Personal Shopper | El poder de la imagen

Llevo unas horas con la página en blanco delante, realizando otras actividades que sustituyan al irremediable hecho de tener que enfrentarme a ella para hablar de una película que me cuesta mucho situar a día de hoy. Porque a pesar de haberla visto dos veces, resulta muy complicado elaborar un discurso sobre Personal Shopper (íd., 2016), organizar una crítica como tantas otras que seguramente ya hayan sido escritas en diversos lugares y con mayor acierto. Por ello, y sin intención alguna de destripar detalles fundamentales de la trama, creo que es hora de divagar un poco sobre una de las películas más fascinantes que se han estrenado en los últimos años.

Para explicar por qué me ha impactado tanto la nueva obra de Olivier Assayas necesito exponer la época de cambio que estoy viviendo en lo que a gusto cinematográfico se refiere. Uno va construyendo un criterio a medida que se adentra con mayor profundidad en el cine, intentando ser coherente dentro de la variedad de estilos y sensibilidades, y por lo tanto no es algo que ocurra de la noche a la mañana; existen puntos de inflexión y obras cuyo efecto nos golpea de forma inmediata, pero es a medida que uno va dando pasos cuando empieza a darse cuenta de lo que realmente le importa en una película. Estos últimos meses estoy viendo obras (maestras) que están haciendo cuestionarme aspectos del cine que consideraba intocables, como el guion, por ejemplo. La famosa frase “Con un buen guion puedes hacer una mala película, pero con un mal guion jamás puedes hacer una buena” me parece cada vez más errónea y falta de perspectiva, pues al final el cine es un medio audiovisual y lo que más fuerza tiene, o por lo menos para el que escribe, es la imagen. El cine es muchas cosas, pero primero es imagen. Observar cómo Godard juega con ella o Tarkovsky crea imágenes “esculpidas” en el tiempo son cosas que te cambian la forma de ver este arte. Con esto quiero llegar a lo siguiente: otra cosa no, pero Personal Shopper es pura narración a través de la imagen.

La elegancia de Assayas en esta película me deja sin aliento. Ya se evidencia en el inicio, con ese pequeño plano secuencia en el que acompañamos al personaje de (una estupenda) Kristen Stewart por la casa en la que intenta encontrar respuestas y darle el adiós definitivo a su hermano fallecido. Así se nos introduce la doble cara de la protagonista y del propio argumento: por un lado es una médium que busca cerrar un capítulo de su vida, y por el otro trabaja de “personal shopper” para una famosa modelo. La búsqueda de esa conexión con su hermano nos traslada a un comentario sobre lo espiritual, mientras que su trabajo, aspecto omnipresente en toda la narración, nos habla de la superficialidad y de la sociedad consumista en la que vivimos, además del papel de las nuevas tecnologías en cuanto a la conexión entre personas y la exploración de los miedos (ejemplificado en una brillante secuencia en la que la protagonista mantiene una conversación por chat con un desconocido). La crítica a la sociedad actual no se realiza de una forma banal, sino mediante el hastío y los miedos interiores de la protagonista, que le podrán llevar a convertirse en aquello que ella misma encuentra superficial pero cuya metamorfosis abre nuevos caminos de placer: los prohibidos.

Todo este comentario sobre los miedos y las inclinaciones actuales se sustenta en un guion sólido que aporta más preguntas que respuestas, además de contar con varios momentos de total brillantez a la hora de jugar con la tensión y la exposición de la información, pero lo que realmente eleva la película es la capacidad de Assayas para llevarlo a la pantalla utilizando los elementos cinematográficos idóneos, como el fuera de campo, el plano secuencia o los archiconocidos fundidos a negro, que van haciéndose más presentes a medida que avanza el metraje. Juega sus cartas de tal manera que consigue crear una atmósfera muy específica que contrapone los espacios cotidianos de una ciudad como París con las angustiosas habitaciones oscuras en las que la protagonista intenta encontrar al fantasma de su hermano; en esto resulta fundamental el diseño de sonido, cuyo uso la acerca al género del terror. Es una película con un ritmo especial y en la que cada escena, por muy poco relevante que parezca, está sumando al relato y al viaje de ella. Agradezco, por este motivo, haberla podido ver una segunda vez, pues las pocas secuencias que no me acabaron de encajar en el primer visionado se han revelado en la segunda visita como imprescindibles para la construcción del todo.

Que va a ser una película divisoria ya es un hecho desde que fue recibida en Cannes con abucheos a su vez que posteriormente se le otorgó a Olivier Assayas (junto a Mungiu) el premio a Mejor Director, y me alegra haber caído en el lado de los apasionados. Ahora mismo hay muchísimo cine interesante ahí fuera, voces únicas firmando obras impresionantes, y a veces es fácil caer en la hipérbole de decir que algo es lo mejor de los últimos años sin pararse a reflexionar si de verdad merece esa etiqueta; sin embargo, y sabiendo que el tiempo la acabará poniendo en su lugar, mientras escribo estas líneas me es inevitable decir que Personal Shopper es una de las películas más fascinantes que he visto últimamente y no me extrañaría que fuera una de las que más fuera a recordar de toda esta década. Lo dicho: el poder de las imágenes y la sabiduría en el uso de los elementos cinematográficos para contar una historia que no parece tener principio ni final, sino preguntas complicadas y respuestas ambiguas. Una película a la que volver. [★★★★]

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