Mistress America | Juventud, angustia y Woody Allen

Es un ejercicio estimulante ver a un director madurar en la gran pantalla y no perder, en cada avance, ni un solo detalle que compone su arte. Es más, se convierte en algo genuinamente placentero ver que la técnica y el estilo se van enriqueciendo en el camino. Así, Noah Baumbach parece haber llegado a la mediana edad de manera inmejorable. Prueba de ello es su Mistress America (íd., 2015), su más reciente película.

Con un guión escrito a cuatro manos entre Baumbach y Greta Gerwig ─repitiendo después de haber colaborado en la grandiosa Frances Ha (íd., 2013)─, Mistress America nos cuenta la historia de Tracy, interpretada por una aguda Lola Kirke, una universitaria que acaba de llegar a Nueva York y que ansía convertirse en escritora, razón por la cual se empeña en formar parte de la sociedad literaria de su universidad, aunque sin mucho éxito. Ella conoce a Brooke, interpretada por Gerwig, la hija del hombre con el que su madre está a punto de casarse.

La relación entre ambas es, desde el primer momento, explosiva. Brooke es una criatura moderna y autoconsciente aparentemente capaz de innovar e invertir tiempo y creatividad en todo, pero sin la facultad necesaria de poder empezar proyectos ni, mucho menos, llevarlos a cabo con éxito. «Es difícil explicar lo que hago», decía Gerwig en Frances Ha, «porque realmente no lo hago». Mientras tanto, Tracy no vive las grandes y excitantes experiencias que se esperaba en la universidad y en la Gran Manzana. Así que cuando Brooke parece en su vida, Tracy se encuentra con este personaje que parece inspirarla de muchas maneras, pero especialmente la inspira a escribir relatos cortos con un peligroso parecido a la realidad.

Fotograma de Mistress America

Si Frances Ha estaba rodada en blanco y negro con la intención de evocar nostalgia en un entorno contemporáneo ─«Siento nostalgia por conversaciones que tuve ayer», decía Max en Screaming and Kicking (íd., 1995), la ópera prima de Baumbach─, Mistress America es del color de las portadas de las novelas juveniles que tienen algo de desafiante y originales. La crítica, además, ha visto en esta película una fuerte influencia del cine francés de la nouvelle vague, pero yo no puedo evitar inclinarme más por los códigos comunes entre Mistress America y cintas del Woody Allen más fresco o del John Hughes más inspirado y elocuente.

El guión, con ese ritmo elegante que conduce la historia con una facilidad asombrosa de la caótica escena nocturna de Nueva York hasta una lujosa en Connecticut, que sirve, además, como escenario único para que la película se dispare y sus personajes crezcan, se enfrenten y resuelvan mientras vienen y van, entran y salen, suben y bajan escaleras en esta plataforma en la que disparan gag tras gag sin olvidar en ningún momento la emotividad (seré fan para siempre del discurso del restaurante).

Mistress America es así, si tomamos el ejemplo del discurso del restaurante y lo comparamos con el final de la cinta, una historia sobre ideales y emociones que muchas veces prevalecen sobre lo práctico y lo real. Los personajes de esta historia -cada uno de ellos- necesita darse cuenta del momento de su vida en el que se encuentra. «Sólo tiene diez o doce años menos que yo, somos contemporáneas», dice Brooke en una escena. Los sueños están bien hasta que nos vemos obligados a madurar, a buscar, y lo que nos queda es hacer todo lo posible o esperar porque ese momento en el que podamos cumplir alguno de esos ideales no llegue tarde, que siempre llegue ahora, ahora que estamos aquí, antes de que la juventud sea desperdiciada en los jóvenes. [7’5]

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