Rogue One: Una historia de Star Wars | La importancia de los planos

Desde que se anunció el proyecto no hace tanto —año y pico si no me falla la memoria—, Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, 2016) ha escalado rapídisimo en cuanto a desarrollo se refiere. Así, el primero de los proyectos a los que me tomé la molestia de bautizar como “trilogía sacacuartos” —las, de momento, tres películas no numéricas que se han anunciado para cubrir historias alternativas del universo Star Wars— tomó forma muy aceleradamente y ya se puede comprobar el resultado final. Puede parecer por mis palabras que no me ha gustado, pero no es el caso. Vamos a explicar esto un pelín más.

Rogue One nos presenta la historia de cómo los rebeldes logran hacerse con los planos de la famosa Estrella de la Muerte, evento que se menciona nada más empezar La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) sin darle mucho más bombo. Es decir, los rebeldes tienen en su poder estos planos, la película casi gira en torno a la entrega de estos, pero no explican su procedencia en profundidad en ningún momento. La cosa funciona así y tampoco era necesaria una explicación mucho más elaborada; al menos, no lo era hasta ahora. La verdad es que el material del que parten es interesante y, aunque la historia siempre ha estado en segundo plano, se podía sacar algo bastante bueno de aquí. Tras ver la película, puedo afirmar que la historia sigue quedando en segundo plano y que, aunque el evento en sí es importante —y bastante espectacular— en el universo Star Wars, me parece que nada o poco hubiese cambiado en el caso de que nunca hubiésemos conocido los eventos que en Rogue One suceden. Quiero decir, lo acontecido en la película importa en contexto para el universo de Star Wars, pero el cómo acontece da un poco igual. Importa el resultado, pero el camino bien podría haber sido cualquier otro.

Quizás, el problema de todo esto proviene de los personajes. Tenemos a una Felicity Jones en el papel de Jyn Erso que nunca llega a despegar, por ejemplo. Es la protagonista, lo acontecido ocurre alrededor de su historia personal, pero acaba siendo un personaje algo sustituible, prescindible, más allá de lo que acaba por conseguir. Su drama familiar es un poco lo que mueve esta cinta y casi que no se consigue que importe al espectador. Igual es un problema personal y no logro empatizar como se debería con el personaje, pero Rey —personaje de Daisy Ridley en Star Wars: El despertar de la fuerza (Star Wars: The Force Awakens, 2015)— me importaba como infinitas veces más, hasta el punto de que si entraba en acción me emocionaba como un niño pequeño. Que conste, también, que es un ejemplo y no pretendo comparar Rogue One con el Episodio VII ya que no sería para nada justo.

Siguiendo con los personajes, Mads Mikkelsen vuelve a estar desaprovechado a más no poder. No sé qué le pasa a la industria con este hombre, pero entre Doctor Strange (íd., 2016) y esta lleva una racha de papeles que podrían haber sido mucho más. Importa más el nombre del personaje que lo que hace. Pero realmente, como ya digo, los personajes son el principal problema de la película. Son un conjunto que no está mal, pero que no te acaba de importar lo que les suceda. Creo que con quien más he llegado a conectar ha sido con el robot. Bendito K2-SO (al que da voz Alan Tudyk). También me gustó bastante el villano, el Director Imperial Orson Krennick (Ben Mendelsohn), pero ahí queda la cosa. Por último, con el personaje de Diego Luna (el Capitán Cassian Andor) me pasa como con Jyn y también me da un poco igual. Esto no quiere decir que me parezcan malas interpretaciones, en absoluto, tan solo que no llegas a preocuparte lo que deberías por estos personajes. La culpa aquí es claramente, del guion.

Así, esto hace que la película en sí acabe siendo un poco accesoria hasta el punto de que los eventos, hasta que no llegan al asunto de los planos, tienen poca importancia. Eso sí, en cuanto los dichosos planos entran en escena, la cosa comienza a escalar de forma abrumadora. El clímax es, sin lugar a dudas, lo mejor de la película. Tenemos una cinta que va creciendo gradualmente hasta que explota al final con una escena bélica que se ha convertido en una de mis escenas favoritas del universo Star Wars tan solo por lo visualmente espectacular que es. Agradezco que esto se haya llevado a cabo con los efectos especiales de hoy en día, porque el resultado es simplemente impresionante. Además, la acción en general de la película está bastante bien y las escenas con destrucción a gran escala de por medio quedan para el recuerdo. En cuanto a entretenimiento, la película lo domina perfectamente y, aunque me quejo de que es accesoria, lo es en el conjunto del universo Star Wars, por sí sola funciona y lo que hace bien, lo hace de forma destacable.

En general, es una película cuyo visionado merece bastante la pena solo por el clímax y la acción en general. Entretiene con creces, no se queda en mero espectáculo visual y, además, cuenta con una banda sonora muy destacable. Es Star Wars, maldita sea, y esto siempre mola —olvidemos los episodios uno y dos, por favor—. Esperemos que el resto de pelis de esta “trilogía” independiente llegue, al menos, a esta calidad —pero con algo más de chicha—. Y, sobre todo, esperemos que pronto suelten algo sobre el dichoso episodio ocho, que el hype me tiene malo desde la primera vez vi El despertar de la fuerza. En resumen, esperemos. [★★★½]

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