Magical Girl | La mística de la desesperación

Se me hace difícil hablar de Magical Girl (íd. 2014) porque no sé cómo empezar a explicarla. Siento, sinceramente, que para hacerle justicia a una película así, solamente la experiencia de su visionado, el ser testigo del recorrido de los personajes por, aquellas, sus improbables vidas es lo que puede dejar constancia incuestionable de que el segundo largometraje de Carlos Vermut es una joya cinematográfica. Una joya que, es cierto, es difícil de describir, pero que le debe esto a ser una obra tan original y de un tono tan personal.

El punto de partida de Magical Girl se nos presenta con Luis (Luis Bermejo), un profesor de literatura desempleado que hace todo lo posible por cubrir las necesidades y cumplir los deseos de su hija Alicia (Lucía Pollán), una niña de doce años enferma de leucemia y a la que le queda, aparentemente, muy poco tiempo de vida. El problema llega cuando Luis se embarca en la búsqueda de un vestido, el mismo que usa la protagonista del anime del que Alicia es seguidora: Magical Girl Yukiko. Esto lleva a que su historia se vea entrelazada, en primer lugar, con la de Bárbara (Bárbara Lennie), una mujer al parecer inestable, y, en el futuro, con la aún más intrigante historia de Damián (José Sacristán), un profesor de matemáticas que ha pasado un tiempo en la cárcel por un crimen que no conocemos.

Todas estas son piezas de un entramado complejo de historias que terminan por cruzarse entre sí. Los personajes entran y salen de la pantalla, pero la historia de chantajes, extorsiones y sadismo sigue ahí. La estructura de la película, además, no sigue una narración lineal y en esto, quizás, al espectador le recuerde a películas como 21 gramos (21 grams, 2003) o Amores Perros (íd., 2000). Y no es, en realidad, en lo único que se les parece, pero digamos que las similitudes, al final, terminan siendo anecdóticas, ya que la película de Vermut va haciendo su propio camino, planteando su propia identidad. La identidad de Magical Girl tiene que ver más bien con la mezcla tan bien concebida del cine social y del drama policial.

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Así, lo que vemos en Magical Girl es la puesta en escena impecable de la mejor película de la desesperación producida por la crisis económica que he visto hasta la fecha. Y es una película, además, poblada por estos personajes que, como uno de ellos casualmente explica, se mantienen en la línea que separa lo instintivo de aquello que es racional. Frente a las dificultades, sin embargo, los personajes de Magical Girl parecen caer en su lado más oscuro, cruel y hasta sádico. Porque Magical Girl también, claro, es una película sobre lo que somos, sobre lo que está mal con nosotros mismos y no podemos aceptar.

Las interpretaciones en esta película son extremadamente valiosas y, felizmente, son ejecutadas casi a la perfección. Son valiosas porque sin ellas en un nivel elevado, lo inusitado de esta historia podría caer peligrosamente en lo absurdo y ridículo. Luis Bermejo y Bárbara Lennie hacen un buen trabajo con sus papeles, pero lo realmente extraordinario lo encuentro en las miradas de Damián, aquel José Sacristán -demacrado, solitario-, y la de Alicia, una Lucía Pollán que le devuelve la mirada con mucha fuerza a este mundo ya maldito.

El segundo largo de Carlos Vermut es enigmático, misterioso y, a la vez, sobrio y pausado. Todo esto sumado a la acertada elección de símbolos -que aunque evidentes son efectivos- por parte de Vermut, a la combinación musical que conecta hábilmente la cultura japonesa y el flamenco, y, finalmente, a un sutil contraste entre la fría puesta en escena y lo agitado de su relato hacen de Magical Girl una película impresionante.  Y sí, es complicada, pero es, también, y por supuesto, maravillosa. [8]

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