Las amigas de Àgata | Amistades volátiles

Las amigas de Àgata (Les amigues de l’Àgata, 2016) es un proyecto que nació hace tres años, cuando Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen estaban a punto de acabar la carrera de Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra. Para el trabajo de fin de grado querían dirigir algo, lo que fuera, y así enfrentarse juntas a la producción de una pieza audiovisual. Con mentores como Gonzalo de Lucas o Isaki Lacuesta, material de la universidad, actrices con poca experiencia y ayuda vía crowdfunding empezaron a rodar y consiguieron el metraje suficiente como para construir una película. Desde aquél momento, Las amigas de Àgata ha pasado por festivales con bastante éxito y, finalmente, Avalon nos la ha traído a salas, un punto en el que ninguna de sus cuatro directoras esperaba encontrarse tras terminar de editarla, pero que ha permitido que el público pueda descubrir esta pequeña joya.

La libertad y la naturaleza del trabajo de fin de grado hizo que las cuatro jóvenes cineastas decidieran tratar algo que todas ellas hubiesen vivido personalmente. Así es como nació la historia de Ágata, una chica como cualquier otra que se encuentra en su primer año de carrera. El inicio de la etapa universitaria —o de formación profesional— es uno de los puntos de inflexión de cualquier persona. Empieza la vida adulta y se deja atrás la adolescencia. Algunos se van de casa y empiezan a estudiar en un ambiente totalmente nuevo y nuevas amistades entran. En ese momento lo viejo colisiona con lo nuevo y en muchas ocasiones empieza un proceso de distanciamiento que poco a poco va desgastando la relación de amistad que durante tantos años se ha mantenido con aquellos compañeros de colegio.

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Las amigas de Àgata consigue mostrar todo este fenómeno a la perfección, presentando un grupo de cuatro amigas —Mar, Carla, Ari y la propia Àgata— que en todo momento te crees han sido inseparables durante años mientras compartían momentos de diversión, confidencias y fiesta. Sin embargo, la vida universitaria ha llegado y las nuevas amistades de Àgata empiezan a abrir grietas en la relación que ésta tiene con sus viejas compañeras, quienes se resisten a separar el grupo que tantos buenos momentos ha vivido unido. Este conflicto acaba explotando durante un viaje a la Costa Brava, uno de los escenarios más especiales para estas amigas, en un tercer acto que acaba sirviendo como homenaje a todos los años que han pasado juntas y como instauración definitiva de la nueva realidad.

Pero el principal acierto de este filme no es lo que las cuatro directoras nos muestran, sino cómo lo muestran. Además de la utilización de recursos visuales para inyectar ideas o generar efectos complementarios a la narrativa hablada, estos diálogos, junto con las situaciones y las interpretaciones de las cuatro jóvenes protagonistas (Carla Linares, Marta Cañas, Victòria Serra y especialmente Elena Martín como Àgata) se sienten muy naturales, fruto de un conjunto de factores. Entre ellos están el trabajo de las directoras y las intérpretes a la hora de construir los personajes definiendo su personalidad, sus preocupaciones y las relaciones entre estos; la implicación personal de las cineastas en la historia; el espacio que estas dejaron a la improvisación y la edad de todo el equipo que ha rodado la película y que ha permitido generar diálogos y situaciones realistas. Esto hace que sea tremendamente sencillo conectar con el filme y el personaje de Àgata, sobre todo si has experimentado este tipo de distanciamiento en ese momento de la vida.

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Si valoramos los aspectos técnicos del filme en general se salva la papeleta teniendo en cuenta los pocos recursos de los que se disponían, pero obviamente hay carencias cualitativas a nivel de imagen y sonido. Cierto es que estos se van reduciendo a medida que avanzan los minutos gracias a un mayor control detrás de las cámaras y un aprendizaje continuado por parte de las directoras.

A partir de una producción bastante modesta, una idea sencilla y mucha pasión, las cuatro directoras de Las amigas de Àgata han conseguido filmar una ópera prima rebosante de pura naturalidad sobre los efectos derivados de la transición de etapas en la vida y la volatilidad de las amistades que durante años nos acompañan en cada una de ellas. Una grata sorpresa que llega de la mano de unas meras estudiantes, a las cuales no perderemos de vista, y que debería servir para poner el foco en pequeños proyectos de voces con mucho talento aún pendientes de ser descubiertas. [★★★½]

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