Las leyes de la termodinámica | Divulgación heteropatriarcal

Igual que las disaster movies, los slashers o los dramas deportivos, la comedia romántica es uno de esos géneros que suelen estar definidos por fórmulas. Básicamente hablamos de estructuras narrativas concretas y clichés que han demostrado ser exitosos en propuestas previas y, en busca de un éxito similar, se repiten una y otra vez. La típica secuencia de chico y chica se conocen, se enamoran, se pelean y se reconcilian. Si a la hora de escribir una comedia romántica se decide por seguir este tipo de fórmulas, lo poco que queda para poder destacar dentro del subgénero es, o bien tener personajes que conquisten al espectador a base de carisma y química para que eleven la historia, o bien esconder la fórmula dentro de un envoltorio que sea original. Las leyes de la termodinámica (íd., 2018), la nueva cinta de Mateo Gil, intenta romper con las habituales reiteraciones que le proporciona su condición de comedia que gira alrededor de una relación amorosa, y para ello hace uso un curioso formato basado en los documentales científicos.

La base de este original planteamiento se encuentra estrechamente relacionada con su protagonista, Manel, un doctorando en Física que tiene la teoría de que las relaciones interpersonales y amorosas se encuentran definidas en todo momento por las mismísimas leyes físicas que rigen nuestro universo. Durante todo este falso documental, un híbrido entre divulgación y ficción, seguimos la relación que Manel mantiene con Elena, una modelo y actriz, y cuyo fracaso se intenta demostrar científicamente, explicado a través de numerosas teorías y leyes expuestas por científicos reales doblados por las voces típicas de los documentales del Discovery Channel.

Así de primeras y teniendo en cuenta tanto que mis estudios se enmarcan dentro de la ciencia como que los juegos formales suelen entusiasmarme, la cinta de Mateo Gil resultaba más que interesante para un servidor. Por desgracia, los experimentos de Las leyes de la termodinámica acaban resultando algo fallidos y no consiguen explotar todo el potencial cómico de la propuesta, llegando a provocar más vergüenza que risa. Es curioso que uno de los problemas de la película durante algunos tramos se exprese explícitamente en uno de los diálogos de la misma, ya que en una conversación en concreto Elena le dice a Manel que está forzando la aplicación de sus teorías científicas a las relaciones amorosas. Pues exactamente lo mismo ocurre en varias escenas, donde la exposición de las leyes físicas no cuaja bien con el contenido ficcionado y se siente demasiado forzado. A esto hay que añadir un montaje loco y caótico —entrópico si aplicamos términos del film—, que va a remolque de la teoría científica que toque en cada momento, y la sensación de saturación que puede llegar a generar la exposición constante de todos conceptos sobre física, ya sea en los ámbitos de la termodinámica, la astrofísica, la mecánica o la física quántica.

Aun así, el gran punto negativo de Las leyes de la termodinámica no se encuentra en su resultón envoltorio, sino en todo lo relacionado con el lado romántico que hay en el núcleo del film. A medida que han pasado los días me he dado cuenta de la toxicidad heteropatriarcal que envuelve tanto la relación principal de la película, entre Manel y Elena, como la trama secundaria protagonizada por la pareja formada por Pablo y Eva. Y sí, digo heteropatriarcal porque la diversidad LGBT hace un mero cameo durante una escena ambientada en la cabalgata del orgullo de Barcelona —y cuyos fotogramas han sido utilizados prominentemente durante la campaña promocional—. Empiezo por la segunda relación, cuyo problema reside en caracterizar a Eva, desde la perspectiva de Pablo, como una chica celosa y controladora que le corta las alas o le amarga. Además, como personaje lo poco que le dejan hacer a Eva es salir desnuda mientras mantiene relaciones sexuales. El desarrollo de su trama no mejora gracias a un giro de guion que evitaré para no hacer spoiler, de ahí que el feliz desenlace resulte cuanto menos sorprendente e irreal. Toda una pena porque Vicky Luengo se merece mejores oportunidades para brillar.

Por su parte, la relación que ocupa gran parte del tiempo de este film no es menos problemática, ya que empieza con el típico planteamiento de chico majo y friki que de alguna forma acaba saliendo con alguien fuera de su alcance, lo cual le crea una inseguridad que, en resumidas cuentas, sabotea el romance. A partir de estas líneas generales, Manel avanza hasta la celosía y la obsesión tóxica vestida de amor incondicional y el éxito profesional de Elena se ve como algo negativo por los efectos que tiene en su relación. Cierto es que el desenlace no es del todo feliz y hay consecuencias derivadas de la toxicidad, pero la autocrítica que se hace de estos comportamientos es prácticamente inexistente. Además, el hecho de que la historia esté contada desde la perspectiva masculina de Manel y desde un prisma cómico —Gil hablaba de “divertimento” durante el estreno en Málaga— le añade peligrosidad a la propuesta. Incluso si dejamos a un lado la toxicidad y nos centramos en los aspectos más básicos de la historia, la —irónica— nula química entre Vito Sanz y Berta Vázquez y la actitud repelente del primero hacen el resto para no sentir apenas nada con respecto a los altibajos emocionales de su relación, algo a lo que también contribuye, para bien —como distracción— y para mal —por deshumanización—, la condición de sujeto experimental que les rodea dentro del falso documental.

Como ya sucediera con el reciente remake de El justiciero (Death Wish, 2018), Las leyes de la termodinámica es de esos placeres culpables con los que sientes remordimientos por pasartelo bien. En este caso se debe a que bajo la ingeniosa y atractiva fachada de documental divulgativo con infinidad de referencias científicas —pese a que a vaces teoría y práctica no cuajen del todo bien— encontramos una historia que aborda las relaciones sentimentales a partir de elementos trillados y una cierta toxicidad derivada de los clichés del género. Esto último convierte a la nueva obra de Mateo Gil en una película cuyas intenciones son mucho mejores que el resultado final.

Original formato [★★★] + Heteropatriarcado [★] = Placer muy culpable [★★]

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