Los odiosos ocho | 70mm de sangre y teatro

Obertura

Bien conocida es la historia detrás de la última película de Quentin Tarantino, Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015), pero no está de más repasarla. A principios del año 2014 se filtró el guión, y el cabreo del director fue tal que canceló el proyecto y se preparó para lanzar la historia como una novela. Meses más tarde y tras una lectura en directo del guión, Tarantino hizo algunos cambios y finalmente siguió adelante con la película. Pero no solo eso, ya que decidió que filmarla en gloriosos 70mm (Ultra Panavision 70), un formato especial que se puede proyectar en muy pocas salas. La única de esas salas en España es el Phenomena de Barcelona, donde hemos podido disfrutarla. ¿Merece la pena este viejo formato? ¿Tarantino lo ha vuelto a hacer? Para saber las respuestas sigue leyendo.

Capítulo uno: 70 milímetros malditos

Empiezo por el formato de película cinematográfica elegido por Tarantino para rodar este filme, ya que ha sido uno de los aspectos de más comentados en los últimos meses por los múltiples problemas que ha habido tanto en su implementación como en proyecciones. La decisión podría entrar dentro de su afán por recuperar la esencia cinematográfica de antaño y viene complementado por otros aspectos curiosos de la proyección de esta película en algunas salas. Todas las copias de 70mm contienen la exclusiva versión Roadshow de la película, la cual cuenta con unos quince minutos adicionales, una apertura musical y un descanso intermedio entre dos actos o partes —en este caso entre los episodios tres y cuatro—. Este ritual, popular en superproducciones de los cincuenta y los sesenta, se asemeja al de obras de teatro y es difícil pensar que sea casualidad teniendo en cuenta el aire teatral de Los odiosos ocho.

Pero lo importante del formato, al fin y al cabo, es su repercusión a nivel visual. Los 70mm permiten una imagen más panorámica de lo normal (2.76:1 vs 2.35:1), diferencia que se acaba notando en la gran pantalla. Los brutales paisajes nevados son aún más espectaculares—gracias también al enorme trabajo de fotografía de Robert Richardson, colaborador habitual del director—, mientras que la mayor apertura de algunos planos permiten la inclusión de más detalles y la sensación de que la pequeña cabaña donde los odiosos se refugian de la ventisca es más grande de lo que realmente es.

Capítulo dos: Un western invernal en Wyoming

Aún así, de poco sirve el formato si luego el contenido acaba decepcionando. Por suerte, en este caso no es así. Quentin no se mueve del western tras Django desencadenado (Django Unchained, 2012), pero sí que cambia radicalmente de escenario, pasando de los paisajes desérticos y áridos de Texas a las nevadas montañas de Wyoming. Y en esa fría ambientación nos encontramos con una cabaña y ocho extraños en una historia que se va cociendo a fuego lento y que poco a poco va aumentando en intensidad hasta acabar explotando para deleite de los amentes de la violencia más visceral.

Capítulo tres: Charlatanería en la Mercería de Minnie

Como muchos otros filmes del director, Los odiosos ocho está dividida en capítulos, seis para ser exactos, pero bien se podría dividir en tres actos o incluso en dos partes muy bien diferenciadas. La primera de estas partes sirve para presentar a nuestros odiosos a base de constantes diálogos. Tal cantidad de verborrea que puede resultar algo irregular y hacerse pesada dependiendo del tema de la conversación, pero todas las palabras son necesarias para construir los fundamentos de la historia, establecer la situación política, bélica y racial del país, las motivaciones de los personajes y las relaciones (o desconfianza) entre ellos. Aquí encontramos a un Quentin Tarantino muy contenido, aunque sin perder sus toques de violencia —sin llegar a mayores— y humor muy gamberro, pero sobretodo tenemos a un Tarantino que sabe mantener una gran tensión dentro de las paredes de madera de la cabaña a la vez que va dejando algunas pistas sobre lo que más tarde se acabará desvelando. Y de repente, durante una de las conversaciones, un disparo.

Intermission

Para una gloriosa experiencia Roadshow de esta crítica puedes tomarte un descanso de 15 segundos antes de seguir leyendo.

Capítulo cuatro: Sangre y locura en la Mercería de Minnie

Ese disparo es el punto de inflexión de la película y es cuando llega la estratégicamente colocada “Intermission” en la versión de 70mm. A la vuelta del descanso empieza la segunda parte, la cual cambia de tono y se entrega al frenesí más endiablado mientras intensifica el misterio ya creado alrededor de la identidad y las verdaderas intenciones de los personajes. Este segundo segmento, algo más corto pero mejor que el anterior, contiene el sello inconfundible de Quentin y la atmósfera de la cabaña se vuelve cada vez más hostil mientras la hemoglobina empieza a hacer acto de presencia en abundantes cantidades. Tampoco se pueden obviar algunos curiosos momentos en cámara lenta, recurso que tiene un efecto épico o humorístico según la ocasión.

Capítulo cinco: ¡Música, maestro!

Y acompañando toda esta tensión cortante tenemos la banda sonora del maestro sinfónico del western, Ennio Morricone. Los temas compuestos para la ocasión han conseguido una nominación al Oscar y ya le han brindado un Globo de Oro. Si bien es cierto que en general no destaca mucho, algunos temas contundentes y estridentes —casi terroríficos— han conseguido dejar poso tras la proyección, especialmente la música que nos introduce al tono del filme durante los créditos iniciales.

Capítulo seis: Los odiosos

En una obra de corte teatral como ésta, basada mayormente en los diálogos, la interpretaciones son una parte esencial, y por suerte están a la altura. Entre los que más destacan tenemos una excéntricamente divertida interpretación de Walton Goggins, a un Tim Roth imitando al tarantiniano Christoph Waltz y a Samuel L. Jackson siendo tan bueno como —casi— siempre. La nominada Jennifer Jason Leigh también brilla, especialmente en los últimos compases del filme, mientras que el recurrente “mi negro amigo” y otras frases del personaje Demián Bichir también sacan más de una carcajada. Y ojo a la aparición de cierto actor joven muy conocido, con un papel bastante mejor de lo esperado.

Último capítulo: Tarantino lo ha vuelto a hacer

Los odiosos ocho puede llegar a recordar en varias ocasiones a la reducida e íntima propuesta de su ópera prima Reservoir Dogs (íd., 1992), a la vez que contiene el sanguinario frenesí de sus proyectos más recientes como Django o Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009). Aún así, nuestros odiosos se encuentran un pequeño escalón por debajo de todos estos títulos, básicamente debido a una primera parte más pausada que a ratos puede resultar ligeramente cargante y llegar a hacer desconectar al espectador. Pero eso no quiere decir que este no sea otro peliculón “made in Tarantino”. Una locura que, si tenéis la oportunidad (o vivís en Barcelona), debéis ver en —gloriosos— 70mm para una excelente experiencia visual. [★★★★]

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