No respires | Donde viven los monstruos

Uno de los aspectos más interesantes que encuentro en el (buen) cine de terror que ha ido pasando delante de mis ojos es la creación de espacios y de una atmósfera, a menuda malsana, que envuelve a la película y se convierte en una parte fundamental de la propia narrativa. Tanto es así que las propias localizaciones se pueden acabar convirtiendo en un personaje más, como bien ocurre en Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) o en El resplandor (The Shining, 1980). Tras debutar en el largometraje con el remake de Posesión infernal (Evil Dead, 2013), Fede Álvarez no abandona el terror y nos trae un nuevo acercamiento al manido juego del gato y el ratón en una casa tenebrosa y llena de sorpresas, y lo hace con una fuerza espectacular.

Ni la originalidad ni la profundización en el mundo interior de los personajes brillan especialmente en el guión de No respires (Don’t Breathe, 2016), un libreto sencillo que hace mano de clichés conocidos por todos y que se le nota, por su rapidez a la hora de abordar el conflicto principal, que no quiere perder más de lo necesario en presentaciones. Quiere llegar a la casa, claro: esa última casa habitada en un barrio marginal; esa casa donde reside un antiguo militar, ahora ciego, que perdió a su hija y, con ella, su propia vida; esa casa en la que un grupo de jóvenes pretende irrumpir en busca de la más que probable recompensa económica que encontrarán allí. La casa, en definitiva, que servirá como marco principal (y casi único) de una lucha por la supervivencia que no se siente original, pero sí contundente y bien pensada.

Son muchas las películas en las que el monstruo que persigue a los protagonistas resulta únicamente eso: una criatura, o una persona, que aparece de vez en cuando en pos de acabar con los que considera son una amenaza. El monstruo en No respires se ve encarnado en el militar entrado en años, que si bien compite con la desventaja de su ceguera, no deja de jugar en casa. Además, en una buena decisión de guión, deciden no convertirle en una amenaza espontánea sin más, sino posicionar nuestro punto de vista en la vivienda en la que se desarrolla la caza. Es cierto que la película nos acaba empujando a adoptar simpatía por los jóvenes ladrones (a pesar de que la culpa del conflicto es de ellos y no se adaptan especialmente a la figura de héroes), pero no por ello nos aleja de las andanzas del militar; puede aparecer de repente por un pasillo y asustarnos, pero también ser el centro de una escena e incluso, al final, contar con cierto desarrollo dramático que explica, dentro de la naturaleza extrema del relato, sus acciones.

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Pero si hay algo en No respires que la hace una cinta de terror muy destacable esa es la mano de Fede Álvarez a la hora de crear una atmósfera y momentos de tensión, moviendo la cámara con inteligencia a lo largo y ancho de la casa y jugando bien con el timing (y el sonido, claro). Por suerte no es tanto una película de sustos, sino de creación de expectativas y de momentos tensos; a veces aparecerá una mano en la oscuridad que nos asustará, y otras veces no. Esto provoca una inmersión constante, también ayudada, en un principio, por un plano secuencia al entrar en la casa que nos conduce, como si estuviéramos allí, por diferentes estancias que van a ser testigos de la persecución. Es curioso, por recordar a presentaciones más propias de los videojuegos, que haya diferentes objetos (un martillo, una pistola…) que se vayan introduciendo antes incluso de que tengan una función en la escena, prometiendo y anticipando su uso.

No respires es una película muy contundente y que sabe jugar sus cartas con tremenda sabiduría. Fede Álvarez da una lección de uso de espacios y de la tensión en un intenso combate por la supervivencia que si no vuela más alto es porque el guión necesitaba, quizá y de cara a empatizar más con los personajes, unas cuantas vueltas. El principio es terrible y los últimos cinco minutos se los podían haber ahorrado, pero la película está, en metraje y en intenciones, dentro de la casa, con un genial Stephen Lang persiguiendo a los jóvenes que se han atrevido a cruzar su umbral. Nos encontramos, pues, ante la que probablemente sea la mejor cinta de terror del año, un verdadero espectáculo formal del que bien podrían beber otras muchas cintas del género.  [★★★½]

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