Nuestra hermana pequeña | Familia, cotidianidad y sororidad

Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary, 2015) es mi primera experiencia con el cine de Hirokazu Koreeda. Es una cosa que me siento obligado a confesar porque debido a este detalle no puedo compararlo, como veo en tantos artículos, con el legendario director Yasujirō Ozu. Tampoco he leído el manga en el que se basa el guión de esta película, por lo que no puedo comparar la historia con aquella del material original. Y si volvemos a la confesión que hacía yo al inicio de esta crítica, no puedo comparar aún a Koreeda ni siquiera consigo mismo. Lo que puedo hacer, sin embargo, es decir que esta película, su más reciente largometraje, rezuma fascinación y un minucioso cuidado a la hora de representar algo que no se suele hacer a menudo en el cine: lo cotidiano, lo familiar, lo ordinario.

Esta película narra la historia de tres hermanas adultas (Sachi, Yoshino y Chika) que viven juntas bajo el techo de la casa que les dejó su abuela en la ciudad de Kamakura, Japón. Cuando el padre de estas tres hermanas (el cual las abandonó cuando eran unas niñas) muere, ellas asisten al funeral, donde conocen a Suzu, su hermanastra, una niña de tan solo 13 años de edad, que acepta la invitación de mudarse con ellas, ya que, ahora que su padre está muerto, no tiene nada que la una a su madrastra. Con la llegada de la menor al hogar de estas tres hermanas, se desenvuelven una serie de traumas que ha dejado la partida de un irresponsable patriarca en la vida de todas ellas.

A pesar de los traumas, esta cinta no se convierte en víctima del melodrama más barato, y, en cambio, se revela a sí misma como un relato ligero y delicado de mujeres que, aunque están obligadas a construir a base de paciencia y esfuerzo un hogar y, más tarde, si cabe, una familia, intentan seguir sonriéndole a la vida. Incluso cuando ya no quedan figuras paternas (para ninguna de las cuatro) a las que recurrir por consejo y deben lidiar con lo que sus padres han dejado sobre sus vidas, gracias (y por la culpa) a aquel dicho según el que elegimos todo, salvo a nuestra familia.

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Koreeda compone, entonces, una película que se basa en la lucha cotidiana y universal que el ser humano tiene con la búsqueda de felicidad, o lo que, según esta película sirve como sinónimo, la búsqueda de paz en el núcleo de una familia desestructurada. Esta lucha constante para las hermanas es representada sin recurrir a extraordinarios conflictos; el filme se convierte bajo la mirada de Koreeda en una forma de encontrar la expresión de lo oculto, lo que ya ha quedado atrás y nos sigue afectando ahora de las formas más sutiles y contenidas. Las hermanas Kouda no se enfrentan a un enemigo sobrenatural ni realizan grandes viajes, son gente ordinaria intentando vivir una buena vida, a pesar de todo lo que previamente ha pasado en esas historias personales, en ese conjunto de experiencias, en eso que tras convertirse en recuerdo termina siendo asimilado y solo podemos comunicar en una mirada, en una carcajada en medio de una conversación casual, en los aspectos más reducidos e íntimos de nuestra interacción con el resto del mundo.

Además, el cineasta japonés centra su mirada en distintos períodos de adaptación a este nuevo ambiente familiar, convirtiendo a esta película en algo más que un simple drama familiar y en algo más que una crónica coming-of-age. El director utiliza asimismo esta convivencia para explorar las relaciones entre mujeres y cómo en esta recién descubierta dinámica entre ellas se traduce en una estabilidad increíblemente saludable, donde la menor de todas aprende y recibe lo mejor de sus hermanas adultas, mientras que ella es acogida como la pieza que le faltaba a ese engranaje.

Sensible, pero contenida. Sutil, pero punzante y efectiva. Tierna, pero en ocasiones dolorosa. No hay nada que mueva más a Nuestra hermana pequeña que una conversación casual, una simple caminata en la playa, compartir anécdotas a la hora de comer. No hay nada más que mueva a esta película que la situación real, mundana, natural y honesta. Porque Koreeda sabe muy bien que, en el fondo, no hay nada más poético que lo que es sincero. [★★★½]

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