese final que busca ser explosivo y termina siendo autocomplaciente, típico, por decirlo en cristiano: aburrido. Todo lo demás, qué pena, es parte de un western más que desabrido. [★★½]

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