Sicario: El día del soldado | No es lo mismo

Sería interesante hablar con el ejecutivo de Lionsgate al que le pareció una buena idea el coger una película que funciona a la perfección como historia cerrada y hacer una secuela, más aún cuando no está involucrado buena parte del talento que había detrás de ella y la elevaba por encima de la mayoría de thrillers de acción. Desde el estreno de Sicario (íd., 2015), Denis Villeneuve ha ascendido bastante dentro del panorama de directores de Hollywood gracias a La llegada (Arrival, 2016) y Blade Runner 2049 (íd., 2017), Emily Blunt se ha mantenido como una actriz de serie A en numerosos proyectos, Roger Deakins ha ganado un Oscar —por fin— gracias a otro trabajo con Villeneuve y, desgraciadamente, el compositor Jóhann Jóhannsson ha falledido. Los únicos que han quedado para hacer frente al proyecto son Thanos y El coleccionista, acompañados de un actor reconvertido en guionista nominado al Oscar. Sí, queridos amigos, Sicario: El día del soldado (Sicario: Day of the Soldado, 2018) no pinta demasiado bien a la hora de intentar llegar al nivel de su predecesora.

El centro de la historia de esta secuela sigue siendo la guerra abierta entre los cárteles mexicanos y las autoridades americanas, aunque en la cabeza de Taylor Sheridan hay hueco hasta para el terrorismo yihadista si estos te permiten echar más leña al fuego de esta hoguera fronteriza. En medio de todo este conflicto —que brinda en bandeja argumentos xenófobos a favor de todo tipo de decisiones alocadas made in Trump—, el equipo liderado por los personajes de Josh Brolin y Benicio del Toro ejecutan un plan con el objetivo de intentar detonar un enfrentamiento entre cárteles enemigos que acabará afectando la vida de la hija de uno de los líderes y a un adolescente americano de origen latino que trabaja para uno de los bandos.

Si nos centramos en las figuras que se mantienen, Del Toro y Brolin cumplen a la perfección a la hora de desprender testosterona por los poros en cada plano en las numerosas escenas de acción. Sus personajes ganan en protagonismo, pero siguen sin ser tan interesante para quien escribe estas lineas como era el de la señorita Blunt. Por su parte, el desarrollo que Sheridan propone en el guion consigue salir airoso de la ardua tarea de volver al universo fronterizo sin repetir los mismo esquemas de la anterior película. El resultado es inevitablemente inferior, a causa de la ausencia del conflicto de género que aportaba el personaje de Blunt, la inclusión de ISIS como punto clave del primer acto sin realmente aprovecharlo a posteriori y la sensación de querer convertir la franquicia en una trilogía que se explicita de forma descarada durante el epílogo. Aunque lo más destacable de la historia son las arenas movedizas morales por las que se mueven los protagonistas. En primera instancia envían a la mierda el contrapunto idealista con el que chocaban durante la primera entrega, dejando a un lado las medias tintas con tal de crear un caos del que, posteriormente, intentarán escapar dando pasos hacia atrás a medida que nos acercamos al final. ¿Evolución o intento de redimir a los personajes? No obstante, el hecho de ser menos profunda y más convencional también convierte a Sicario 2 en una película de acción que se puede disfrutar por el entretenimiento que aporta.

Y ahora que hemos hablado de lo que vuelve, vayamos con los recién llegados. Stefano Sollima no es Villeneuve, pero aun así el realizador italiano aporta una cierta crudeza y dinamismo al film —probablemente sacados de su experiencia en Gomorra— que casan bastante bien con la escalada de violencia inherente al nuevo acercamiento ultramasculino del conflicto. Porque aunque hay nuevos personajes femeninos en la trama, Catherine Keener y Isabela Moner simplemente se limitan a ejercer la función de la jefa ignorada y chica secuestrada, respectivamente. En cuanto a la fotografía, Darius Wolski no es Deakins y, pese a mantener una estética que intenta ser similar a la del maestro, es incapaz de crear estampas singulares que se incrusten en la retina. Lo mismo sucede con Hildur Guðnadóttir, cuya partitura industrial pasa bastante desapercibida hasta el momento en que uno de los temas de Jóhannsson hace acto de presencia en los compases finales.

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