María (y los demás) | Las presiones de la vida

La juventud post-adolescente actual, esa porción demográfica comúnmente llamada como millenials, está en crisis. Solo hay que entrar a Twitter un día cualquiera para encontrarse diez “haber si me muero” y un par de suicidios colectivos. Personas en la flor de la vida que se encuentran en medio de una crisis política, económica y —sobre todo— vital que les llena de incertidumbre mientras deben, por convención social, salir a comerse el mundo como los nuevos adultos que son. Como podréis entender, esas dos cosas no son compatibles, lo que se puede traducir finalmente en acabar anclado durante años y sin ambiciones personales. Síndrome de Peter Pan lo llaman. Siendo algo tan latente en la sociedad, es normal que hayan aparecido piezas audiovisuales cuyas pretensiones incluyen el convertirse en un retrato generacional de esta juventud tan perdida. En televisión tenemos a las Girls de Lena Dunham, mientras que Noah Baumbach es de los directores que mejor sabe mostrar eternos adolescentes, con Mistress America (íd., 2015) o Frances Ha (íd., 2012) como pruebas de ello. Pues bien, a partir de ahora a este grupo debemos añadir una nueva  obra, María (y los demás), y una nueva figura, la de la directora española Nely Reguera, cuya ópera prima intenta y consigue ser una de esas ficciones en las que si el espectador se identifica con el personaje protagonista es porque la vida no va —o no ha ido— tan bien como esperaba.

Llevando posiblemente uno de los mejores títulos para película de todo el año, María (y los demás) se centra, como bien se puede esperar, en una tal María, cuya vida no puede ser más desastrosa, tanto a nivel personal como profesional. Vive con su padre, a quien cuida y recientemente ayudó a superar la batalla contra el cáncer, pero él acaba de decidir rehacer su vida y casarse con su enfermera. Sueña con publicar su primera novela, la cual lleva en construcción durante años, años en los que se ha quedado atascada trabajando en una editorial mientras sus hermanos y amigos han prosperado y la gran mayoría han empezado a crear su propia familia. Mientras, ella tiene un amigo con beneficios, pero sin compromiso, muy a su pesar.

Desde este punto de partida, durante los noventa minutos de metraje somos testigos de los intentos de María de intentar remediar esta situación y reconducir su vida, algo que no será nada fácil ante la avalancha de reproches y críticas incesantes que recibe por parte de su familia al no cumplir las expectativas de lo que se espera de ella, pese a que ella, por otro lado, siempre ha estado allí preocupándose por ellos sin recibir nada a cambio. Una serie de situaciones que ponen constantemente a María al borde de la explosión emocional. Por esto mismo podríamos considerar que María (y los demás) es el contrapunto más dramático —o menos cómico— de los Requisitos para ser una persona normal (íd., 2015) de Leticia Dolera, quien conseguía mostrar como la sociedad obliga a tener éxito en determinadas facetas de la vida para sentirse realizado —como una persona normal—.

Pese a los sentimientos negativos que rodean la vida de María, el relato de la película se vive desde una visión optimista y a veces cómica, con cambios en el tono que funcionan gracias a que Bárbara Lennie —acompañada de un extenso reparto que no está nada mal— sabe transportar, con mucho encanto y magnetismo, el personaje titular por los altibajos emocionales, creando muchísima empatía y así hacer crecer la película en el espectador. La interpretación de Lennie juntamente con el guión de la novel Reguera son los dos puntos fuertes del filme, los principales responsables de transmitir la naturalidad y cotidianidad que hacen de este un relato que, pese a los matices de cada uno, puede sentirse como universal para todos aquellos que se sienten perdidos por la vida y al despertarse cada día buscan estar un poco más cerca de la felicidad. [★★★½]

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