Solo el fin del mundo | Histeria familiar

La figura de Xavier Dolan es posiblemente una de las más curiosas —y/o relevantes— de la escena cinematográfica actual, algo relacionado con todo lo que lleva recorrido pese a su corta edad. El doblador oficial en francés quebequés de Ron Weasley —fun fact que os regalo—, con apenas 27 años, tiene un total de seis largometrajes a sus espaldas desde que debutara hace ya ocho años con Yo maté a mi madre (J’ai tué ma mère, 2009). Muchos de ellos han acabado pasando por Cannes y ganando célebres premios, lo que no ha hecho más que aumentar su relevancia y prestigio. Aún así no son pocos los detractores que se ha ido ganando por diversos motivos, ya sea por el talento que demuestra a su edad, su peculiar estilo a la hora de encajar recursos de imagen y sonido o el histrionismo del que pecan algunos de sus personajes. Justamente por esto último fue criticada duramente su última propuesta, Solo el fin del mundo (Juste la fin du monde, 2016), la cual se acabó llevando igualmente el Grand Prix en Cannes y de la que os hablaré en las siguientes líneas.

Solo el fin del mundo es una —difícil— adaptación de una obra de teatro homónima escrita por Jean-Luc Lagarce. Ésta se centra en Louis, un escritor que vuelve a casa tras doce años de ausencia y desconexión para anunciar a su familia que se está muriendo. Sin embargo, lo que él se encontrará una vez llegue allí está lejos de ser una emotiva y apacible reunión que pudiera volver a atar los casi inexistentes lazos familiares, ya que deberá enfrentarse a lo que dejó atrás, una familia rota formada por una hermana a la que apenas conoce, un hermano agresivo, condescendiente y resentido, una madre que no le comprende y una cuñada a la que nunca ha visto. En resumen, un torbellino de emociones, tensiones, reproches, memorias y eternas discusiones.

Podríamos decir que el sexto filme de Dolan se desarrolla en cuatro movimientos, uno por cada miembro de la familia con el que Louis conversa —o a quien Louis escucha— y otro extra para el desenlace, todos ellos unidos por las palabras que este cruza con la desconocida Catherine y por pequeños fragmentos colectivos. Justamente los personajes de Marion Cotillard y Gaspard Ulliel acaban sirviendo como testigos casi silenciosos de toda esta disfuncionalidad familiar, siendo los únicos que transmiten una conexión real entre ellos. Por otro lado, Nathalie BayeLea Seydoux y Vincent Cassel son el nervio y núcleo de la película, especialmente este último. En ellos es donde recae la responsabilidad de crear los conflictos del filme al vomitar en todas direcciones sus sentimientos reprimidos durante años, contribuyendo a la explosividad de la que hace gala el filme. Huelga decir que, en una propuesta que depende tanto de las emociones dialogadas, unas buenas interpretaciones son necesarias y el reparto de estrellas cinematográficas francesas que el realizador quebequés ha conseguido reunir hace una labor excelente.

Esta carga emocional en algunos momentos llega a transmitirse tanto por las palabras que pronuncian los personajes como por los elementos audiovisuales con los que se presenta, algo que Dolan sabe aprovechar bien. Primeros planos estáticos con enfoques que se van alternando, melodías dramáticas que acrecientan y favorecen la intensidad de los diálogos, una banda sonora acertadísima —hola, Grimes— o momentos explícitamente musicales en que las canciones y las imágenes forman una simbiosis ideal —véase los flashbacks o los créditos iniciales—. Todo esto, que a algunos saca de la película, es de las cosas que más me gustan de las dos propuestas de Dolan que he visto hasta el momento, ya que la mezcla que consigue acaba apelando a la vista y el oído de una forma mucho más atractiva que con otras escenas.

Aún así, una vez acaba el filme el sentimiento que invade al espectador es que le falta o sobra algo para acabar de conquistarle. En algunos el problema es la histeria generalizada, en mi caso es que las distintas emociones, al estar distribuidas entre los diferentes personajes, hacen de Solo el fin del mundo una propuesta dispersa e irregular. Puestos a comparar con Mommy (íd, 2014), la anterior pelicula del director canadiense, aquella era más directa en lo que quería contar, construía mejor el conflicto alrededor de los tres personajes principales y conseguía una mayor conexión con el espectador. Puede que el sexto largometraje de Xavier Dolan llegue a ser una decepción para algunos, especialmente tras la obra maestra que consiguió con Mommy, pero aún así, el resultado conseguido es más que notable y, en absoluto, el horror que nos vendió la crítica tras su estreno en el Festival de Cannes. Ahora solo toca esperar qué nos trae este joven director con su debut en la lengua de Shakespeare —y en mi caso ver sus cuatro primeras películas—.  [★★★½]

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