Star Trek: Más allá | Súbele el volumen a la música satánica

Se podría decir sobre las películas que han llegado a nuestra cartelera este verano con el sello de una gran productora de Hollywood que el resultado ha sido, cuanto menos, decepcionante. Aclaro que, por supuesto, esta es la impresión de alguien que observa el impacto de dichas cintas en la crítica y no los logros de recaudación. En ese aspecto, los blockbusters siguen siendo blockbusters, y mientras los espectadores casuales sigan yendo al cine a ver la última película de Matt Damon, el siguiente episodio en una saga de superhéroes, la adaptación hecha sin ningún esfuerzo de aquella novela de ciencia ficción, entonces los hombres trajeados que presiden las compañías productoras seguirán pensando que estas películas son apuestas seguras para ganar dinero. Sin embargo, la excepción en esta lista de estrenos que no han sabido dar la talla (aparte de la maravillosa Cazafantasmas (Ghostbusters, 2016), de la que hay muchas cosas que decir) es Star Trek: Más allá (Star Trek: Beyond, 2016).

La tercera entrega en esta serie de películas nos reúne otra vez con la tripulación de la USS Enterprise. Después de la solemne Star Trek: En la oscuridad (Star Trek: into Darkness, 2013), este largometraje ─en manos del rápido y furioso Justin Lin─ se puede recibir solamente como una bocanada de aire fresco que, además de aprovechar al máximo el carisma de su reparto principal, también se aferra a lo que para mí siempre ha sido la esencia de estas películas: el poder de la solidaridad, la camaradería y, fundamentalmente, el trabajo en equipo. Por ello, no es casualidad que el guión esté en manos de uno de los mayores geeks de este universo; Simon Pegg (quien además interpreta a Scotty por tercera vez en la gran pantalla) conoce y ama tanto este universo que no parece haber una persona más adecuada para elaborar una historia conmovedora, llena de acción, y que muestre un enorme respeto a la serie de televisión original que él.

Star Trek: Más allá toma como punto de partida el encuentro de la tripulación de la Enterprise con una alienígena proveniente de un planeta que no está dentro del control de la Federación. En un intento por ayudarla a encontrar una manera de volver a su hogar, la Enterprise es atacada en una emboscada, lo que provoca que se estrelle en el planeta Almatid, dejando a la dotación totalmente dispersa. En este lugar, aparentemente deshabitado, los supervivientes deben detener a Krall, el villano al que ─debajo de todo ese maquillaje─ interpreta un decente e irreconocible Idris Elba, y que busca acabar con la Federación atacando una de sus principales bases estelares. Es, evidentemente, una trama sencilla, básica, sin pretensiones de poseer una profundidad a la que, en cambio, sí aspiraba su predecesora. Y no es, como se podría interpretar, un paso atrás para la saga, sino una oportunidad para explotar, desde un esquema dramático simple, la vertiente más lúdica y vibrante de estas películas, prestándole atención en todo momento a cada una de las relaciones que se han establecido a lo largo de esta y las dos cintas anteriores, para terminar por consolidar lo que empezó hace siete años J.J. Abrams.

Fundamentalista trekkies aparte, Star Trek: Más allá es un regreso digno a la saga (que, debido a que ya se ha confirmado una cuarta entrega, no se puede llamar trilogía). A pesar de las manías y vicios tan incomprensibles de Justin Lin, la película, su guión e interpretaciones compensan una puesta en escena que no llama especialmente la atención por un estilo visual cautivador, sino por el movimiento constante, el non-stop, que llega a fatigar y que se convierte, poco a poco, en un pequeño desastre. Al menos hasta que la película empieza a seguir correctamente el manual de instrucciones de Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014) y decide convertirse en un videoclip gamberro en el que no queda más remedio que agitar la cabeza al ritmo de la música.

Sin estar libre de graves incongruencias (especialmente una enorme que concierne a la identidad del personaje de Idris Elba), y sin poder evitar caer en un falso sentido de la épica (más grande no significa mejor o más importante), la película celebra lo que es ser trekkie, se sumerge de lleno en explorar las relaciones entre sus personajes y deja suficiente espacio como para que tengamos lo mejor de cada una de las interpretaciones. Incluso en caso de no contentar a quienes se esperaban algo en el mismo tono tan sombrío de Star Trek: En la oscuridad, también puede ser tomada como una película-puente que es más que potente, gracias a: la acción (decente), un guión sin pretensiones que apela a los valores originales de la serie, y unos actores que están más cómodos que nunca en los papeles que ocupan (así como la incorporación de nuevos personajes que van a juego con el resto del universo). Todo ello no hace más que sumar para una cinta que busca ser un regalo para los fans de la franquicia en el año en que esta cumple 50 años.

Y, como dije antes, los blockbusters seguirán siendo blockbusters, y, según lo visto en esta película, Star Trek seguirá siendo ese fantástico mundo de aventuras en el espacio que permite soñar con explorar lo desconocido, y llevar con éxito el mensaje de que es mejor trabajar sobre lo que nos hace similares a que tratar lo que nos diferencia. Aun cuando es cierto que la próxima película necesitaría profundizar, marcar un regreso a la profundidad narrativa, yo estoy dispuesto a esperar, recostado en mi butaca, comiendo palomitas, y agitando la cabeza al ritmo de la música rockera que, por ahora, mantiene el universo en paz. [★★★½]

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