Lion | En busca de uno mismo

Saroo es un niño indio que se pierde tras no poder encontrar a su hermano mayor y haberse visto accidentalmente atrapado en un tren que le lleva a kilómetros y kilómetros de su hogar. Sobrevive en las calles de Calcutta, intentando encontrar una forma de volver a casa, hasta que la imposibilidad de localizar a su madre provoca que sea adoptado por una familia australiana. Será 25 años después cuando, perseguido por los recuerdos y queriendo conocer su origen, Saroo empezará a investigar dónde se encuentra su pueblo natal, en pos de conocer a su madre biológica. Esta es la historia, basada en hechos reales, que nos cuenta Lion (íd., 2016), debut cinematográfico de Garth Davis (conocido principalmente por haber dirigido cuatro capítulos de la serie Top of the Lake) que está teniendo una notable presencia en muchos premios importantes, incluidos los de la Academia.

La película está dividida en dos partes claramente diferenciadas y marcadas por la elipsis que sustituye al Saroo niño (estupendo debutante Sunny Pawar) con el Saroo treinteañero (un Dev Patel que, barba y melena mediante, parece empezar a convertirse en un actor al que tomarse en serio). La primera, situada en la India, nos cuenta cómo era la vida del protagonista y, sobre todo, cómo se llegó a perder y las vicisitudes por las que tuvo que pasar viviendo en la calle, rodeado de gente con no demasiadas buenas intenciones. La adopción supone el punto de inflexión y la narración no tarda en ejercer el salto de 25 años, adentrándonos así en la parte de la historia que nos cuenta la nueva vida de Saroo y la búsqueda que pronto emprende. Así, nos encontramos con esa primera parte, desarrollada con relativa eficacia, que contiene alguna de las partes más salvables del filme; especialmente aquellas narradas casi sin palabras, acompañando al pequeño Saroo por las calles de una ciudad extraña y siendo testigos de sus calles y de su, al parecer, gentuza (las posibilidades de cruzarse con alguien sin malas intenciones parece imposible en aquel lugar). Es un desarrollo simple, en ningún caso brillante, pero efectivo y necesario para lo que se quiere contar después.

El problema, y motivo por el que Lion es una película que se evapora nada más salir del cine, viene en su segunda y predominante mitad. Nos adentramos ahora en su nueva vida, con sus aspiraciones de ser un arquitecto y con su novia, Lucy (una correcta Rooney Mara que poco puede hacer con un papel tan insustancial), y la casi inmediata necesidad de empezar la búsqueda de su verdadera madre; una investigación que ocultará a su familia adoptiva, especialmente a Sue (una Nicole Kidman que empieza a poder mover la cara de nuevo), ya que cree que les haría daño. Los problemas en este aspecto son bastante evidentes: primero, se representa visualmente de una forma muy vaga el por qué del inicio de esta búsqueda, con un recuerdo casual que desencadena todo lo demás, sintiendo que falta algo más de desarrollo a la hora de decidir que se quiere embarcar en esa aventura y, también, algo más de duda interna en un inicio; y segundo, la propia investigación se desarrolla mayormente fuera de plano, siendo curioso que una película que tiene como uno de sus temas principales la búsqueda del lugar donde naciste, en orden de saber quién eres en realidad, parezca esconder o tratar con tan poca gracia la propia construcción de ese proceso. Saroo habla con Lucy, expresa sus progresivas dudas, se frustra, lo cual está bien a la hora de construir al personaje, pero se olvida de estructurar la propia historia, lo que ocurre dentro de ella: de repente vemos que tiene un mural lleno de mapas, pero… ¿cómo está siendo esa búsqueda? Más allá de ponerse las manos en la cabeza, ¿qué está haciendo? Lo tenemos que imaginar. Por no hablar del papel del Google Earth: vale que esté basado en una historia real y que la resolución ocurriera a través de esa herramienta, pero de la forma que está narrado resulta inverosímil y muy anticlimático.

Quizá no sea la comparación más evidente, pero a la hora de pensar en Lion me acuerdo de El discurso del rey, aquella película de Tom Hooper muy reconocida en los Oscar y que el tiempo, en fin, la ha puesto en su lugar. En cualquier caso, las comparo no solo por su carácter de biopic académico, sino porque son caras de la misma moneda en lo que concierne al uso de los elementos, manidos y previsibles, para intentar triunfar: mientras que El discurso del rey, película típica y evidente donde las haya, juega bien sus cartas, con una estructura sólida y unos personajes bien desarrollados, Lion naufraga en su narración, superficial y artificialmente emotiva (esa música subrayando a cada paso), y no consigue que te impliques en lo que cuenta. A pesar de algunas decisiones extrañas, como la forma de mostrar en visiones al hermano de sangre de Saroo, no creo que la gran parte de la culpa la tenga Garth Davis, sino el guion de Luke Davies; es cierto que un buen director podría levantar un guion así más de lo que lo consigue Davis, pero es en su labor, principalmente aprovechando los parajes (algo que ya hacía en Top of the Lake) y la dirección de actores, donde se encuentran los elementos más potables de este filme. Con un guion tan vago, y seguramente con los Weinstein detrás de la oreja para que fuera la película más premiable posible, poco se puede hacer. [★★]

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