Mentes poderosas | El corredor divergente del hambre

Parece mentira que hace ya tres años del estreno de la cuarta película de la saga que empezó con Los juegos del hambre (The Hunger Games, 2012). Lo más destacado de Sinsajo Parte 2, más allá de ser una conclusión algo descafeinada de una historia muy prometedora en sus inicios, es que supuso el punto final del boom de la literatura young-adult en el cine, o al menos el punto en que dejaron de obtener el beneplácito del público para convertirse en fenómenos cinematográficos. Esta fiebre empezó progresivamente con las adaptaciones de los libros de Harry Potter a medida que estas se volvían más oscuras y los espectadores, al igual que los protagonistas, iban creciendo. Muchas más fueron apareciendo posteriormente, pero los únicos proyectos que lograron un cierto éxito fueron los vampiros de Crepúsculo (Twilight, 2008), la primera entrega —de dos estrenadas— de la mitológica Percy Jackson, la mencionada saga de Katniss Everdeen, la trilogía de El corredor del laberinto (The Maze Runner, 2014) —que finalizó deficientemente hace unos meses— y la inacabada Divergente (Divergent, 2014). Estas últimas comparten la ambientación en sociedades distópicas en las que el protagonista se erige como un líder, ya sea por cualidades como ser humano u otras más propias de la fantasía y la ciencia-ficción.

Mentes poderosas (The Darkest Minds, 2018) también entraría en este grupo de distopias adolescentes pero, desgraciadamente y sin entrar en detalles sobre su calidad, se estrena en una coyuntura que la destina al fracaso. La primera escena, repleta de exposición —con una narración que no nos abandonará durante la peli—, nos presenta el status quo distópico de la novela de Alexandra Bracken, que no es otro que una sociedad en que el 90% de la población menor de 18 años ha fallecido por culpa de una pandemia mientras que el 10% que ha sobrevivido, al desarrollar superpoderes y suponer una amenaza para el gobierno, son encerrados en campos de concentración separándolos por tipo: verde si desarrollas inteligencia, azul para la telequinesis, dorado si controlas la electricidad y naranja si controlas el pensamiento. Una vez introducido este peculiar escenario, la historia se centra principalmente en Ruby Daly, catalogada como naranja, quien logra escapar de uno de estos campos de internamiento y, junto a otros supervivientes, emprende un viaje en busca de un refugio seguro para ellos. Un viaje en el que, además ser perseguidos por el gobierno, cazarrecompensas y una organización anti-gubernamental, Ruby encontrará el amor.

Si os soy sincero, creo que proyecto tenía buena pinta y hay cosas rescatables, como algunas lecturas que se pueden hacer de ella o el conflicto interno de la protagonista por sus poderes y la relación con sus padres. O, extracinematográficamente, el hecho de tener una directora detrás de las cámaras y un reparto juvenil repleto de diversidad complementado con intérpretes conocidos como Bradley Whitford y Gwendoline Christie —a pesar de acabar siendo poco más que cameos—. Pero hay tres problemas principales en Mentes poderosas que nublan sus poquitas virtudes. El primero es que se siente como si hubiesen cogido toda una serie de libros y películas de ciencia-ficción adolescente y las hubiesen metido en la cazuela a ver qué sale. El resultado final deja una sensación constante de déjà vu que no se limita a la historia y las obvias metáforas del mundo en que vivimos actualmente, si no que también se traslada a localizaciones y otros detalles visuales que hacen que algunas escenas parezcan extractos sacados directamente de otras cintas. Algunos ejemplos claros que me vienen a la mente son la escena en el centro comercial abandonado —un clásico del cine apocalíptico—, los campos de concentración similares a la base militar de La quinta ola, el campamento de los supervivientes y su equivalente en El corredor del laberinto o la inspiradora escena final que fácilmente recuerda a Los juegos del hambre. Tampoco juega a su favor que, a pesar de tener buenos efectos, la película luzca demasiado barata y sin ningún tipo de personalidad visual si la comparamos con la riqueza de los mundos presentados en otras distopias —Panem, la Chicago futurista de Divergente o el laberinto—. Incluso se reciclan actores, ya que como protagonista tenemos a Amandla Stenberg, conocida por interpretar a Rue en Los juegos del hambre. Sin embargo, todo este ensamblaje de ideas aún puede hacer que el film, a pesar de ser un monstruo de Frankenstein, logre entretener y hacerte pasar un buen rato. De ahí que realmente los problemas que destacan más son los otros dos.

Quizá porque es algo bastante presente en estos proyectos y el cine comercial en general, pero me cansó el excesivo peso que adquiere el componente romántico en comparación con todo aquello que podría haber hecho de esta obra algo interesante. Realmente no llegamos a saber prácticamente nada más allá del grupo de supervivientes, los campos de concentración y los planes el gobierno. Ni cómo funciona la sociedad tras la pandemia, es decir las consecuencias que esta tiene en el día a día de los adultos, ni cómo responden a este evento en otros países. Ni si quiera las intenciones reales de la liga. No, en vez de construir el universo lo que nos dan es una road movie en la que Ruby y Liam poco a poco se van conociendo, se enamoran, se vuelven celosos y todas esas cosas del amor.

La respuesta al porqué de esta falta de construcción del universo puede que sea el último problema. Y es que durante la última media hora se nota demasiado que esto es la primera entrega de una trilogía. Constantemente me inunda la sensación de estar viendo una mera introducción y no una historia con sus tres actos bien definidos. Un mal se está convirtiendo en algo endémico en Hollywood, priorizando la creación de franquicias de largo recorrido a contar historias autoconclusivas que, si se da el caso, puedan ser continuadas. Estos dos —casi tres— problemas se pueden rebatir con el hecho de que pueden venir del libro en que se basa la película, pero siempre soy defensor de cambiar todo aquello que pueda hacer que las adaptaciones sean mejores y pulan algunos aspectos del material de partida. [★½]

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